
Dinamarca enciende una luz amarilla: su inteligencia militar incluye a EE.UU. como “posible factor de riesgo” en el nuevo mapa de amenazas
NeuquenNews
En un movimiento poco habitual entre aliados históricos, Dinamarca incorporó por primera vez a Estados Unidos como un “posible factor de preocupación” en su panorama anual de inteligencia, a partir de la evaluación 2025 difundida por el Servicio de Inteligencia de Defensa danés (DDIS). El giro no implica que Washington haya pasado a ocupar el lugar de Rusia o China en la lista de amenazas —que siguen apareciendo como los grandes focos de riesgo—, pero sí marca una señal política fuerte: la relación transatlántica ya no se da por sentada.

El jefe/director del DDIS, Thomas Ahrenkiel,
La afirmación no la hizo un ministro ni un dirigente político: sale del propio informe institucional del Servicio de Inteligencia de Defensa de Dinamarca —en danés, FE (Forsvarets Efterretningstjeneste); en inglés suele figurar como DDIS (Danish Defence Intelligence Service)— dentro de su evaluación pública anual “Intelligence Outlook 2025”. Es decir: la “declaración” es del organismo de inteligencia como institución, plasmada por escrito en su documento oficial.
Según reconstrucciones periodísticas basadas en el documento y en su presentación, el DDIS advierte que Estados Unidos “prioriza cada vez más sus propios intereses” y que “utiliza su fuerza económica y tecnológica como herramienta de poder”, incluso “hacia aliados y socios”.
Qué está detrás del cambio: la “variable Groenlandia” y la política de presión
El informe danés se lee en un contexto específico: la creciente disputa geopolítica por el Ártico y el lugar estratégico de Groenlandia, territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca. En los últimos meses, el vínculo con Washington estuvo atravesado por señales de presión política y discursiva vinculadas a la isla —por su ubicación, por sus recursos y por su rol en la arquitectura militar del Atlántico Norte—.
En paralelo, Dinamarca viene reaccionando a la escalada de tensión con un mensaje de soberanía cada vez más explícito: “no se puede anexar a otros países”, dijeron públicamente autoridades danesas y groenlandesas al rechazar planteos estadounidenses sobre el futuro del territorio.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció el domingo que nombrará al gobernador de Luisiana, Jeff Landry, como enviado especial de EE. UU. para Groenlandia, el vasto territorio semiautónomo de Dinamarca que Trump ha señalado repetidamente como de interés estratégico para su país.
El anuncio provocó una nueva escalada de tensiones diplomáticas con Dinamarca, miembro de la OTAN y responsable de la política exterior y de seguridad de Groenlandia.
Lars Løkke Rasmussen, ministro de Relaciones Exteriores de Dinamarca, declaró que el nombramiento “confirma el continuo interés estadounidense en Groenlandia”, pero subrayó que todas las naciones, incluido Estados Unidos, deben respetar la integridad territorial del Reino de Dinamarca.
Las máximas autoridades de Dinamarca y Groenlandia emitieron una declaración conjunta enfatizando que “no se puede anexar otro país, ni siquiera argumentando seguridad internacional” y recordaron que Greenland pertenece a los groenlandeses.
“Aliado indispensable”, pero ya no “incuestionable”
Lo más relevante del episodio no es un quiebre inmediato —Dinamarca sigue siendo un socio central de EE.UU. en la OTAN—, sino el cambio de tono institucional: que un servicio de inteligencia europeo, en un documento público anual, admita que el comportamiento de Washington puede generar riesgos o incertidumbres para su seguridad.
Dinamarca no está diciendo “Estados Unidos es el enemigo”. Está diciendo algo más inquietante para la política occidental: “Estados Unidos puede actuar como un actor que presiona también a sus aliados”, y eso obliga a recalcular.
El trasfondo: un mundo donde la alianza también se “negocia”
Este tipo de informes suelen ser conservadores en sus definiciones, justamente para no provocar crisis diplomáticas. Por eso, la novedad de incluir a EE.UU. como preocupación —aunque sea en términos de “riesgo” o “factor de seguridad”— funciona como síntoma de época: las alianzas ya no se viven como pactos morales, sino como contratos sometidos a tensión, donde la economía, la tecnología y el control territorial pesan tanto como los valores compartidos.
Y ahí hay una lectura incómoda: si un aliado europeo siente que debe dejar constancia por escrito de que el otro aliado puede usar “poder económico y tecnológico” como palanca, es porque la confianza —ese cemento invisible— empezó a agrietarse.


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