
la pared de cristal, la resistencia Iraní
“Feliz Año Nuevo a todos los iraníes en las calles. También a todos los agentes del Mossad que caminan junto a ellos...”.( Mike Pompeo)
Un destello cegador y un rugido ensordecedor marcaron el inicio de la era nuclear. Hiroshima fue testigo del poder devastador del hombre y de las cicatrices imborrables que deja la guerra. Hoy la sombra de un conflicto con inimaginables consecuencias sobre vuela el mundo.
INTERNACIONALES08/01/2025
NeuquenNews
En un mundo donde las tensiones bélicas resurgen con fuerza en Europa y Medio Oriente, y las maniobras de la OTAN advierten sobre un equilibrio frágil, la memoria de Hiroshima cobra una relevancia inquietante. El fantasma de un conflicto nuclear vuelve a aparecer como posibilidad, recordándonos que la historia puede repetirse si no aprendemos de sus lecciones.
A esta amenaza se suma la situación en Palestina, donde el asedio y los ataques de Israel han derivado en un genocidio ante la indiferencia de Occidente. Esta tragedia, acompañada por el silencio internacional, se perfila como la antesala de una escalada con consecuencias inciertas, mostrando cómo la violencia descontrolada y la deshumanización pueden abrir la puerta a nuevos horrores globales.
En paralelo, el conflicto entre Rusia y Ucrania ha revivido las tensiones de la Guerra Fría, con amenazas explícitas sobre el uso de armas nucleares. Además, la crisis que involucra a China, Taiwán y Estados Unidos añade una capa más de incertidumbre, con maniobras militares y advertencias diplomáticas que podrían desatar enfrentamientos de gran escala. Estos conflictos refuerzan la sensación de que el mundo está en una peligrosa encrucijada.

El 6 de agosto de 1945, la humanidad presenció un acontecimiento que cambiaría para siempre el curso de la historia. A las 8:15 de la mañana, un bombardero estadounidense B-29, llamado Enola Gay, dejó caer sobre la ciudad japonesa de Hiroshima la primera bomba atómica utilizada en combate. Su nombre, Little Boy, parecía una cruel ironía frente a la devastación que desató en apenas segundos.

La explosión liberó el equivalente a 15.000 toneladas de TNT, destruyendo casi todo en un radio de dos kilómetros. La temperatura en el epicentro superó los 4.000 grados Celsius, vaporizando cuerpos y dejando sombras impresas en las paredes como macabras huellas de quienes estuvieron allí.
Se estima que entre 70.000 y 80.000 personas murieron instantáneamente, mientras que decenas de miles más sucumbieron en los días y semanas siguientes debido a las heridas y la radiación. Para finales de 1945, el número de víctimas superaba las 140.000.
Consecuencias humanas y morales
Más allá de la destrucción material, Hiroshima simboliza el inicio de la era nuclear y el dilema ético que persiste hasta hoy. ¿Se justificaba semejante nivel de violencia para terminar la guerra? Los defensores argumentan que salvó millones de vidas al evitar una invasión prolongada, mientras que los críticos lo ven como un crimen de guerra.
Las secuelas físicas y psicológicas persiguieron a los hibakusha (sobrevivientes de la bomba) durante décadas. La exposición a la radiación provocó cánceres, enfermedades crónicas y mutaciones genéticas, además de un estigma social que complicó su reinserción en la sociedad.
Hoy, Hiroshima es un símbolo mundial de paz. Su Parque Conmemorativo y el Museo de la Paz recuerdan la tragedia y educan a las nuevas generaciones sobre los horrores de la guerra nuclear. Cada año, el 6 de agosto se celebra una ceremonia en honor a las víctimas, acompañada de llamados a la abolición de las armas nucleares.
Sin embargo, el mundo sigue siendo un lugar incierto. Las potencias nucleares aún poseen arsenales capaces de destruir el planeta varias veces. En el contexto actual de crecientes tensiones internacionales, los líderes mundiales parecen caminar sobre un delgado hilo donde un error de cálculo podría desencadenar consecuencias catastróficas.
Hiroshima permanece como un recordatorio de lo que está en juego y de la responsabilidad colectiva para evitar que la historia se repita. Su advertencia es clara: el poder destructivo del hombre no conoce límites cuando las diferencias políticas y los conflictos bélicos se convierten en excusas para la devastación.
Según estimaciones recientes, existen aproximadamente 12.121 armas nucleares en el mundo, distribuidas entre nueve países.
Rusia y Estados Unidos poseen la mayoría de estas armas, con un arsenal combinado de más de 10.600 ojivas.
Otros países con armas nucleares incluyen China, Francia, Reino Unido, Pakistán, India, Israel y Corea del Norte. A pesar de los tratados de desarme, las potencias nucleares continúan modernizando sus arsenales, lo que incrementa las tensiones internacionales y el riesgo de una escalada nuclear.
El arsenal nuclear actual es aproximadamente equivalente a 242.420 bombas como la lanzada en Hiroshima, considerando la potencia promedio de las armas nucleares modernas. Este dato subraya la magnitud de destrucción potencial acumulada en el mundo hoy en día.
Mirar el futuro en el pasado
En la historia de la humanidad, pocos eventos encapsulan con tanta claridad el dilema entre el avance tecnológico y el costo moral. Hiroshima no solo representa un punto de inflexión bélico, sino también un espejo en el que podemos ver nuestras sombras más oscuras y, al mismo tiempo, nuestra capacidad para aprender y construir un futuro más pacífico.
Pero este futuro depende de las decisiones que tomemos hoy. Con el mundo nuevamente al borde de peligros nucleares, la advertencia de Hiroshima no debe ser ignorada. El recuerdo de ese día fatídico nos exige sensatez, diplomacia y un compromiso inquebrantable con la paz.

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