
Una antigua fábula nos invita a repensar la forma en que buscamos sentido en medio de un mundo acelerado. En tiempos de ruido, crisis y urgencias, detenerse a mirar hacia adentro puede ser un acto profundamente transformador.
Fragmento extraído de: “El machi del Lanín, un médico alemán en la cordillera patagónica” es un libro escrito por Bertha Koessler-Ilg, publicado originalmente en alemán en 1940 como Der Medizinmann am Lanin. Von der Arbeit eines deutschen Arztes in der patagonischen Kordillere y luego ampliado y traducido al español en 2003 con ese título.
DE NUESTRA REDACCIÓN19/01/2026
NeuquenNews
Corramos un poco la cortina para poder ver a los curanderos. De la cadena montañosa al sur del lago Lácar -donde las montañas son más altas que las septentrionales que, más alejadas de la orilla, dan lugar a una magnífica extensión de playa- viene bajando un «paisano». Es un hombre de mirar serena -y su nombre es Moyhual, «Pato Desplumado». Trae consigo una pequeña hacha de piedra de color verdoso, que los mapuches denominan toqui o cachal. La encontró hace varios años al remover la tierra y me la ofrece, pues se ha enterado de que soy una coleccionista apasionada, «Valdrá unos 20 pesos», dice, «pero el bolichero no me ofrece más que 10 y encima quiere que le compre mercadería a cambio de la venta, pero yo necesito la plata. Tengo mujer y tres chicos». No es un toqui particularmente hermoso, pero me llama la atención el color y decido comprarlo.
El paisano da las gracias y murmura marimari (diez y diez), su saludo, siempre con el mismo rostro plácido. Luego se aleja en dirección a la mahuida, donde, en lo alto, hay una isla multicolor en el mar pedregoso de los Andes: su ruca, construida, con grandes troncos apilados y cubiertos de champas (*). Cuida la hacienda que pertenece al propietario de la estancia. Su mujer teje ponchos y matras de hermosos colores. No han de ser los más pobres del lugar.
Pasan los años. Un buen día aparece Moyhual con una niña de 10 años, que sufre de una supuración glandular en el cuello. Saluda con el acostumbrado marimari y pregunta amablemente por nuestra salud. Agrega «ftah cuüfü cümelcaimi», «a mí me va bien». El doctor atiende a la niña. Cuando se niega a cobrarle, Moyhual saca a relucir 20 pesos de su trarühue y se los entrega. «A cambio de los 20 pesos desearía recuperar mi toqui. Desde que no está en la ruca sufrimos una enfermedad tras otra. Mi hijita no habría tenido este cutrán, de haber estado en casa el toqui. Desde que vendí el «rayo» no tuvimos más que desgracias. Nos fue muy mal».
Bien, damos marcha atrás con la transacción. Moyhual se vuelve parlanchín y nos explica la importancia de la piedra mientras la acaricia tiernamente, muy reconfortado por haberla recuperado. «¿Por qué vendí la felicidad a la que sólo yo tengo derecho? Por algo será que cayeron rayos del cielo. Además, la piedra no le sirve a nadie, a menos que la encuentre o herede de un familiar directo. Fui yo el que la desenterré cuando estaba a punto de salir de la tierra. Cada año se iba acercando más a la superficie, para mi felicidad; sólo para mi felicidad. ¿Y yo qué hice? La vendí. Ahora me llevo de vuelta mi felicidad». Y parte con su hija, sosteniendo el toqui con una mano y haciéndole de pantalla con la otra.
Así es. Muchos de ellos creen que el hacha de piedra no ha sido fabricada por el hombre y que, tanto si se la halla a flor de tierra como debajo de ella, procede del lugar de donde procede el rayo. Otros están convencidos de que los antepasados las fabricaron de una piedra grande que el rayo les arrojó como don sagrado. La machi, cómo es de imaginar, le saca el máximo provecho en su trabajo.
La mayor parte de los indios, empero, ve en estás hachas -que también llaman rayos, por creer que proceden de éstos- objetos que curan y protegen a su poseedor. Por ello, se consideran ofendidos en su honor cuando alguien les propone comprarlas. «¿Por qué», dicen, «voy a vender a otro la felicidad que está destinada a mí, si a él no le sirve? Nuestra familia conservó la piedra año tras año. La protegió: Ni siquiera la puso al lado del finado en su viaje ni más allá, pues sabía que volvería a subir desde las profundidades de la tierra hacia la superficie».
En tiempos remotos todos los bienes del muerto se enterraban con él o se quemaban, pues podían atraer la desgracia: objetos como adornos, tejidos, etc. adoptaban el carácter del que «los precedía», por lo que no se podían volver a usar. De lo contrario, los defectos del propietario muerto se heredarían y su alma, el am, podría sublevarse y castigar al portador, haciendo llover desdichas sobre su persona.
