
Vivir con miedo: cuando el temor se convierte en sistema
NeuquenNews
El miedo como clima social: En la Argentina actual -y en buena parte del mundo- el miedo ha dejado de ser un hecho ocasional vinculado a una experiencia concreta. Se ha vuelto una presencia constante, casi estructural, que condiciona decisiones, paraliza voluntades y deteriora vínculos. El miedo a perder el trabajo, a enfermarse sin cobertura médica, a sufrir un robo o a no recibir la ayuda estatal que corresponde, se ha instalado como una emoción cotidiana. Pero más que un problema emocional individual, se trata de un fenómeno social, político y cultural que merece una mirada profunda.
La psiquiatra y especialista en salud pública María Elena Acuña, advierte que este tipo de temor sostenido “no es solo ansiedad o angustia; es una forma de sufrimiento psíquico inducido por condiciones sociales e institucionales que se prolongan en el tiempo y afectan la percepción de futuro”. En otras palabras, el miedo no surge solo del peligro real, sino de la vulnerabilidad percibida: no saber si mañana se podrá pagar el alquiler, si el empleo será recortado o si la próxima vez que se necesite atención médica, el sistema responderá.
Según el Observatorio de Psicología Social Aplicada (UBA), más del 68% de las personas encuestadas durante 2024 admitió sentir temor a perder su trabajo o su ingreso principal. Más del 70% dijo desconfiar de la capacidad del sistema de salud para asistirlos ante una enfermedad grave, y el 79% expresó temor por la inseguridad y el delito urbano. Estas cifras no solo dan cuenta de un malestar creciente, sino de una forma de vida condicionada por la incertidumbre estructural.
El miedo como herramienta de control
El filósofo y sociólogo Zygmunt Bauman definió al miedo como “la emoción más generalizada y persistente de la sociedad contemporánea”. Según él, la precariedad laboral, la inseguridad física y la amenaza constante de exclusión generan una ciudadanía temerosa, más proclive a la obediencia y menos inclinada a la organización colectiva.
Cuando el miedo se instala, debilita el lazo social. Las personas tienden a encerrarse en sí mismas, a competir en lugar de cooperar, y a aceptar condiciones indignas por temor a “quedarse afuera”. La incertidumbre deja de ser un mal pasajero para convertirse en una estrategia de disciplinamiento social. El miedo a reclamar, el miedo a decir “no”, el miedo a cuestionar… todo forma parte de una arquitectura invisible que condiciona la vida cotidiana.
El filósofo italiano Giorgio Agamben va aún más allá al decir que el Estado moderno se ha constituido muchas veces sobre la base de una “gestión del miedo”, creando permanentemente estados de excepción —como crisis económicas o sanitarias— que justifican recortes de derechos y mayor vigilancia. El miedo, entonces, no es solo consecuencia, sino también una herramienta de gobierno.

De la filosofía a la acción: repensar la libertad
Desde la mirada existencialista, el miedo no debe ser evitado, sino comprendido. Como decía Jean-Paul Sartre, “el miedo revela la conciencia de que somos libres, de que no hay garantías”. Pero esa libertad, para ser vivida plenamente, debe estar acompañada de responsabilidad social, comunidad y cuidado mutuo.
Frente a un contexto que busca instalar el miedo como estado permanente, la respuesta no puede ser individual. Recuperar el tejido comunitario, reconstruir la confianza y organizarnos colectivamente son formas de recuperar decisión sobre nuestras vidas. Si el miedo a perder el trabajo inmoviliza, la organización sindical empodera. Si el miedo a enfermarse paraliza, la lucha por un sistema de salud público y universal nos protege. Si el miedo a ser robado nos aísla, el fortalecimiento de la comunidad y los espacios públicos nos conecta.
No se trata de negar el miedo, sino de evitar que se transforme en norma. Como decía Albert Camus, la libertad es la única condición digna de la humanidad. Pero no se conquista desde el miedo, sino desde el compromiso.
Este estado de miedo no es accidental. En muchos casos, se trata de una implementación pensada y planificada desde las esferas de poder, y responde a una estrategia global del capitalismo contemporáneo. Frente a los avances de las libertades individuales, los reclamos por justicia social o los intentos colectivos de mejorar las condiciones de vida, el sistema despliega el miedo como un mecanismo de control masivo. El temor a perder el empleo, a enfermarse sin cobertura, a ser excluido o castigado, actúa como freno de cualquier rebeldía. Esta arquitectura del miedo inhibe la protesta, debilita la solidaridad y favorece la aceptación pasiva de políticas regresivas. En lugar de responder con derechos a las demandas populares, se responde con incertidumbre, precariedad y vigilancia. Así, el miedo se convierte en un arma sofisticada, capaz de desactivar la resistencia sin necesidad de represión directa, desplazando el conflicto hacia el interior de cada individuo, que aprende a callar, adaptarse y sobrevivir en soledad.
Que el miedo no decida por vos
Vivir con miedo no es vivir plenamente. Es sobrevivir. Es esperar el golpe. Pero esa espera no es inevitable. Puede ser interrumpida por el conocimiento, por la reflexión, por el encuentro con otros. Por la memoria de lo que fuimos y por la esperanza de lo que aún podemos ser.
La libertad no se implora: se construye, se defiende, se comparte. Y en ese camino, la tarea de vencer al miedo comienza por reconocerlo como lo que es: una emoción legítima, pero no una condena.


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