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La crisis de credibilidad: cuando el pueblo se cansa de escuchar

En una provincia acostumbrada a escuchar promesas que no se cumplen o se cumplen a medias, los slogans de campaña han perdido fuerza frente a una ciudadanía que reclama hechos, coherencia y dirigentes que hablen claro. Neuquén ya no necesita frases ingeniosas, sino políticos que vivan como exigen y digan la verdad aunque no sea simpática.
DE NUESTRA REDACCIÓN10/07/2025NeuquenNewsNeuquenNews
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En esta tierra del viento omnipresente, la política también ha aprendido a soplar, pero sin rumbo. Desde hace años -y esto lo digo sin dramatismo pero con preocupación- asistimos a un espectáculo de frases repetidas, promesas recicladas y slogans cada vez más huecos. Lo que debería ser una herramienta para unir a un pueblo y convocarlo a un proyecto común, se ha convertido en puro marketing.

“Se acaba la joda”. “Neuquén es Confianza”. “Neuquinizate”. Frases que entran fácil, pero que no dejan huella.

Lo que ocurre es simple: cuando las palabras no se respaldan con hechos, se transforman en ruido. Y en una provincia que se ha forjado con el esfuerzo real de su gente, el ruido cansa.

Lo simbólico no alcanza si la realidad no acompaña
El “Neuquinizate” fue tal vez el intento más acabado de vestir la política con identidad. Pero un pueblo no se viste con carteles: se viste con obras, con servicios que funcionan, con educación digna, con salud en los hospitales, con presencia real del Estado donde hace falta. No hay bandera ni campaña que tape el bache en la esquina ni el aula fría de una escuela rural.

Los slogans sirven para emocionar, pero no para gobernar. Y eso lo sabe cualquiera que haya caminado una chacra bajo la helada o defendido un hospital con tres médicos para toda una ciudad.

El Teorema de Baglini y la coherencia como principio político
Raúl Baglini, que supo ver lo que muchos no querían decir, formuló una verdad incómoda: “Las convicciones de los políticos son inversamente proporcionales a su cercanía al poder”. En términos simples: cuanto más cerca del poder, menos iniciativas concretas. Una receta casi perfecta para el desencanto ciudadano. Y cuanto más cerca está de gobernar, más cauteloso se vuelve. El problema es que esa lógica, hoy, ya no indigna. Se acepta con resignación. Y eso sí que es peligroso: una democracia sin exigencia ética es apenas un trámite electoral.

Neuquén tiene otra historia. Nació de pioneros que decían poco, pero hacían mucho. Y se forjó con dirigentes que no necesitaban maquillar su discurso, porque su palabra valía. El gobernador hablaba como el poblador, y el poblador sabía que, si se decía “vamos a hacer”, se hacía.

Hoy, esa distancia entre lo que se dice y lo que se hace ha crecido como grieta. No ideológica: ética.

Redes, imagen y política de cercanía
A diferencia de otros rincones del país, en Neuquén todavía sobrevive -a duras penas, pero sobrevive- una política de proximidad. La gente sigue esperando que su dirigente camine el barrio, no que lo observe desde el dron de campaña. Las redes sociales podrán instalar candidatos, pero no pueden tapar la falta de coherencia. La confianza no se construye con posteos: se construye con presencia.

¿Qué se espera? Que se diga la verdad
No se le pide a un dirigente que haga milagros. Se le pide que sea honesto. Que si no puede, lo diga. Que si promete, cumpla. Que si falla, dé la cara. Es lo mínimo, pero también es lo que escasea.

La política, decía el filósofo Arendt, es el espacio donde se actúa con otros, no sobre otros. Y actuar con otros implica respeto. En Neuquén, ese respeto se gana con hechos. Porque acá, todavía hay quienes creen en la palabra como contrato, y no como envoltorio.

Una provincia con identidad no necesita slogans
Neuquén ya tiene una identidad: no hay que inventarla en una agencia de comunicación. Lo que necesita es que sus dirigentes estén a la altura. Que hablen claro. Que escuchen. Que caminen. Que no prometan con la lengua lo que no están dispuestos a sostener con el cuerpo.

El desafío no es inventar una frase nueva. Es recuperar la verdad como valor político. Que no es otra cosa que decir lo que se puede hacer, y hacerlo. Como lo hacían nuestros viejos, sin redes, sin pauta, sin discurso. Solo con coraje, trabajo y la convicción de que la política es, ante todo, un acto de dignidad.

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