Evolución de la música popular en Argentina: Un análisis de seis décadas

De la sofisticación del rock progresivo y la profundidad poética de los 70, pasando por la explosión creativa de los 80 y la fusión de los 90, hasta llegar a la inmediatez digital y la viralidad de los 2020, la música argentina ha transitado un camino de transformación radical. Lo que antes era un arte construido sobre letras elaboradas, armonías complejas e interpretaciones memorables, hoy parece haberse convertido en un producto de consumo rápido, moldeado por algoritmos y tendencias efímeras.

ACTUALIDAD - CULTURA10/02/2025NeuquenNewsNeuquenNews
Rock nacional
Evolución de la música popular argentina¿Evolución o Involución?

De la Sofisticación a la Inmediatez: ¿Evolución o Involución? En este recorrido por seis décadas de música popular, intentamos explorar el ascenso y la caída del contenido, la interpretación y la poesía en la música argentina. Seguramente este análisis será incompleto y tal vez injusto, sin embargo es bueno plantearnos hacia dónde vamos con el arte y en particular un arte tan masivo e influyente como la música popular.

Si miramos el recorrido de la música argentina desde los años 70 hasta la actualidad, encontramos una transformación radical en la forma de componer, interpretar y consumir música. Durante las primeras décadas, el rock nacional se construyó sobre bases sólidas de sofisticación musical, contenido poético y una fuerte carga interpretativa. Almendra, Serú Girán, Charly García, Spinetta e Invisible no solo creaban canciones, sino que elaboraban verdaderas obras conceptuales donde cada acorde, cada frase y cada interpretación tenían una razón de ser.

Los años 80 trajeron la consolidación del rock en un formato más accesible, pero sin perder la riqueza lírica y la identidad sonora. Bandas como Soda Stereo, Los Abuelos de la Nada y Virus supieron combinar la experimentación con la masividad, logrando himnos que aún hoy siguen vigentes.

En los 90, la música argentina experimentó una diversificación de géneros, con la irrupción del ska, el reggae y la fusión en el rock. Los Fabulosos Cadillacs, Los Auténticos Decadentes y Bersuit Vergarabat expandieron los límites del sonido, mientras que Fito Páez llevó la canción de autor a su máxima expresión con discos conceptuales que conjugaban literatura, cine y rock.

La llegada del nuevo milenio trajo consigo los primeros síntomas de un cambio profundo. Con la masificación de Internet y la caída de la industria discográfica tradicional, la música comenzó a adaptarse a los nuevos tiempos. El pop-rock se consolidó con exponentes como Gustavo Cerati en su etapa solista y bandas como Babasónicos y Turf, pero al mismo tiempo empezaron a asomar nuevas tendencias más orientadas a la inmediatez del hit radial.

Sin embargo, fue en la última década donde el cambio se hizo irreversible. La música dejó de pensarse como una obra de arte para convertirse en un producto de consumo rápido. La composición pasó a un segundo plano, reemplazada por la repetición de fórmulas comerciales. La interpretación dejó de ser una demostración de talento vocal para apoyarse en el autotune y en efectos digitales. El contenido lírico, antes lleno de simbolismo, poesía y narrativas elaboradas, se redujo a frases simples, muchas veces sin mayor significado que el estribillo pegajoso que garantice millones de reproducciones.

En la actualidad, el éxito de una canción no se mide por su impacto cultural ni por su complejidad artística, sino por su capacidad de viralización. Plataformas como TikTok han redefinido la relación entre artista y público, donde la duración de una canción ya no importa tanto como su fragmento más "pegajoso". La música ya no se escucha en discos conceptuales ni en álbumes trabajados en su totalidad, sino en fragmentos de 15 segundos diseñados para generar tendencias en redes sociales.

Este fenómeno no se da en un vacío. La banalización de la música refleja una tendencia más amplia en la sociedad contemporánea, donde la inmediatez se impone sobre la profundidad, y lo efímero reemplaza a lo trascendental. Ya no se privilegia la construcción de un discurso artístico sostenido, sino la gratificación instantánea de los estímulos fugaces. Este proceso de simplificación no es exclusivo de la música, sino que afecta otros aspectos de la cultura, desde la política hasta la educación y la comunicación.

La sobreproducción digital ha transformado la industria en una maquinaria donde la calidad muchas veces es secundaria a la cantidad. Antes, un disco podía tardar años en gestarse; hoy, un artista puede lanzar varios sencillos al mes sin una búsqueda conceptual detrás. Este ritmo acelerado impide que las canciones maduren y que el público desarrolle una conexión profunda con ellas. Como resultado, los hits del momento suelen ser reemplazados con la misma rapidez con la que aparecen.

También se ha perdido parte del espíritu crítico que la música solía tener. En los años 70 y 80, muchas canciones eran vehículos de protesta o de reflexión social. En cambio, en la actualidad, la mayor parte de las producciones mainstream giran en torno a temáticas más superficiales, muchas veces reducidas a la ostentación, la fiesta y el hedonismo desprovisto de contexto. Es como si la música hubiera dejado de ser una herramienta para cuestionar la realidad y se hubiera convertido en un simple fondo sonoro para la distracción.

Esto nos deja una pregunta abierta: ¿se trata de una evolución natural hacia nuevos formatos o de una involución artística donde el arte cede su lugar al algoritmo?

La música argentina de los 70, 80 y 90 nos dejó un legado de profundidad y experimentación que sigue siendo referente. Sin embargo, en la era del streaming y la inmediatez, los grandes himnos han sido reemplazados por canciones efímeras con fecha de vencimiento.

El desafío de las próximas décadas será encontrar un equilibrio entre la accesibilidad de la nueva industria musical y la calidad artística que definió a la música argentina en sus mejores momentos.

En definitiva, la música puede adaptarse a los cambios, pero sin perder su esencia: la capacidad de emocionar, de contar historias y de trascender en el tiempo.

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