
Una antigua fábula nos invita a repensar la forma en que buscamos sentido en medio de un mundo acelerado. En tiempos de ruido, crisis y urgencias, detenerse a mirar hacia adentro puede ser un acto profundamente transformador.
La histórica ausencia del Movimiento Popular Neuquino en las elecciones nacionales de 2025 no es solo una decisión táctica, sino el síntoma de una crisis más profunda: la pérdida de una visión doctrinaria y del sentido político que alguna vez lo volvió indispensable.
DE NUESTRA REDACCIÓN04/05/2025
NeuquenNews
Decir que el Movimiento Popular Neuquino atraviesa una crisis sería, a esta altura, un lugar común. Lo extraordinario es la forma en que ha decidido transitarla: sin disputar, sin proponer, sin explicar. En las elecciones nacionales de 2025, por primera vez en décadas, el MPN ha optado por la invisibilidad. Y en política, la invisibilidad no es neutral: es una forma de rendición.
No se trata de un hecho menor. La ausencia de candidatos propios no es un gesto de generosidad hacia un nuevo orden político, sino la evidencia de una desarticulación profunda. El partido que alguna vez pensó el desarrollo neuquino con herramientas propias —que diseñó políticas públicas antes que slogans— hoy parece incapaz de articular siquiera una respuesta ante el avance del pragmatismo sin alma.
Quienes vivieron los procesos de modernización en Neuquén —y vieron de cerca cómo se construyó el “Estado neuquino” con planificación, autonomía y visión federal— saben que el MPN fue su arquitecto. Hoy, en cambio, actúa como un inquilino en un sistema que ya no lo reconoce como protagonista. En vez de revisar sus fundamentos, eligió replegarse. Y el repliegue, sin autocrítica, es antesala del olvido.
Omar Gutiérrez, actual presidente del MPN y figura central del derrumbe electoral del partido, continúa aferrado al cargo, bloqueando el proceso de renovación política que podría devolverle algo de vitalidad a esta herramienta histórica de la democracia neuquina. Ya sea por ego, por pactos tácitos o por miedo a ceder el control, su permanencia impide pensar un futuro con bases nuevas.
La aparición de La Neuquinidad, liderada por Rolando Figueroa, confirma que el poder nunca tolera el vacío. Esta coalición —que aglutina exfuncionarios y militantes desencantados del MPN, sectores del PRO, del justicialismo disidente y diversas colectoras— ha comprendido que, en tiempos líquidos, la identidad importa menos que la capacidad de sintetizar demandas diversas. Lo logra, pero al costo de una fragilidad doctrinaria que puede limitar la construcción de un proyecto sostenido. Por ahora, más que una propuesta de provincia, es una plataforma electoral eficaz.
Y mientras tanto, el MPN —el partido que nació para darle a Neuquén una voz en la Argentina federal— se convierte en eco, en sombra, en nota al pie.
La historia neuquina, tan rica como ignorada fuera de sus fronteras, no merece un Movimiento Popular Neuquino vacío de contenido. El partido fue muchas cosas: caudillo y gestión, clientelismo y planificación, resistencia y modernización. Fue también una trinchera contra la voracidad centralista. Hoy, con dirigentes todavía aturdidos por la derrota y balbuceando excusas ante una prensa que ya no les pregunta nada, el MPN parece haber renunciado no solo a las elecciones, sino a su legado.
Tal vez en la militancia de base quede algo vivo. Pero la dirigencia —beneficiada incluso en la derrota— difícilmente abra los canales del partido para escucharla.
Ya no es "el MPN", son algunos dirigentes, sin apellidos ilustres, los que recorren barrios y rutas reconstruyendo, con paciencia y sin cámaras, una relación de respeto que el partido olvidó hace tiempo.
¿Dónde están hoy sus pensadores, sus planificadores, sus técnicos? ¿Qué quedó del Neuquén que pensaba a 20 años? ¿Quién discute, en serio, la transición energética, el impacto de Vaca Muerta o la integración territorial?
No conmueve la caída electoral. Lo que inquieta es su desaparición intelectual.
Si los viera Don Felipe…
Es inevitable preguntarse qué pensaría hoy Don Felipe Sapag si viera el estado del partido que fundó. No con la mirada ingenua del que idealiza el pasado, sino con la lucidez del constructor que conocía cada piedra del edificio político que levantó.
Don Felipe no fue un político de escritorio: fue un hombre del pueblo, un carnicero hecho estadista, que comprendió que el desarrollo debía sostenerse sobre la justicia social. Defendió como pocos la autonomía provincial y apoyó, sin especulación, la huelga de los trabajadores del Chocón. Tenía una brújula: construir una Neuquén con voz propia y destino propio.
Ver hoy a su partido fragmentado, sin mística ni norte, sin causa que lo convoque ni pueblo que lo acompañe, le dolería. No celebraría las alianzas sin épica, la desconexión con las nuevas generaciones ni la entrega del relato político a los algoritmos.
Don Felipe exigía convicciones, planificación y federalismo. No entendería cómo el MPN dejó de ser protagonista para convertirse en observador. Preguntaría, sin estridencias pero con firmeza: ¿Qué hicieron con el partido que construimos desde el barro? ¿Dónde quedó el proyecto de provincia? ¿Dónde está la insolencia federal?
Quizás convocaría, una vez más, a recuperar la vocación de poder con ideas. Porque el legado no se hereda: se honra. Y se honra caminando con el pueblo, no gestionándolo desde un rincón del poder.

Una antigua fábula nos invita a repensar la forma en que buscamos sentido en medio de un mundo acelerado. En tiempos de ruido, crisis y urgencias, detenerse a mirar hacia adentro puede ser un acto profundamente transformador.

El Movimiento Popular Neuquino atraviesa un momento que, para quienes lo conocimos desde adentro, no admite eufemismos. No está en crisis por haber perdido una elección. Está en crisis porque perdió aquello que durante décadas le dio sentido, orden y cierta disciplina: el ejercicio real del poder del Estado.

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