Ruptura global, no transición: la nueva geopolítica del poder y el lugar que se juega Argentina

El discurso de Mark Carney, primer ministro de Canadá, en Davos expone una verdad incómoda: el mundo ya no transita un cambio ordenado, sino una ruptura profunda del sistema global. En ese nuevo tablero, los recursos estratégicos definen soberanía, poder real y destino histórico. Para Argentina, Vaca Muerta deja de ser un yacimiento: pasa a ser un factor geopolítico que es necesario repensar.

DE NUESTRA REDACCIÓN23/01/2026NeuquenNewsNeuquenNews

Mark Carney, primer ministro de Canadá

El mundo dejó de simular estabilidad. Lo que durante décadas fue presentado como una “transición ordenada” del sistema internacional hoy se revela como lo que realmente es: una ruptura estructural del orden global. Así lo planteó con crudeza Mark Carney en su discurso en el Foro de Davos, donde desarmó una de las ficciones más persistentes de la política internacional contemporánea: la idea de un “orden basado en reglas” como garantía de equilibrio y cooperación.

Carney fue directo: “Estamos en medio de una ruptura, no de una transición”, y lo dijo sin eufemismos. El sistema de integración global dejó de ser un espacio de beneficio mutuo para transformarse en un campo de disputa, donde la economía se volvió arma, las cadenas de suministro se volvieron herramientas de presión, la energía se volvió poder político y la interdependencia se transformó en vulnerabilidad estratégica.

Ya no hay ingenuidad posible: la globalización como promesa de armonía murió. Lo que emerge no es un nuevo equilibrio, sino un mundo más áspero, más crudo, más explícito en sus relaciones de poder. Un escenario donde las reglas ya no ordenan: subordinan. Donde los discursos no garantizan estabilidad: la fuerza lo hace. Donde la cooperación deja lugar a la lógica de bloques, alianzas funcionales y zonas de influencia.

Durante décadas, muchos países —incluida Argentina— se movieron dentro de una arquitectura internacional sostenida por relatos: multilateralismo, integración, previsibilidad, reglas comunes. Pero esa arquitectura siempre fue frágil y profundamente desigual. Las normas nunca fueron universales: fueron selectivas. El poder real siempre estuvo concentrado, aunque envuelto en retórica institucional.

Carney lo reconoce sin rodeos: el viejo orden fue en parte una ficción útil, sostenida por una hegemonía que garantizaba estabilidad financiera, rutas comerciales abiertas, seguridad colectiva y marcos de resolución de conflictos. Esa estabilidad ya no existe. Y con su desaparición, cae también la ilusión de que el mundo funciona por consensos y no por intereses.

Hoy, la lógica es otra. La energía ya no es solo energía: es influencia. Los alimentos ya no son solo producción: son poder. Las cadenas de suministro ya no son logística: son herramientas de control. La integración económica dejó de ser cooperación para transformarse en dependencia estructural. Y cuando la integración se convierte en subordinación, la soberanía deja de ser un concepto abstracto y vuelve a ser una necesidad concreta.

En ese contexto, aparece una palabra que ordena la nueva etapa: autonomía. No como aislamiento, sino como capacidad real de decisión. Autonomía para producir, para abastecerse, para sostenerse, para negociar. Autonomía para no depender estructuralmente de otros centros de poder. Autonomía para no ser una pieza pasiva dentro de un tablero que otros mueven.

El mundo ya no se organiza alrededor de discursos morales, sino alrededor de capacidades materiales. Recursos, infraestructura, tecnología, energía, logística, territorio, control financiero, defensa. Esa es la nueva gramática del poder global.

La necesidad de repensar Vaca Muerta

En este escenario de ruptura, Vaca Muerta deja de ser un proyecto energético y se transforma en un factor de poder geopolítico. Ya no puede pensarse solo como producción, exportación o ingreso de divisas. Su verdadera dimensión es otra: es capacidad de negociación, es peso estratégico, es influencia regional, es proyección internacional.

Argentina posee uno de los reservorios no convencionales más grandes del planeta en un mundo que atraviesa crisis energéticas recurrentes, tensiones geopolíticas permanentes y una reconfiguración profunda de los flujos de abastecimiento. En ese contexto, la energía no es una mercancía más: es un activo de poder. Es una herramienta de política exterior. Es un factor de soberanía. Es, potencialmente, una de las pocas cartas estructurales que Argentina puede jugar en el nuevo orden global.

El problema histórico del país no ha sido la falta de recursos, sino la incapacidad de convertirlos en proyecto estratégico. La lógica extractiva, de corto plazo, de renta inmediata, de solución coyuntural de crisis, se repite como un patrón. Y ese patrón, en el mundo que viene, no construye poder: construye dependencia.

Mirar Vaca Muerta solo como caja fiscal, exportación primaria o solución de balanza comercial es reducir su valor histórico. Es volver a inscribirla en la lógica periférica clásica: proveedor de recursos sin control del proceso, sin desarrollo de cadenas de valor, sin arquitectura de poder propia.

La mirada geopolítica verdaderamente estratégica no se construye desde la lógica del recurso aislado, sino desde una política económica integral. No se trata del pozo como unidad productiva, sino de la infraestructura como base del desarrollo; no del ingreso inmediato como alivio coyuntural, sino del posicionamiento estructural del país en el sistema mundial, pensado en términos de crecimiento sostenido, cohesión social, empleo de calidad y desarrollo territorial a largo plazo

Porque en el mundo que describe Carney, los países que no construyen fortaleza interna quedan atrapados en relaciones de dependencia permanente. Ya no existe la neutralidad cómoda. Ya no existe la integración inocente. Ya no existe el beneficio mutuo garantizado.

Contexto e impacto del discurso de Carney

El impacto del discurso de Carney se sintió, justamente, porque no fue una pieza retórica más del menú de Davos: tocó intereses. Su diagnóstico de “ruptura” puso en tensión a tres núcleos duros del poder global.

Primero, el poder financiero y los organismos multilaterales, donde figuras como Christine Lagarde (BCE), Kristalina Georgieva (FMI) y la jefa de la OMC matizaron públicamente la idea de un “quiebre” total, aceptando el cambio pero discutiendo la palabra “ruptura” y empujando, en cambio, la agenda de resiliencia y autonomía estratégica.  

Segundo, el poder político que impulsa respuestas más unilaterales y transaccionales: el cruce escaló incluso a gestos de alto voltaje simbólico, como la polémica en torno a una invitación retirada tras su intervención en Davos, mostrando que sus palabras no cayeron en el vacío, sino en una arena de egos y proyectos de orden alternativo.  

Y tercero, el poder corporativo y productivo, que leyó el mensaje como señal de época: si la integración puede ser coerción, entonces la seguridad económica —energía, suministros, infraestructura, logística— deja de ser un tema técnico para convertirse en política de Estado.

En esa grieta, Carney logró lo que pocos: que Davos discuta menos sobre promesas y más sobre control, dependencias y soberanía.

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