
El suicidio de Lisandro de la Torre, una advertencia que la política argentina ignoró
NeuquenNews
Hubo un tiempo en la política argentina en el que la honestidad no era un eslogan, sino una práctica incómoda. Lisandro de la Torre fue uno de esos hombres que pagó caro no adaptarse a los atajos del poder. Nacido en Rosario el 6 de diciembre de 1868, jurista brillante, parlamentario riguroso y fundador del Partido Demócrata Progresista, encarnó una forma de hacer política basada en la ética, la coherencia y la denuncia frontal de los intereses que operaban desde las sombras del Estado.
Su figura incomodó desde temprano. No porque buscara el conflicto, sino porque se negó a callar. En el Senado de la Nación protagonizó uno de los momentos más dramáticos de la historia política argentina: el 23 de julio de 1935, en pleno debate por el escándalo de los frigoríficos y los acuerdos con intereses extranjeros, fue atacado a tiros dentro del recinto. El objetivo era él. Pero quien terminó recibiendo los disparos fue su discípulo y aliado, Enzo Bordabehere, senador electo, que se interpuso para protegerlo y murió en el acto.
Ese día marcó un quiebre. No solo por la violencia explícita en el corazón del Congreso, sino porque dejó al desnudo hasta dónde estaba dispuesto a llegar el poder cuando se siente amenazado. De la Torre continuó su lucha, pero el sistema ya había tomado nota: no había lugar para alguien que insistiera en señalar con nombre y apellido a los responsables de la corrupción estructural.
En 1937 renunció a su banca, aunque siguió participando como conferencista y referente moral. Sin cargos, sin estructura partidaria fuerte, cada vez más aislado, enfrentado con sectores de la Iglesia y con buena parte del arco político, su figura fue quedando sola. No derrotada en lo intelectual, pero sí marginada en lo real. La política argentina —ayer como hoy— no suele perdonar a quienes no se alinean.
El 5 de enero de 1939, en su departamento de la calle Esmeralda 22, en Buenos Aires, Lisandro de la Torre decidió poner fin a su vida. Al igual que años después lo hiciera el Dr. René Favaloro, se disparó directamente al corazón. Tenía 70 años. No dejó un mensaje grandilocuente ni una proclama partidaria. En su última carta mecanografiada escribió una frase que condensa su mirada lúcida, austera y profundamente filosófica sobre la existencia:
“Desearía que mis cenizas fueran arrojadas al viento; me parece una forma excelente de volver a la nada, confundiéndose con todo lo que muere en el Universo.”
No fue un gesto de cobardía ni una huida. Fue, en muchos sentidos, el último acto de un hombre que se negó a seguir viviendo en una política que había dejado de escuchar. Su suicidio no fue solo una tragedia personal: fue también un síntoma de época, una señal temprana de cómo la corrupción, el cinismo y la violencia podían expulsar del sistema a quienes no estaban dispuestos a negociar principios.
Hoy, cuando la palabra “ética” suele usarse como recurso discursivo y no como práctica concreta, recordar a Lisandro de la Torre incomoda. Porque obliga a preguntarnos cuánto espacio real existe para la coherencia y la honestidad en la política argentina.
Tal vez por eso su legado sigue vigente: no como mito, sino como espejo.



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