El duro pedido de una médica: "Dejen de romper las pelotas con juntarse por un tiempo!"

Regionales 16 de octubre de 2020
La profesional, que trabaja en el Hospital Heller, contó la dramática situación que vivió un compañero de trabajo. Reclamó solidaridad. El video se viralizó por las redes sociales.
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Los contagios en la ciudad de Neuquén se están contando de a decenas y el sistema de salud continúa colapsado. Y cada vez más hay nuevos positivos entre los trabajadores de salud.
 
"No me vengan a romper las bolas con la libertad, un compañero no tenía cama para internarlo porque se pescó el virus trabajando acá", dijo sin titubeos una profesional de la salud en las redes sociales, que trabaja en el hospital Heller.

Este miércoles un trabajador del sistema de salud necesitó una cama para recibir asistencia médica, ya que había contraído el coronavirus, pero no había disponibilidad. "Se lo agarró trabajando acá para todos ustedes, tuvieron que sacar una cama de la galera para poder internarlo. Así que no me vengan con pelotudeces de que están podridos de que le coartan la libertad y etcétera", comenzó el relato que se viralizó.

"Yo no sé si el Gobierno manejó bien o mal la pandemia, pero en este punto necesitamos la colaboración de toda la sociedad. Dejen de romper las pelotas de juntarse por un tiempo, mínimamente, tengan un mínimo de humanidad y empatía", concluyó el mensaje por Facebook.

Esta publicación se dio días después de que el hijo de Horacio Heller (nombre de homenaje que lleva nosocomio), Matías, haya contraído el virus.

Su hermano fue quien hizo un descargo por la misma red social: "Mi hermano lleva siete meses sin saber lo que es la libertad. No puede elegir no ir al hospital. No puede optar por no hacer dos o tres guardias semanales, no puede tomarse un día de descanso, no puede tenerle miedo al virus, mucho menos puede negarles la atención a los que ningunearon la pandemia y con su estúpida irresponsabilidad provocaron su expansión incontrolable".

A su vez, mostró la molestia que le causó la marcha de este lunes: "No tienen un discurso que los una ni tampoco ideas concretas para cambiar las cosas. Tienen un solo denominador común, más allá de los gritos: el odio."

"Mi hermano Matías perdió la libertad pero no se queja. Perdió la libertad pero no la empatía por el otro ni las ganas de sanar a los enfermos. No grita en marchas ni usa de poncho la bandera: hace patria curando a la gente, y créanme si les digo que aún se angustia por cada batalla perdida frente a la muerte", expuso.

LMN

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Diego Heller, 12 de octubre a las 20,56 hs

Estaba viendo esta foto, la foto que hoy temprano mandó mi hermano médico al grupo de la familia.

La miraba y pensaba en cuántos pacientes habrá intubado con esos dedos que hoy sostienen un test de covid 19 que le dio positivo, en cuántas vidas habrá salvado en estos últimos malos tiempos.

Reparaba en sus uñas comidas, y lo imaginaba mordiéndose la cutícula una madrugada mientras buscaba una cama de terapia libre en otro hospital de Neuquén o Cipolletti. Pensando en eso, oigo una salva de bocinazos y salgo a ver qué pasa. “Es la marcha por la libertad”, me recuerda un vecino.

Decido seguir a la caravana de autos embanderados de celeste y blanco, de puro comedido y porque me pueden las manifestaciones populares. Son un centenar largo de coches, muchos para este pueblo grande, y más en plena siesta de un feriado.

Son ruidosos, se les nota la emoción de la novedad: se ve que se anoticiaron de grandes que la historia también se escribe en las calles. Tocan bocina frente a la intendencia, por el centro y frente a la plaza, pero también frente al sanatorio, al hospital, al policlínico. Una falta de respeto a los que padecen adentro, pienso, y a todos los que allí trabajan. Tocan bocinas mientras insultan a los que gobiernan: un carnaval catártico, para nada festivo.

Ya de vuelta en la plaza, unos piden justicia. Otros exigen cárcel para los chorros. Otros, menos impuestos y más seguridad. Y respeto a la propiedad privada, claro. La mayoría dice que el problema de este país son los planeros; uno acota a los gritos que no, que el tema es que ya nadie premia al mérito; casi todos se la agarran con los políticos: que se vayan todos, que renuncien ya el inútil, la vieja y el títere, que se bajen los sueldos, que se termine este comunismo disfrazado…

No tienen un discurso que los una ni tampoco ideas concretas para cambiar las cosas. Tienen un solo denominador común, más allá de los gritos: el odio.
Justo el odio, que es el padre de casi todos los males.

Justo el odio que, como decía Spinoza, es una de las pasiones tristes: se odia desde la tristeza -escribió el filósofo-, se odia buscando culpables afuera y sin mirar ni de casualidad para adentro. No se construye futuro con odio, me digo mientras los veo desgañitarse puteando, quien hace del odio su combustible vital se va desinflando por dentro y pronto sólo piensa en negativo.

El que odia sufre desde que se despierta hasta que se va a dormir; sólo se calma un rato cuando otro odiador le da la razón y le acerca un nuevo viejo motivo para seguir odiando. El que odia no tiene válvula de escape: el veneno permanece adentro de su cuerpo, le intoxica el alma, le enturbia la razón, lo hace supurar maldad o envidia, lo enferma de frustración.

Tal vez por eso los que odian sean tan de andar gritando, de vivir crispados: sin saberlo y tal vez en un impulso de preservación, intentan sacarse de encima la peste, escupirla lejos.
Enojados o no, marchan para recuperar la libertad, o al menos eso dicen. Lo dicen desde la calle recién descubierta, sin policía ni autoridad que los moleste.

Son cientos, ¿pero saben quién no está marchando aunque perdió su libertad? Mi hermano, el de los dedos gastados de tanto intubar enfermos.

Mi hermano Matías lleva siete meses sin saber lo que es la libertad. No puede elegir no ir al hospital. No puede optar por no hacer dos o tres guardias semanales, no puede tomarse un día de descanso, no puede tenerle miedo al virus, mucho menos puede negarles la atención a los que ningunearon la pandemia y con su estúpida irresponsabilidad provocaron su expansión incontrolable.

Mi hermano Matías perdió la libertad pero no se queja. Perdió la libertad pero no la empatía por el otro ni las ganas de sanar a los enfermos. No grita en marchas ni usa de poncho la bandera: hace patria curando a la gente, y créanme si les digo que aún se angustia por cada batalla perdida frente a la muerte.

Fuimos bien educados, hermano querido, hermano admirado. Nos enseñaron a no odiar a nadie. Y mucho menos a otro argentino. Cuidate mucho y aprovechá esta pausa para descansar, que en unos días tenés que estar de nuevo al pie de una cama del hospital, salvando vidas.

Diego Heller

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