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Lo que hoy usamos con naturalidad entre risas o reproches tiene un origen inesperado: “boludo” viene de las guerras del siglo XIX, y su recorrido desde el desprecio hasta la camaradería pinta de cuerpo entero la transformación del lenguaje argentino.
DE NUESTRA REDACCIÓN28/03/2025
NeuquenNews
Pocos términos representan tan bien el ADN cultural argentino como “boludo”. Amada, odiada, mal entendida o simplemente lanzada al aire como una muletilla más, esta palabra resume en sí misma parte del espíritu rioplatense: informal, irónico, cambiante y lleno de matices. Pero lo que muchos no saben es que su historia no nació en una esquina porteña ni en una cancha de fútbol, sino en los campos de batalla de un país que apenas se estaba gestando.
Corría el siglo XIX, y Argentina era todavía una nación en construcción, atravesada por guerras de independencia y conflictos civiles. En ese contexto, la palabra “boludo” empezó a utilizarse de forma despectiva para referirse a ciertos jóvenes soldados que, por falta de entrenamiento o de recursos, iban al frente de batalla armados no con fusiles sino con boleadoras: un arma rudimentaria hecha de cuerdas y bolas de piedra o metal.
Los "Pelotudos", a la vanguardia, iban armados con enormes pelotas de piedra, amarradas a sogas que los montoneros al galope revoleaban contra los caballos enemigos, para hacerlos trastabillar y perder sus jinetes. Los “boludos”, en la retaguardia y tras la línea de los “lanceros”, atacaban con boleadoras. Es decir, los pelotudos eran la carne de cañón y los boludos, quienes mejor la pasaban.
Pero la historia de “boludo” no se detuvo ahí. Como suele pasar con el lenguaje, lo que comienza como una ofensa puede resignificarse con el tiempo. Durante el siglo XX, y especialmente en los años posteriores a la década del 60, la palabra empezó a colarse en la jerga urbana, primero como forma de burla entre conocidos, y luego como una expresión casi afectuosa entre amigos. En algún momento, el insulto se transformó en identidad. Decirle “boludo” a alguien dejó de ser un agravio para convertirse en un guiño cómplice.
Hoy, el uso de “boludo” es un verdadero arte del tono. Dependiendo del contexto, puede ser una alerta: “¡No seas boludo, fijate antes de cruzar!”. Un saludo entre amigos: “¿Qué hacés, boludo?”. Una muestra de ternura: “Boludo, te extrañé”. O un insulto directo: “¡Sos un boludo bárbaro!”. Pocas palabras tienen esa capacidad camaleónica para adaptarse al humor, la confianza y hasta el enojo.
No solo eso: “boludo” también ha sido exportado como parte del color local argentino. Quienes visitan el país se topan rápidamente con su uso y, muchas veces, intentan adoptarlo como una forma de acercarse a la idiosincrasia nacional. Claro que no siempre aciertan con el tono, pero ahí está justamente el encanto de la palabra: su sentido no está en las letras, sino en el contexto y en la relación entre quien la dice y quien la recibe.
Desde las boleadoras hasta los memes, “boludo” ha recorrido un largo camino. Un camino que atraviesa la historia, la guerra, el humor y la amistad. Y como buena expresión argentina, nunca se queda quieta: cambia, se transforma y sigue viva en cada conversación.
Así que, amigos míos, si alguien les dice “boludo”, no se ofendan de inmediato. Escuchen el tono. Hay boludez que es amor disfrazado. Y hay insultos que en realidad son elogios involuntarios. El idioma argentino -como la vida misma- se entiende mejor cuando uno se permite un poco de contradicción.
Después de todo, este país fue hecho por gente que creyó en imposibles. Y los que creen en imposibles, ya se sabe, suelen parecer bastante boludos.

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