Happycracia: la dictadura invisible de la felicidad

La cultura del “pensar positivo” y la industria del bienestar instalaron un mandato silencioso: ser feliz es una responsabilidad individual. Pero detrás de ese discurso se oculta un modelo que despolitiza el malestar, culpa al individuo y oculta las desigualdades estructurales.

DE NUESTRA REDACCIÓN08/01/2026NeuquenNewsNeuquenNews
Happycracia

En plena aceleración de discursos sobre bienestar, mindfulness y autoayuda, ha emergido un concepto que resume una transformación social inquietante: la happycracia. No se trata solo de la idea de “ser feliz”, sino de una norma cultural, económica y política que impone la búsqueda de la felicidad como mandato individual y criterio de éxito personal.

¿Qué significa realmente “happycracia”?

El término happycracia fue popularizado por los sociólogos Edgar Cabanas y Eva Illouz en su libro Happycracia. Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas (2018). Según esta propuesta, la felicidad ha dejado de ser una aspiración humana para convertirse en una medida normativa del ciudadano ideal. La sociedad contemporánea ya no propone que busquemos sentido o justicia social: propone que seamos felices, y que esa felicidad sea producto de nuestras decisiones, actitudes y fuerza de voluntad. 

Este ideal no se construye en el vacío. Está respaldado por un ecosistema económico y profesional que incluye a la psicología positiva, coaches de vida, gurús del bienestar, apps de autooptimización y programas educativos centrados en técnicas de gestión emocional. Todo ello conforma lo que Cabanas e Illouz llaman una “industria de la felicidad”, que vende felicidad como producto, estilo de vida y métrica de valor humano.

De aspiración humana a obligación social

En su crítica, los autores sostienen que la happycracia funciona como una forma contemporánea de gobierno y control social: la felicidad se convierte en mandato moral, criterio de adaptación al orden social y evidencia de “buen ciudadano”. Bajo este enfoque, sentirse triste, frustrado o desmotivado no solo es una experiencia humana, sino una falla personal. 

Este fenómeno también se ha descrito como la “tiranía de la positividad” (tyranny of positivity), donde:

  • La felicidad es presentada como una obligación: no basta con vivir, hay que mostrarse feliz y positivo. (HSE University)
  • Problemas estructurales se personalizan: desempleo, precariedad laboral, desigualdad o discriminación se transforman en asuntos de “actitud”, “gestión emocional” o “resiliencia individual”. 
  • El bienestar se mercantiliza: productos, cursos, terapias y consejos psicológicos se venden como soluciones universales. 

Crítica sociológica: un espejismo neoliberal

La happycracia no solo refleja una obsesión cultural por estar bien, sino que legitima un modelo económico y político donde la responsabilidad de la vida buena recae casi exclusivamente en cada individuo. Esto encaja con núcleos de la ideología neoliberal, que promueven la autonomía individual y minimizan las responsabilidades colectivas o estructurales. 

El análisis crítico sostiene que la felicidad así concebida:

  • Ignora condiciones socioeconómicas reales:el concepto de felicidad empujado por la happycracia suele obviar que no todos partimos de las mismas condiciones (clase, género, etnia, lugar geográfico). 
  • Produce frustración en lugar de bienestar: cuando la sociedad obliga a perseguir un ideal inalcanzable de felicidad constante, muchas personas se sienten insuficientes o incapaces. 
  • Refuerza el mercado del bienestar: la búsqueda de felicidad se convierte en una industria rentable que explota emociones y expectativas humanas. 

¿Feliz o presionado para ser feliz?

La contracara de la happycracia no es solo una aceptación resignada de la infelicidad, sino una llamada a repensar cómo construimos sentido, bienestar y comunidad. La psicología positiva, por ejemplo, ha aportado herramientas útiles para algunos, pero también ha sido criticada por asumir que el bienestar emocional depende principalmente de la gestión individual de pensamientos y actitudes, sin considerar el contexto social y económico más amplio. 

¿Existe una alternativa?

Más que proponer recetas, la crítica de la happycracia invita a una reflexión más amplia:

  • ¿Debemos centrar la vida en ser felices, o en ser justos, solidarios y resilientes en comunidad?
  • ¿Puede la sociedad crear condiciones colectivas de bienestar además de estimular experiencias individuales de alegría?
  • ¿Cómo equilibramos el desarrollo personal con la responsabilidad social?

Quizás, frente a una cultura que prescribe la felicidad como fin último, el desafío real está en reconocer la complejidad humanacon sus tristezas, contradicciones y pluralidades de sentido— sin reducirla a un ideal normativo que, en la práctica, produce más ansiedad que plenitud.

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