
La tristeza de los domingos: entre el vacío existencial y la nostalgia infinita
NeuquenNews
Los domingos siempre han tenido una atmósfera peculiar, una mezcla de quietud y desasosiego que los hace inconfundibles. Es un día que, lejos de la intensidad productiva de la semana y del bullicio festivo del sábado, nos enfrenta con una pausa incómoda, un eco que resuena entre lo vivido y lo que vendrá.
Esta tristeza dominical, tan difícil de explicar como de evitar, ha sido explorada por grandes pensadores y escritores como Alejandro Dolina y Jorge Luis Borges, quienes supieron traducir en palabras esa melancolía universal.
La angustia como telón de fondo
Alejandro Dolina, maestro del relato y la reflexión nocturna, ha abordado en múltiples ocasiones la naturaleza introspectiva de los domingos. En su obra “Crónicas del Ángel Gris”, Dolina describe cómo las tardes de domingo arrastran consigo una suerte de despedida permanente, como si el día estuviera impregnado de un duelo por lo que no sucedió o por lo que pudo ser.
Para Dolina, el domingo representa el fin de la tregua, el momento en que los sueños quedan suspendidos y las obligaciones de la semana vuelven a asomar en el horizonte. En sus relatos, especialmente en el mítico barrio de Flores que tanto evoca, el domingo se convierte en el escenario donde los personajes enfrentan sus derrotas y nostalgias, donde la rutina parece asomarse como una amenaza inevitable.
En este sentido, Dolina nos invita a pensar en el domingo como un espacio donde la memoria cobra fuerza y nos obliga a revisar nuestras decisiones, generando un sentimiento ambiguo entre la contemplación y el arrepentimiento. Es el día en que las almas inquietas, según el autor, se ven atrapadas entre la calma impostada de un feriado y la ansiedad por lo que traerá el lunes.

La eternidad del tiempo y el peso de la memoria
Jorge Luis Borges, por su parte, aborda la tristeza dominical desde un ángulo más metafísico. Para Borges, el tiempo es una obsesión y, en su obra, la memoria juega un papel central. En cuentos como “El Aleph” y “Funes el memorioso”, Borges explora la complejidad de recordar y olvidar, procesos que se intensifican en los momentos de pausa, como los domingos.
El domingo, desde la mirada borgeana, podría interpretarse como un reflejo del laberinto del tiempo. Es un día en el que el presente parece desdibujarse entre la nostalgia del pasado y la ansiedad por el futuro. Para Borges, el hombre está condenado a vivir atrapado en ese dilema: recordar demasiado o no recordar lo suficiente.
Su poema “Límites” transmite esa angustia existencial del tiempo que avanza sin pausa, dejando atrás momentos y personas que jamás volverán. En ese sentido, el domingo puede ser visto como un recordatorio de la finitud, un instante en que el tiempo se detiene solo para mostrarnos que continúa inexorablemente.
El domingo como espejo de la condición humana
Tanto Dolina como Borges coinciden en que la tristeza de los domingos no es un fenómeno superficial, sino un síntoma profundo de la condición humana. Es el día en que las máscaras cotidianas se caen y nos enfrentamos a nuestra propia vulnerabilidad. Ya sea desde la introspección sentimental o desde el cuestionamiento filosófico, ambos autores retratan al domingo como un espejo donde se reflejan nuestros miedos, deseos y frustraciones.
Mientras Dolina nos habla de los domingos como el escenario de pequeñas tragedias urbanas —el hombre que se queda solo después de una noche de fiesta, la mujer que repasa cartas de un amor perdido—, Borges nos recuerda que la tristeza dominical es solo una variación más del misterio del tiempo y de nuestra inevitable confrontación con el infinito.
¿Cómo escapar del hechizo dominical?
La obra de estos dos grandes autores no pretende ofrecer soluciones para el malestar de los domingos, sino más bien invitarnos a convivir con él, a entenderlo como parte de nuestra experiencia emocional y existencial. Dolina nos anima a llenar el vacío con historias y fantasías, mientras que Borges nos invita a aceptar la vastedad del tiempo y su laberinto.
Quizás la respuesta esté en abrazar la tristeza dominical como un momento de pausa necesaria, un intervalo para repensar lo vivido y preparar lo que vendrá. Porque, como dijo Borges, “El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho”, y quizás los domingos solo sean el recordatorio de esa verdad.


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