
Una antigua fábula nos invita a repensar la forma en que buscamos sentido en medio de un mundo acelerado. En tiempos de ruido, crisis y urgencias, detenerse a mirar hacia adentro puede ser un acto profundamente transformador.
Mientras se habla de inflación, pobreza y polarización, pocas veces se apunta al verdadero núcleo de la crisis: la degradación del pensamiento. Desde la psicología social hasta la historia política, las señales son claras. Una ciudadanía que deja de pensar, deja también de ser libre.
DE NUESTRA REDACCIÓN10/06/2025 Adrián Giannetti
En tiempos donde todo se mide en inmediatez y rating, hablar de la "precarización del pensamiento" parece un acto contracultural. Sin embargo, resulta urgente hacerlo. No se trata de una consigna académica ni de un problema exclusivo de las universidades o de los medios de comunicación: es un fenómeno transversal que está impactando en el modo en que las personas comprenden su realidad, interactúan con los demás y participan -o se abstienen de participar- de la vida democrática.
Una sociedad distraída y emocionalmente manipulable
La psicología social, advirtió hace décadas sobre cómo los discursos dominantes moldean percepciones y emociones colectivas. Cuando las condiciones materiales se vuelven hostiles, el pensamiento crítico suele ceder lugar a reacciones emocionales primarias: miedo, odio, resentimiento. El pensamiento se vuelve precario no solo por la falta de información, sino por el modo en que esa información se ofrece: fragmentada, sesgada, espectacularizada.
El psicólogo social Herbert Simon lo anticipó con lucidez: la abundancia de información no genera necesariamente una ciudadanía más informada, sino una más confundida. La atención se convierte en un recurso escaso, y los estímulos diseñados para capturarla operan como mecanismos de condicionamiento. Es más fácil manipular a alguien que no puede detenerse a pensar.
La democracia vaciada de contenido
Desde la politología alertaron sobre los riesgos de una democracia vaciada de deliberación. Cuando el pensamiento político se reduce a slogans y reacciones en redes sociales, lo que se degrada no es solo el nivel del debate público, sino la calidad misma de la democracia. Se sustituye el conflicto de ideas por la guerra de identidades.
La precarización del pensamiento facilita la emergencia de liderazgos autoritarios que ofrecen certezas simples a problemas complejos. En lugar de convocar a la ciudadanía a comprender, invitan a odiar o a temer. Así se construye una comunidad de creyentes, no de ciudadanos. Como señaló Hannah Arendt, el totalitarismo no se instala solamente por la fuerza, sino por la desintegración previa de la capacidad de pensar críticamente.
El lugar de la historia y el olvido como política
La historia también da cuenta de este proceso. Cuando se desvaloriza la memoria histórica, se favorece una forma de pensamiento superficial, desvinculada del pasado y carente de perspectiva. Es lo que advertía Eric Hobsbawm al referirse a la “crisis de la memoria histórica” en las sociedades contemporáneas: una cultura desmemoriada es terreno fértil para cualquier forma de manipulación.
La precarización del pensamiento implica, en el fondo, la renuncia a pensar en términos de procesos y contextos. Los hechos se despolitizan, se relativiza la verdad, y la historia se convierte en un decorado selectivo. Esto permite, por ejemplo, presentar medidas regresivas como actos de "coraje político", o describir recortes de derechos como "ajustes necesarios". No hay herramientas para analizar si no hay pensamiento que permita conectar las piezas del rompecabezas.
Impactos concretos: del algoritmo al aislamiento
La vida cotidiana no escapa a esta dinámica. Las redes sociales, alimentadas por algoritmos diseñados para mantenernos entretenidos y enfadados, aíslan a las personas en burbujas de opinión. El pensamiento se hace perezoso. El diálogo se vuelve inútil. Se discute para ganar, no para entender. La comunidad se fragmenta.
Así, la precarización del pensamiento no solo debilita la democracia: descompone el lazo social. Lo comunitario pierde sentido cuando ya no hay ideas en común que lo sostengan. El otro deja de ser interlocutor para volverse enemigo.
Pensar es un acto de resistencia
Recuperar el pensamiento no es un lujo de intelectuales, es una necesidad vital. Significa revalorizar la duda, el debate, la lectura, la escucha activa. Significa desacelerar en un mundo que premia la reacción rápida. Como decía Paulo Freire, educar es siempre un acto político, y pensar es siempre un acto de liberación.
No se puede construir una sociedad justa con una ciudadanía que ha sido despojada -o ha resignado- su capacidad de pensar críticamente. La precarización del pensamiento no es solo un síntoma: es parte estructural de un modelo que necesita consumidores, no ciudadanos.
Y sin ciudadanos, no hay democracia que sobreviva.

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