
Internas en La Neuquinidad: ¿democracia participativa o puesta en escena?

En un contexto nacional donde la democracia cruje bajo tensiones políticas y sociales enmarcadas en un modelo cada vez mas autoritario y represivo, el anuncio de internas abiertas por parte de la alianza oficialista La Neuquinidad busca mostrarse como un ejercicio de institucionalidad y transparencia. “Vamos a convocar a internas en la segunda semana de julio”, adelantó el gobernador Rolando Figueroa, en referencia al proceso que definirá los precandidatos a senadores y diputados nacionales para las elecciones de octubre.
Pero detrás del decorado democrático, el libreto parece ya cerrado.
Una interna con final anunciado
La Neuquinidad es una construcción política reciente que reúne a ocho partidos -Comunidad, PRO, Avanzar, Frente Grande, Unión Popular Federal, Partido Socialista, Arriba Neuquén y Nuevo Compromiso Neuquino- en una alianza amplia y pragmática. En Plottier firmaron el acta constitutiva y conformaron una Junta Electoral, como paso formal para avalar el proceso.
Desde lo técnico, el cronograma cumple con lo exigido por la Cámara Nacional Electoral: definir las candidaturas antes del 17 de agosto y comenzar la campaña el 27 del mismo mes. Incluso se celebrará como novedad el uso de la Boleta Única de Papel.
Sin embargo, lo que se presenta como apertura democrática en los hechos está lejos de serlo. Figueroa fue claro: “los precandidatos serán personas muy cercanas a mí”. Y quienes lo acompañaron en el anuncio (Julieta Corroza, Juan Luis Ousset, Martín Regueiro) parecen perfilarse como opciones predilectas para ocupar esos lugares.
En otras palabras, no hay disputa real. La interna servirá, en todo caso, para formalizar lo que ya está decidido. Un trámite necesario más que un acto de competencia política genuina.
Una coalición sin tensiones… porque no se permite el disenso
El armado de La Neuquinidad se presenta como “amplio”, pero ese ensanchamiento no equivale a pluralismo. Lo que se evita es el conflicto, y no porque no existan diferencias ideológicas entre sus integrantes, sino porque no hay margen para expresarlas públicamente. Es una coalición que responde a una lógica de verticalismo amable: todos están, pero nadie discute. Se responde al centro de poder, y ese centro es el gobernador.
La convocatoria a internas, entonces, funciona como una escenografía. Sirve para reforzar la idea de un liderazgo que escucha, que consulta, que deja decidir. Pero la ciudadanía intuye -y en muchos casos ya sabe- que las boletas que llegarán a octubre estarán compuestas por nombres que orbitan el despacho principal de Casa de Gobierno. No hay sorpresas porque no se permite que las haya.
Federalismo discursivo, verticalismo práctico
En su discurso, Figueroa apeló al “federalismo”, a la necesidad de tener representantes que “defiendan a Neuquén” en el Congreso, frente a la amenaza de “los partidos de Buenos Aires”. Pero resulta paradójico que esa defensa de lo local se realice a través de una estructura cerrada, donde las decisiones se toman arriba y se validan abajo. En lugar de construir representatividad desde las bases, se reproduce la vieja lógica del dedo y la obediencia. Un esquema que poco tiene de federativo, aunque se lo vista de paisaje provincial.
La comparación con La Libertad Avanza, a quien Figueroa ve como el principal adversario, refuerza la idea de que la campaña será una contienda por las formas: centralismo vs federalismo, ajuste vs inversión, gritos vs gestión. Pero en lo concreto, ambas fuerzas parecen coincidir en la concentración de decisiones y en la necesidad de disciplinar a los propios.
La política como simulacro
El caso de La Neuquinidad no es único, ni siquiera excepcional. Lo que se observa aquí es un síntoma más de una enfermedad mayor: la conversión de la política en simulacro. Se celebran elecciones sin disputa real, se convocan internas sin internas, se habla de “participación” cuando ya está todo cerrado.
Esta precarización de la democracia -que avanza de manera silenciosa- no siempre se expresa en golpes autoritarios. A veces llega envuelta en gestos democráticos, pero vaciados de contenido. Como espectadores de una obra teatral, los ciudadanos son convocados a presenciar una elección donde no se elige.
Y en esa puesta en escena, donde el guion ya está escrito y los actores principales se repiten, el riesgo no es solo la apatía electoral. Es algo más profundo: la pérdida de sentido de la participación, el desencanto con lo público, la renuncia a la esperanza de que otra política sea posible.


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