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El MPN después del poder: diagnóstico de un partido en tiempo de descuento

El Movimiento Popular Neuquino atraviesa un momento que, para quienes lo conocimos desde adentro, no admite eufemismos. No está en crisis por haber perdido una elección. Está en crisis porque perdió aquello que durante décadas le dio sentido, orden y cierta disciplina: el ejercicio real del poder del Estado.
DE NUESTRA REDACCIÓN31/01/2026 Adrián Giannetti
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Gobernar Neuquén durante casi sesenta años no fue solo administrar el Estado. Fue, sobre todo, construir una lógica. El MPN fue partido, gobierno y sentido de pertenencia. Cuando ese entramado se rompió, lo que quedó no es una oposición clásica, sino una estructura que ya no sabe muy bien para qué existe. Hoy el MPN sigue vivo, pero dejó de ser el partido del poder. Y ese dato explica casi todo.

Cuando el poder ya no está, la unidad se revela frágil

La obligación de convocar internas en 2026 para renovar autoridades, después de más de dos años de parálisis, es una prueba incómoda. No porque las internas sean un problema en sí mismas, sino porque exhiben algo que durante décadas quedó disimulado: gran parte de la unidad del MPN descansaba en la administración cotidiana del Estado.

Sin Estado, aparecen las costuras

La estructura partidaria es enorme: 662 candidaturas,  seccionales, Junta de Gobierno, Convención, delegaciones, cargos intermedios. Cientos de lugares que antes se llenaban con naturalidad hoy se vuelven difíciles de cubrir. No por falta de afiliados, sino por falta de incentivos. La política, cuando se deja de ser gobierno, se vuelve más exigente. Obliga a militar sin promesa inmediata. Ahí el MPN descubre cuánto de su cohesión estaba sostenida por el poder y no por una estrategia compartida.

Un cambio de época que no espera a nadie

Pero el problema del MPN no es solo interno. Está atravesado por un cambio de paradigma más profundo, que afecta a toda la política. Las redes sociales alteraron la forma de construir liderazgo, acortaron los tiempos, licuaron las jerarquías y reemplazaron la militancia orgánica por activismos intermitentes, intensos y muchas veces sin sentido.

La política ya no se ordena exclusivamente en unidades básicas, sindicatos o partidos. Se expresa en causas, en indignaciones momentáneas, en reacciones emocionales, en comunidades digitales que desconfían de toda estructura tradicional: partidos, Estado, dirigencias, incluso de la idea misma de representación democrática.

El MPN, como partido de gobierno prolongado, fue hijo de otra época: la del Estado fuerte, la intermediación territorial y la lealtad construida en el tiempo. Ese mundo ya no existe. Y pretender reorganizar el partido con las herramientas del siglo pasado es parte del problema.

Los jóvenes y la distancia con la política partidaria

En ese contexto, la relación con los jóvenes se vuelve uno de los desafíos más difíciles —y menos abordados— del MPN. Para una parte significativa de las nuevas generaciones, la política partidaria no es una herramienta de transformación, sino una estructura lejana, cerrada y poco creíble.

No se trata de apatía, sino de descreimiento. Muchos jóvenes participan, opinan, se movilizan, pero lo hacen por fuera de los partidos. Encuentran sentido en causas puntuales, en agendas ambientales, sociales o culturales, pero no se sienten representados por sellos, internas o disputas de conducción.

El desafío no es solo convocarlos, sino reconstruir confianza. Y la confianza no se declama: se demuestra. Sin renovación real, sin autocrítica visible y sin espacios donde la participación no sea meramente decorativa, resulta difícil que esa mirada joven se traduzca en votos, militancia o compromiso sostenido.

Para un partido con vocación histórica de permanencia, no lograr interpelar a las nuevas generaciones no es solamente un problema comunicacional: es una condena al vacio para el futuro.

Bajarse para no perder… y perder al bajarse

La decisión de no participar en las legislativas de 2025 fue presentada como un gesto de responsabilidad. Evitar una derrota mayor, cuidar lo que quedaba, ganar tiempo. En términos tácticos puede entenderse. En términos políticos fue una retirada que dejó al partido fuera del escenario justo cuando más necesitaba hacerse ver. Un partido dominante que decide no competir no lo hace por modestia. Lo hace por miedo a medirse.

