Omar el destructor y la desaparición del MPN

El Movimiento Popular Neuquino, ese partido que durante décadas se creyó invencible y eterno, decidió no presentarse a las elecciones nacionales de octubre. Así, sin anestesia, sin debate y —lo más grave— sin dar la cara. Omar Gutiérrez, presidente del partido y exgobernador, firmó el comunicado donde dice que "el MPN no se oculta, se reorganiza".

POLÍTICA16/06/2025 Adrián Giannetti
MPN 2

En el texto difundido el 13 de junio, se habla de “no exponer al partido innecesariamente” por no contar con estructura territorial activa. La verdad es más simple: el MPN está vacío. De militantes, de ideas y, sobre todo, de conducción. Y lo que queda, lo están usando para pagar favores o garantizar sillones.

Lo que se está cuidando no es al partido, sino los puestos de algunos pocos. Empezando por el propio Gutiérrez, quien sorpresivamente fuera designado por Rolando Figueroa como director de YPF con un sueldo millonario de más de 70.000 dólares mensuales, tal vez como premio por abandonar a quienes militaron por el MPN en la campaña y que la nueva gestión persiguió y castigó casi con ensañamiento en una versión local de la “motosierra” de Milei.

Ni dignidad ni vergüenza

Queda claro que si tuviera dignidad o vergüenza, Omar Gutiérrez debería haber hecho una autocrítica, asumir la paternidad de la derrota y renunciado a la presidencia del partido. Pero evidentemente Gutiérrez debe seguir pagando su puesto en el directorio de YPF y tal vez no arriesgarse a los efectos de algún “carpetazo”.  Ya nadie habla de las “canchitas” de césped sintético.

Desactivar al partido y dejarlo morir

No hace falta demasiada perspicacia para entender lo que hay detrás de la decisión de no competir. Todo indica un acuerdo entre Gutiérrez y Figueroa. El primero se queda quietito en su cargo partidario, finge demencia, bloquea cualquier intento de renovación y reactivación real en el MPN, y a cambio mantiene su lugar de privilegio en la petrolera estatal, sigue cobrando un sueldo millonario y nadie revisa su gestión. El segundo, mientras tanto, arma su alianza electoral con los restos del MPN y de partidos nacionales, sin competencia interna y “seduciendo” intendentes con la billetera provincial.

¿Y el MPN? Bien, gracias. Tirado en una camilla con suero, respirando por el recuerdo de lo que fue allá lejos y hace tiempo.

Omar Gutiérrez no solamente pasará a la historia por ser el que llevó a la derrota al MPN, sino también y seguramente con más fuerza, por haber traicionado a la militancia y haber sellado lo que hoy parece un destino de desaparición de una herramienta política histórica en la provincia y reconocida a nivel nacional, al que ni siquiera le dieron la dignidad de morir con las botas puestas.

“El último que apague la luz”

Los intendentes -la gran mayoría- ya se alinearon con Figueroa. El resto espera que la ola no los salpique. La base militante está desorientada, abandonada y dispersa, porque no hay nadie que les diga cuál es el rumbo. No hay candidato, no hay debate, no hay relato. Solo silencio y reuniones cerradas. Un escenario muy parecido al cierre de una empresa que decretó su quiebra.

El MPN, que fue sinónimo de autonomía y proyecto provincial, hoy parece una cooperativa de exgobernadores con miedo a perder privilegios.

Gutiérrez no cuida al MPN, lo sigue traicionando

Gutiérrez dice que se cuida al MPN al no competir. Pero en política, cuando no das pelea, te olvidan. Y cuando quienes tienen la responsabilidad de liderar se dedican a socavar la participación de la militancia y se aferran al sillón para cuidar su propio pellejo, no hay “cuidado” posible: hay traición.
El partido no se reorganiza. El partido se diluye. Y si los que lo condujeron al abismo no dan un paso al costado, lo que sigue no es la reconstrucción. Es el silencio. Y en política, el silencio es siempre el silencio de los cementerios.

El partido que dejó de ser

El comunicado de la Junta de Gobierno del MPN enumera “limitaciones logísticas y financieras, fragmentación interna y riesgo de debilitamiento institucional” como excusas para no competir en las elecciones nacionales de octubre.
¿De verdad? ¿Un partido que gobernó 60 años, que fue sinónimo de poder en la provincia, se baja de una elección por falta de logística y plata? Si eso no es una confesión de fracaso absoluto, ¿qué lo es? A esta altura, más que un comunicado parece un certificado de defunción.

Y lo más llamativo: han pasado más de dos años desde la derrota electoral de 2023. Dos años sin reorganización, sin autocrítica, sin renovación. ¿Qué hicieron todo este tiempo?

Lo cierto es que el MPN viene deteriorándose desde hace rato. Hace años que su “dirigencia” abandonó cualquier vestigio de vida democrática interna. Ya no se eligen líderes por militancia o debate: se designan en escritorios, a puertas cerradas, entre parientes, amigos o socios. Y eso, claro, no fue gratis.

Convertir a un partido que alguna vez representó a los neuquinos —incluso en los parajes más aislados de la provincia— en una especie de sociedad anónima con reparto de cargos y sin rendición de cuentas, tuvo consecuencias.

El primero: quedarse sin contenido.
El segundo: quedarse sin militancia.
Y el tercero, el más irreversible: perder el poder.

Esto no es una pausa. No es una estrategia ni una transición. Es un proceso de desaparición. Y lo están ejecutando desde adentro.

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