El am también es considerado la sombra del alma; y el alma misma recibe el nombre de pülli. Permanece durante nueve días junto al muerto y luego, tanto tiempo como sus deudos lo recuerden con cariño. El am participa, invisible, de la vida de los allegados. Les susurra consejos, habla con ellos en sueños, induce y comparte sus pensamientos. Si se enfría el recuerdo afectuoso hacia el pariente muerto, el am se transforma en pülli. Buscará la residencia que está destinada a él a partir de dicho momento, la morada de los espíritus. Podrá ser una nube o él firmamento, al que sólo pueden aspirar los guerreros. También es posible que prosiga su vida anterior, invisible al ojo humano o bajo una forma corporal diferente. Es capaz de emprender esta transformación pues posee poder, máxime si se ha retirado como pillañ a una montaña de fuego o volcán desde donde envía a los mortales terremotos, rayos, truenos, inundaciones, granizo, temporales de nieve y aguaceros. Jamás se lo debe irritar; en todo momento debe ser honrado.
Por este motivo y otros parecidos, los indios frecuentemente encienden fogatas sobre las tumbas, proveen a sus muertos de viandas y los visitan asiduamente. Hoy acostumbran prender velas y prolongar las visitas hasta que se hayan consumido. En el pasado, cada familia poseía su propio pillañ, una especie de genio familiar que habitaba en un volcán y con el que tenían trato personal. En la actualidad creen que en los treng-treng, los volcanes, reina un solo representante de toda la tribu.
Podríamos detenernos en muchos aspectos curiosos de las creencias mapuches. Un día uno de ellos trajo una piedra redonda del tamaño de una manzana, formada por varios estratos de diversos colores, y dijo: «Como la finada machi curaba todas las enfermedades con esta piedra, como era una machi verdadera, instituida por el Gran Espíritu (bruja, adivina, curandera, confesora, etc.) y en ella vivían mucha fuerza y conocimiento/ la piedra seguirá obrando milagros si se cree en ella. Pero siempre deberá volver a ponerse en su estuche y solo una persona podrá usarla” —en lo posible, una domo-. El receptáculo consiste en una pequeña bolsa de cuero crudo. Al observar la piedra se comprueba que está afinada en su parte superior, es decir, que se ha «trabajado” con ella infinidad de veces, masajeando, pues la parte inferior está tan desgastada en el centro que resultan visibles el segundo y tercer estrato.
La tierra de los araucanos está saturada de deliciosas leyendas, mitos, fábulas y relatos verídicos. Toda transmisión, por tosca y primitiva que parezca, es como un viaje al mágico país de los mapuches. Cierto es que no se muestran muy inclinados a comunicar estos relatos a extraños y, si los dejan asomarse al mundo arcaico de la mística, lo harán con reservas.
No es de extrañar que el o la machi a menudo desempeñe el papel de confesor o confesora, pues no sólo se encarga de curar el cuerpo sino también el alma, a más de liberar los cuerpos enfermos de los malos espíritus por medio de un pavoroso juego de patrañas. Los confesores, que suelen sentarse a orillas de un curso de agua rumoroso o la linde de un bosque de hojas susurrantes, imponían a los hijos de confesión determinados ejercicios de penitencia para expiar sus culpas. Les prohibían agregar sal a las comidas, ingerir carne en general o carne de ciertos animales, grasa, determinadas bebidas y especias como el pimiento. Tampoco les permitían beber sangre ni, según la gravedad de los pecados/ comer las achuras crudas, hígado, riñones, etc.
Uno de los ejercicios más difíciles de cumplir consistía en prohibir a los hombres acercarse a las mujeres. El confesor cumplía a la vez funciones de avezado curandero, como se desprende de la siguiente nütram. Como regalo de bodas, un joven obsequió a su elegida las joyas de su madre muerta/ en lugar de colocarlas junto a ella en el ataúd. Desde ese momento, el carácter de la joven se agrió. Por su malignidad se parecía a su suegra fallecida. Con toda inocencia, el hombre consultó con una machi. Después de someterlo a un extenso interrogatorio, la machi encontró las joyas heredadas y se apoderó de ellas, supuestamente para colocarlas en el ataúd de la muerta. Al quitarle los adornos de la suegra a la domo, su carácter se revirtió. Dejó de ser perezosa, pendenciera y tacaña y empezó a comportarse afectuosamente con sus nuevos parientes. El füt’a (marido) finalmente accedió a la esposa que ansiaba y la sabia machi tuvo su generosa recompensa.
(*) Panes de pasto, pedazos de tierra cubiertos de césped y muy trabados con las raíces de éste, que eran usados por los mapuches para revestir paredes y techos de sus casas)
Fuente: https://masneuquen.com
Fragmento extraído de: “El machi del Lanín, un médico alemán en la cordillera patagónica” es un libro escrito por Bertha Koessler-Ilg, publicado originalmente en alemán en 1940 como Der Medizinmann am Lanin. Von der Arbeit eines deutschen Arztes in der patagonischen Kordillere y luego ampliado y traducido al español en 2003 con ese título.
Bertha Koessler-Ilg (1881-1965), fue una folklorista y enfermera de origen alemán radicada en San Martín de los Andes, en la cordillera patagónica, desde 1920.

Una antigua fábula nos invita a repensar la forma en que buscamos sentido en medio de un mundo acelerado. En tiempos de ruido, crisis y urgencias, detenerse a mirar hacia adentro puede ser un acto profundamente transformador.

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