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El equilibrio precario en la política exterior (El Tábano Economista)
En este artículo —tan provocador como necesario—, Fiore Viani desmonta uno de los grandes mitos persistentes de la memoria colectiva nacional: la idea de que Argentina fue alguna vez una potencia mundial. Con argumentos precisos, datos históricos y una lectura lúcida del contexto internacional de principios del siglo XX, el autor señala que aquel esplendor del Centenario fue más una postal atractiva que un verdadero proyecto de desarrollo estructural.
DE NUESTRA REDACCIÓN11/07/2025 Gonzalo Fiore Viani (*)
En tiempos donde los discursos nostálgicos se imponen con facilidad, vale la pena detenerse a pensar: ¿qué significa realmente ser una potencia? ¿Alcanza con tener un alto PBI per cápita? ¿Qué pasa cuando la riqueza no se traduce en instituciones sólidas, diversificación productiva ni inclusión social?
Neuquén News recurre a la pluma del abogado, magíster y doctor en Relaciones Internacionales Gonzalo Fiore Viani, docente universitario e investigador, que aporta con claridad y profundidad una mirada crítica sobre los relatos fundacionales que aún moldean la percepción del pasado argentino.
Invitamos a nuestras lectoras y lectores a sumergirse en este texto que no busca reforzar orgullos infundados, sino abrir el debate sobre lo que fuimos —y sobre lo que podríamos ser, si aprendemos del pasado sin idealizarlo.
Artículo completo:
No, Argentina nunca fue una potencia mundial. Si bien tuvo un alto PBI per cápita alto en 1910-1920, su estructura económica, social y política no era la de una potencia. Carecía de industria diversificada, innovación tecnológica, y un proyecto nacional de desarrollo.
Las estadísticas del momento hablaban por sí solas: hacia 1910, el país tenía uno de los PBI per cápita más altos del mundo, una tasa de alfabetización en ascenso y una población urbana en crecimiento constante. Para muchos viajeros europeos, Buenos Aires no era solo “la París de Sudamérica”, sino el símbolo de una nación moderna, pujante y abierta al mundo. Sin embargo, esa promesa nunca se concretó en una verdadera transformación estructural que permitiera consolidar a la Argentina como una potencia económica. ¿Qué falló?
La respuesta no es sencilla. No se trata de una única causa, sino de un entramado de factores políticos, económicos y sociales que configuraron un modelo de desarrollo profundamente desigual y dependiente. La Argentina del Centenario no era una potencia, sino una economía periférica que, a pesar de su brillo momentáneo, arrastraba desde sus cimientos limitaciones profundas.
El país se estructuró en torno a un modelo agroexportador basado en la exportación de materias primas —trigo, carne, maíz, cueros— hacia los grandes mercados de Europa, particularmente Gran Bretaña. Ese modelo, exitoso en términos de generación de divisas y crecimiento económico durante ciertas etapas, estaba profundamente subordinado a los vaivenes del comercio internacional. La prosperidad de la Argentina no era autónoma, sino que dependía de la salud de las economías centrales. En ese contexto, el país ocupaba una posición subordinada: proveía alimentos e insumos, pero importaba tecnología, bienes manufacturados e incluso capitales.
El problema estructural de este modelo era que la riqueza generada quedaba concentrada en una elite agropecuaria que no reinvertía en diversificación productiva ni en procesos de industrialización. La tierra, principal fuente de acumulación de riqueza, estaba en manos de una oligarquía cerrada que consolidó su poder político a través de un régimen restringido y excluyente.
Hasta la Ley Sáenz Peña en 1912, el sistema electoral argentino era abiertamente fraudulento, lo que impedía la incorporación de sectores medios y populares a la vida política. La democracia liberal fue tardía, y cuando finalmente llegó, lo hizo en un contexto internacional que ya comenzaba a mostrar signos de agotamiento.
Mientras países como Alemania, Estados Unidos o Japón desarrollaban industrias propias, apostaban por la ciencia y la tecnología, y construían Estados fuertes y centralizados, Argentina permanecía atada a la lógica del campo. No hubo un plan de desarrollo industrial coherente ni una estrategia de autonomía tecnológica.
Las ciudades crecían, sí, pero lo hacían a partir de una economía de servicios que no estaba pensada para sostener un proyecto de desarrollo soberano. El país importaba casi todo lo que consumía y no tenía una clase empresarial local capaz de competir a nivel internacional.
La situación se volvió insostenible con la crisis de 1929. La caída del comercio mundial afectó de manera brutal a las economías primario-exportadoras como la argentina. El derrumbe de los precios agrícolas, el cierre de mercados y la retracción del crédito internacional provocaron una crisis profunda que marcó el fin del modelo agroexportador tal como se lo conocía. A partir de allí, se inició un proceso de sustitución de importaciones que intentó sentar las bases de un nuevo modelo industrial, aunque sin una verdadera burguesía nacional ni una planificación estatal a largo plazo.
Al mismo tiempo, la política nacional entraba en una etapa de inestabilidad creciente. El golpe de Estado de 1930 contra el presidente Yrigoyen inauguró una serie de interrupciones institucionales que se repetirían a lo largo del siglo XX. La democracia se volvió frágil, discontinua, y el poder se fragmentó entre actores civiles y militares. Esta inestabilidad impidió la implementación de políticas económicas consistentes. Cada proyecto era interrumpido por el siguiente, y el Estado argentino se convirtió en un campo de disputa más que en una herramienta de transformación social.
Otro aspecto clave para entender el fracaso de la Argentina como potencia tiene que ver con su falta de visión geopolítica. Mientras otras naciones construían alianzas estratégicas, intervenían activamente en los asuntos globales y diseñaban un lugar propio en el nuevo orden mundial, Argentina se replegaba sobre sí misma. Su política exterior era errática, ambigua, e incapaz de proyectar influencia más allá de sus fronteras. No había, en el fondo, un proyecto de país con ambición internacional.
Todo esto no implica negar los logros de aquella Argentina: la inmigración masiva, la expansión ferroviaria, las universidades reformistas, la legislación laboral pionera en la región. Pero también hay que reconocer los límites de ese modelo. Un país no puede aspirar a la categoría de potencia si no transforma su estructura productiva, si no invierte en ciencia, si no construye instituciones sólidas y si no integra a la mayoría de su población en el proyecto nacional.
La Argentina del Centenario fue un país rico, pero no una potencia. Tuvo un momento de esplendor, pero careció de las bases materiales y políticas para sostenerlo. En esa paradoja se encuentra el germen de muchas de las frustraciones que aún hoy persisten. Tal vez, comprender este pasado con una mirada crítica —pero no nostálgica— sea el primer paso para imaginar un futuro distinto.
(*) Gonzalo Fiore Viani, Ab. - Mg. RRII - PhD/Dr. RRII - Profesor Universitario (UNC/UBP)

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