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¿Qué es el existencialismo?

Sartre, Camus y la libertad que da vértigo
DE NUESTRA REDACCIÓN26/04/2026NeuquenNewsNeuquenNews

El existencialismo nació en la posguerra y huele a eso: a Europa en ruinas, a dioses que ya no responden, a un siglo que había prometido progreso y entregó Auschwitz. No es casual que su frase más famosa —"la existencia precede a la esencia", de Jean-Paul Sartre— suene como una declaración de orfandad filosófica.

El existencialismo es una corriente filosófica del siglo XX que pone en el centro la experiencia concreta del individuo —su existencia— por encima de cualquier sistema abstracto. No parte de una esencia humana predefinida —algo que Dios habría diseñado, o la naturaleza, o la razón universal—. Parte de que el ser humano aparece en el mundo sin instrucciones, y que eso no es un problema a resolver sino la condición misma de la libertad.

Sartre, filósofo y escritor francés, fue el gran sistematizador del existencialismo. En El ser y la nada (1943) desarrolló una ontología compleja: la distinción entre el "Ser en sí" —las cosas, la materia, lo que simplemente es— y el "ser para sí" —la conciencia humana, que no es nada fijo, que siempre está por hacerse—. La conciencia es esencialmente libertad, y esa libertad es una carga: "estamos condenados a ser libres", escribió. No elegimos no elegir. Incluso la inacción es una elección.

Simone de Beauvoir, compañera intelectual y vital de Sartre, aplicó el existencialismo a la condición de la mujer en El segundo sexo (1949), uno de los textos fundadores del feminismo moderno. "No se nace mujer, se llega a serlo", escribió, adaptando la lógica existencialista: la feminidad no es una esencia natural sino una construcción cultural e histórica.

Albert Camus es a menudo asociado al existencialismo, aunque él mismo rechazó la etiqueta. Su preocupación central era el absurdo: la confrontación entre la sed de sentido del ser humano y el silencio del universo que no responde. En El mito de Sísifo (1942), tomó el personaje mitológico —condenado a empujar una roca cuesta arriba eternamente— como metáfora de la condición humana. Su respuesta no fue la desesperación sino la rebelión: hay que imaginar a Sísifo feliz. Aceptar el absurdo sin rendirse ante él.

Las raíces del existencialismo son más profundas que el siglo XX. Søren Kierkegaard, el filósofo danés del siglo XIX, es considerado el primer existencialista: frente al sistema hegeliano que pretendía absorber todo lo real en la lógica, Kierkegaard revindicó la singularidad irreductible de la experiencia individual, especialmente la angustia y la fe. Friedrich Nietzsche, con su proclama de la muerte de Dios y su llamado a crear nuevos valores, también pavimentó el camino.

Martin Heidegger, el filósofo alemán cuya relación con el nazismo sigue siendo un asunto sin resolver para la historia de la filosofía, aportó la categorización más influyente: el Dasein, el "Ser-ahí", el ser humano como apertura al mundo, arrojado a una existencia que no eligió y siempre orientado hacia su posibilidad más propia: la muerte. Ser-para-la-muerte no es morbosidad sino lucidez sobre la finitud.

El existencialismo influyó profundamente en la psicología —Viktor Frankl, sobreviviente del Holocausto, construyó la logoterapia sobre la búsqueda de sentido—, en la literatura, el teatro y el cine del siglo XX. En términos políticos, fue una filosofía de la responsabilidad: si somos libres, somos responsables. No hay naturaleza, historia ni Dios que nos excuse.

Hoy, cuando el algoritmo diseña nuestras preferencias, el mercado ofrece identidades prefabricadas y la ansiedad existencial se medica antes de examinarse, la pregunta existencialista vuelve con toda su urgencia: ¿Quién estás eligiendo ser?

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