"La Caída del General Ira", un cuento basado en eventos ficticios, o no

Los cuentos en su esencia más pura, son un espejo que refleja las complejidades de la realidad a través del prisma de la ficción.

DE NUESTRA REDACCIÓN 15 de marzo de 2024 NeuquenNews NeuquenNews
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Jorge Luis Borges

Cuentan que una vez, en una prospera provincia de la Patagonia, donde las sombras de los árboles se alargan con los secretos del pasado y sus ríos recuerdan el fluir de la vida, caminaba un hombre cuya figura alguna vez se alzó imponente sobre los campos de batalla. El General Ira, como lo llamaban, había heredado un ejército invicto, una fuerza que nunca había conocido la derrota, templada en el fuego de innumerables victorias.

Pero el General Ira era un hombre de temperamento feroz y corazón frío. Maltrataba a sus soldados, creyendo que el miedo era la clave para mantener la disciplina. Su arrogancia era tan vasta como las pampas, y su impericia, aunque oculta tras una fachada de triunfos, comenzaba a manifestarse.

Enfrente de él, un ejército de fragmentos, unidos no por la bandera, sino por el deseo común de derrotar al tirano. Su líder, el General Kieroser, había sido una vez parte de las filas invictas, pero se retiró, cansado de la falta de reconocimiento y de un sistema que promovía más la obsecuencia que la valentía.

La batalla que siguió fue un espejo de la tormenta interna del General Ira. Designó a un coronel sin batallas ni experiencia al frente de las fuerzas otrora imbatibles. Con cada maniobra fallida, su ejército se desmoronaba, y con cada grito de desesperación, la esperanza se desvanecía. Al final, la derrota fue inevitable, y el General Ira, en lugar de enfrentar su fracaso, se refugió en las sombras, abandonando a su suerte a los hombres que lo habían seguido lealmente.

El General Ira, sin ejército ni honor, aceptó un lugar de privilegio entre aquellos que lo habían derrotado. Pero no hubo autocrítica, ni un simbólico seppuku, solo un silencio que revelaba su arrogancia intacta.

Hoy, el general deambula por las calles, un fantasma de su antigua gloria. Los soldados que una vez comandó lo miran con ojos llenos de resentimiento, recordando a los camaradas perdidos y las cicatrices de la batalla. No hay perdón para el general que les falló, solo el eco de lo que pudo haber sido si hubiera liderado con compromiso, humildad y empatía.

Y así, el General Ira aprende, (o al menos debería), demasiado tarde, que el verdadero poder de un líder no reside en la fuerza de su brazo, sino en el corazón que late al unísono con su gente.

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