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EE.UU., sus aliados y la nueva ofensiva del bloqueo: cómo la confiscación de petroleros ahoga a Cuba y empuja a la región al desastre

La arremetida de Washington contra Venezuela y Cuba —encarnada en la reciente confiscación del quinto petrolero que llevaba crudo hacia la isla— no es solo una disputada maniobra geopolítica: es una política de presión económica que profundiza una crisis energética y social sin precedentes. Mientras tanto, países aliados a Estados Unidos callan o aplauden, contribuyendo a un bloqueo que viola la soberanía regional y agrava el sufrimiento de millones.
INTERNACIONALES10/01/2026NeuquenNewsNeuquenNews
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La crisis energética y humanitaria que atraviesa Cuba ya no puede ser explicada como un mero efecto de su estructura económica interna o de años de aislamiento histórico. Hoy, con toda crudeza, se revela como una consecuencia directa y premeditada del cerco estratégico impuesto por Estados Unidos y sostenido por sus principales aliados. La confiscación del quinto petrolero vinculado a Venezuela —la única fuente robusta de combustible para la isla— es la expresión más cruda de una política que más parece un bloqueo ampliado que una acción diplomática aislada. 

Desde diciembre de 2025 y en plena escalada de confrontación política, Washington ha desplegado su poderío naval en el Caribe bajo el nombre de Operation Southern Spear; una operación que, lejos de atender a principios de derecho internacional, ha interceptado y confiscado buques con dirección o vínculo energético con Venezuela, el principal proveedor de crudo a la isla cubana desde hace décadas.

El más reciente de estos actos —la incautación del petrolero Olina, el quinto de una serie— representa un golpe directo a la red de suministro que mantenía con vida el precario sistema energético cubano. Cuba depende de los envíos de crudo venezolano para sostener su economía y evitar apagones prolongados. Sin ellos, la capacidad de generar electricidad se desploma, los transportes se paralizan y la vida cotidiana de millones queda a merced de cortes que ya son cotidianos.

El bloqueo petrolero que endurece Estados Unidos —y que cuenta con complicidad tácita de aliados que guardan silencio o respaldan las acciones de Washington— no solo está dirigido a castigar al Gobierno venezolano. En los hechos, hoy castiga a un pueblo entero: Cuba sufre ya apagones que superan el 50 % del país, afectando escuelas, hospitales, industrias y cualquier signo de normalidad social.

Washington justifica estas acciones con la narrativa de “presión contra regímenes autoritarios”, argumentando que Venezuela y Cuba son amenazas a la democracia regional. Nada más lejos de la realidad. Esta lógica beligerante se traduce en confiscaciones que equivalen a una forma moderna de piratería —como la ha calificado el propio gobierno cubano—, y en un bloqueo económico que, lejos de ser neutral, golpea con fuerza desproporcionada a sectores vulnerables de la población.

La estrategia estadounidense no se limita a una sola acción aislada, sino que forma parte de un patrón más amplio que busca el control exclusivo de los recursos petroleros venezolanos, redirigiéndolos hacia el mercado estadounidense y debilitando cualquier espacio de cooperación entre Caracas y La Habana. El resultado es un círculo vicioso: cuanto más se estrechan los suministros energéticos, más profunda es la crisis económica, y más se intensifica la emigración masiva de cubanos en busca de un futuro digno.

Mientras tanto, los países aliados de Estados Unidos —ya sean gobiernos subordinados diplomáticamente, miembros complacientes de bloques regionales o socios comerciales complacientes— han permitido que esta política se desarrolle sin cuestionamientos públicos relevantes. Ese silencio cómplice no solo avala las acciones de Washington, sino que contribuye a una narrativa hegemónica que presenta la agresión económica como una respuesta legítima a la “desestabilización política”. En realidad, lo que se desestabiliza es la vida cotidiana de los pueblos.

Aquí no hay “cerco contra dictaduras” que justifique las consecuencias humanitarias tangibles. Hay una escalada de sanciones, confiscaciones y presiones que se traducen en bombazos de apagones, escasez de combustible, privatización del espacio marítimo y sometimiento de países soberanos a la lógica del más fuerte. El pueblo cubano, históricamente resiliente ante las adversidades, hoy enfrenta una encrucijada que pocos gobiernos en la región han tenido el coraje de denunciar con claridad: que el bloqueo y las sanciones son mecanismos de dominación que agravan crisis en vez de resolverlas. 

No es menor recordar que este patrón —de usar sanciones y bloqueos para quebrar economías y presionar gobiernos— no se limita a Cuba o Venezuela: es un modus operandi de la política exterior estadounidense que se repite en diferentes latitudes y que tiene impactos sociales, políticos y humanos de gran magnitud. Y ante esto, no basta con denunciar en términos diplomáticos tibios: se requiere una postura crítica y firme que reconozca el daño real a millones de personas, no solo a los gobiernos que Washington califica como adversarios.

Las Naciones Unidas y el bloqueo

La Asamblea General de las Naciones Unidas ha votado anualmente desde 1992 en contra del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos a Cuba, acumulando hasta 2025 un total de 33 resoluciones consecutivas que rechazan esta medida unilateral.

Estas votaciones, presentadas por Cuba, han obtenido mayorías abrumadoras año tras año, con resultados como 187 votos a favor en 2024 (solo 2 en contra: EE.UU. e Israel) y 165 a favor en 2025 (7 en contra, incluyendo Argentina y Paraguay por primera vez en la región). A pesar de su carácter no vinculante, estas resoluciones reflejan un consenso internacional casi unánime contra el embargo, que se endureció desde 1960 y afecta gravemente la economía cubana en medio de su actual crisis energética.

La confiscación de un petrolero es más que una noticia geopolítica. Es un recordatorio de que en el tablero global, los recursos energéticos son ahora armas estratégicas y que quienes se colocan fuera de la órbita de Estados Unidos pagan un precio que no solo es económico, sino social y humano. El bloqueo continúa, y quienes guardan silencio también son parte de él.

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