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Altares de poder: La fe como herramienta de dominio

Desde los altares antiguos hasta los discursos modernos, la fe ha sido utilizada como herramienta de control social. Este artículo explora cómo las religiones, la política y los medios de comunicación moldean nuestras creencias a través de la repetición y el dogma, perpetuando jerarquías y poder.
DE NUESTRA REDACCIÓN07/01/2025NeuquenNewsNeuquenNews
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En la penumbra de los tiempos, cuando los hombres temblaban ante el rugido del trueno, nació el primer relato. Fue entonces cuando un anciano de la tribu, que no sabía mucho pero hablaba con convicción, se levantó y proclamó: "El trueno es la voz de los dioses". Y así, repitiendo la misma sentencia noche tras noche, la tribu encontró consuelo en su ignorancia. Desde entonces, la fe y la repetición se volvieron hermanas inseparables.

Las religiones, esas arquitecturas de lo inefable, aprendieron pronto que para sostenerse no necesitan pruebas sino persistencia. Repiten sus dogmas como quien canta una nana para espantar el miedo. Porque lo que se repite se graba, y lo que se graba termina pareciendo cierto. En este juego, la lógica no es un estorbo sino un instrumento. Se invierte sobre sí misma para justificar el milagro: “Es verdad porque lo dice el libro, y el libro es cierto porque así lo creemos”.

Ya lo dijo Voltaire: “Quienes pueden hacerte creer absurdos, pueden hacerte cometer atrocidades”. Esta sentencia resuena como advertencia y, al mismo tiempo, como diagnóstico de una humanidad que ha cambiado de ropajes pero no de patrones. Las creencias repetidas con devoción no solo construyen catedrales, sino también trincheras desde donde se justifica el sometimiento.

Marx, en cambio, observó en la religión el opio de los pueblos, un narcótico que alivia el dolor de la explotación mientras perpetúa las jerarquías que la originan. "La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos", escribió Marx en El dieciocho Brumario.

No resulta casual, entonces, que las estructuras religiosas hayan convivido tan cómodamente con los poderes económicos. Desde el diezmo medieval hasta la financiación de imperios modernos, la fe se ha sentado siempre a la mesa del poder.

La política no ha sido ajena a esta dinámica. Si las religiones han servido como instrumentos de control, también han funcionado como columnas invisibles en el entramado político. En la historia moderna, no es extraño ver altares y tribunales compartiendo las mismas salas, o púlpitos transformados en tarimas de campaña.

De Constantino, quien abrazó la cruz para consolidar un imperio, hasta los políticos contemporáneos que juran sobre libros sagrados, la fe ha sido una herramienta para legitimar el poder.

Incluso hoy, las referencias religiosas son moneda corriente en los discursos políticos. Se invoca a Dios para justificar guerras, leyes y políticas económicas. Se lo presenta como garante último del orden social, mientras las promesas de justicia divina postergan las demandas terrenales.

Como señaló Foucault, el poder no necesita imponerse si logra que los dominados lo acepten como natural, y pocas cosas parecen tan naturales como la fe inculcada desde la infancia.

Pero esta lógica circular no es patrimonio exclusivo de las religiones. Hoy, las redes sociales y los medios de comunicación repiten afirmaciones con el fervor de un coro litúrgico. Nos dicen que el mundo está en crisis, que el enemigo acecha y que la solución ya está escrita. Cada clic es una genuflexión moderna; cada like, una vela encendida en el altar de lo viral.

Nietzsche, en su diagnóstico del nihilismo moderno, advirtió sobre la muerte de Dios y el vacío que dejaría. Ese vacío, lejos de llenarse con pensamiento crítico, ha sido ocupado por nuevos credos: el consumo, la tecnología y el culto a la imagen. Lo que antes se rezaba, hoy se comparte. Lo que antes era palabra sagrada, ahora es tendencia.

La cuestión no es si creemos en dioses antiguos o en influencers modernos. La verdadera pregunta es por qué elegimos creer. Tal vez sea porque, como aquellos hombres primitivos, seguimos temiendo al trueno. Y en ese miedo ancestral buscamos refugio en lo repetido, en lo conocido, en lo que, aun sin pruebas, nos ofrece sentido.

La fe, ya sea religiosa o mediática, nos libera de la incomodidad de dudar. Pero también nos condena a un letargo intelectual. Y así, mientras repetimos lo que otros dijeron antes, nos alejamos de la posibilidad de descubrir por nosotros mismos.

Quizás el antídoto esté en la rebeldía del pensamiento crítico, en el gesto de mirar al trueno y preguntarnos si de verdad es un dios o simplemente el capricho de una tormenta. Porque, después de todo, la verdad siempre ha preferido esconderse en las preguntas y no en las respuestas que se repiten hasta el cansancio.

Como diría Hitchens, "lo que se afirma sin evidencia, puede descartarse sin evidencia". Pero en un mundo donde el eco sustituye al razonamiento y el dogma al análisis, esa premisa se torna revolucionaria. Nos exige algo más difícil que la fe: pensar por nosotros mismos.

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