El problema es que la política no tolera los vacíos. Mientras el MPN se protegía, otros ocuparon el espacio: el oficialismo provincial consolidó su armado, los sellos municipales avanzaron con personería propia y el sistema sindical —histórico sostén del partido— empezó a tomar distancia. Cuidarse demasiado puede convertirse en costumbre. Y la costumbre de no competir termina siendo una forma lenta de desaparecer.

El poder se mudó y no pidió permiso

Hoy el poder político en Neuquén se organiza por fuera del viejo “mapita”. El provincialismo gobernante construyó su propio esquema, con lógica de gestión y proyección electoral. En la capital, los armados locales dejaron de ser satélites y pasaron a jugar con autonomía. Donde antes el MPN era la casa común, ahora hay casas nuevas, con llave propia.

Otro dato delicado es el sindical. La ruptura petrolera no es solo una desafiliación. Es un gesto simbólico. Cuando un actor central del mundo sindical tan poderoso e involucrado en el destino de Vaca Muerta como Marcelo Rucci declara que el MPN “desapareció”, lo que se rompe no es una ficha de afiliación: se rompe la idea de representación y pertenencia.

Durante décadas, territorio, trabajo y política caminaron juntos dentro del partido, aunque la conducción del partido supo mantener lejos al sector sindical de espacios de poder importantes. Tal vez esa ingratitud contribuyó a que hoy ese triángulo ya no exista, algo que se veía venir hace tiempo, por el voto contrario al MPN por gran parte de sus afiliados en las últimas elecciones. 

Una paradoja adicional: el oficialismo también necesita al MPN

Hay, además, un elemento que no debería omitirse: la alianza que hoy gobierna la provincia también enfrenta sus propios límites. El resultado de las elecciones de medio término de 2025 no fue particularmente satisfactorio y dejó en claro que, de cara a 2027, el oficialismo necesitará ampliar su base de sustentación política y electoral.

En ese escenario, el MPN aparece como una estructura debilitada, pero todavía valiosa: con presencia territorial, historia, cuadros intermedios y un electorado que no migró de manera automática. No como fuerza hegemónica, pero sí como reservorio.

Esto agrega complejidad a la interna de 2026. No se trata solo de si el MPN puede reconstruirse, sino de si será absorbido, integrado o reutilizado como pieza funcional en un armado mayor que necesita sumar votos para sostener el poder.

Internas 2026: más que una elección, un plebiscito

Las internas del año próximo no serán una competencia clásica. Serán un plebiscito silencioso sobre el sentido y el futuro del MPN. Sin aparato estatal, con cuadros migrando a otros frentes y con un electorado que ya no espera instrucciones, el desafío es producir autoridad sin poder. Ahí aparece la pregunta incómoda: ¿quién conduce de verdad?

Si el gobernador Rolando Figueroa decide involucrarse de manera directa, la interna puede convertirse en una absorción ordenada del partido dentro del oficialismo. Si no lo hace, el MPN deberá inventar una conducción alternativa, con el riesgo de ganar una elección interna pero no lograr conducir nada relevante. Además, está el problema material: armar listas completas. Quien no pueda cubrir la estructura, no podrá gobernar el partido.

Tres caminos posibles, poco tiempo

El MPN llega a 2026 con tres salidas posibles. Puede integrarse como estructura auxiliar del oficialismo, resignando autonomía a cambio de supervivencia. Puede intentar una reconstrucción real, con conducción propia, autocrítica y una redefinición de su identidad regionalista. O puede fragmentarse definitivamente en un archipiélago de jefaturas locales, sin proyecto común. No parece haber mas opciones. Y el tiempo no sobra.

El problema no es haber dejado el poder. El problema es no haber pensado qué hacer después. La política neuquina cambió, la sociedad cambió y en algunos sectores del MPN todavía se discute como si el Estado estuviera a la vuelta de la esquina.

En 2026 no se elige solo autoridades partidarias. Se decide si el Movimiento Popular Neuquino vuelve a ser un actor con sentido propio o queda como un recuerdo administrado, respetado por su historia, pero ajeno al futuro. La historia alcanza para explicar de dónde venimos. Nunca alcanza para garantizar hacia dónde vamos.

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