
Güemes, un héroe del pueblo: la historia del general que selló la independencia con su sangre
NeuquenNewsCuando la primera descarga le destrozó la ropa y la gorra sin tocarlo, Martín Miguel de Güemes ya había sacado el sable y galopaba sobre las dos hileras de soldados realistas que le habían cerrado el paso en una calle de Salta. Era la noche del 7 de junio de 1821. La segunda descarga le metió una bala en la cadera derecha que le atravesó la ingle. Abrazado al cuello del caballo, herido de muerte, el gobernador de la provincia y general en jefe del Ejército de Observación sobre el Perú alcanzó la Quebrada de Burgos. Allí lo encontraron sus gauchos, lo cargaron en una camilla de palos y lo llevaron a la hacienda familiar de La Cruz. Diez días de agonía después, en la Cañada de la Horqueta, moría a los 36 años el último jefe militar de la independencia argentina que todavía estaba peleando en el campo de batalla.
La emboscada no había sido obra del azar. La columna realista que entró a Salta esa madrugada —cuatrocientos infantes al mando del coronel José María “Barbarucho” Valdés, enviados por el general Pedro Antonio de Olañeta— había podido moverse en silencio gracias a información provista por enemigos internos: comerciantes y hacendados salteños agrupados en el partido de “La Patria Nueva”, que llevaban meses conspirando contra el gobernador. Güemes había vuelto a la ciudad apenas unos días antes, el 31 de mayo, llevado en triunfo por sus gauchos hasta la plaza principal. Sus adversarios, los mismos que después le abrirían las puertas a Valdés, habían huido a refugiarse en el cuartel realista.
Hoy se cumplen doscientos cinco años de aquella muerte. En Salta, el aniversario se conmemora con la “Guardia bajo las Estrellas” en el monumento al General y una agenda oficial —“Güemes 2026”— que reúne más de doscientas cincuenta actividades en toda la provincia. Sus restos descansan en el Panteón de las Glorias del Norte, en la Catedral Basílica. El Aeropuerto Internacional de Salta lleva su nombre. Es Héroe Nacional por ley desde 2006. Y, sin embargo, recién en los últimos veinte años su figura empezó a ocupar el lugar que efectivamente tuvo en la gesta emancipadora del Río de la Plata.
El patricio que se hizo gaucho
Martín Miguel Juan de Mata Güemes Montero Goyechea y la Corte había nacido en Salta el 8 de febrero de 1785, en una familia acomodada de la administración colonial. Su padre, Gabriel de Güemes Montero, era tesorero de la Real Hacienda; su madre, Magdalena de Goyechea y la Corte, pertenecía a la aristocracia criolla del norte. Lo mandaron a estudiar al Real Colegio de San Carlos de Buenos Aires, la institución de elite donde se formaban los futuros funcionarios del Virreinato. A los catorce años se enroló como cadete en la Compañía del 3er Batallón del Rey, el Regimiento Fijo de Buenos Aires.
La pregunta que cargaría el resto de su biografía empezó a contestarse temprano: ¿por qué el hijo de un alto funcionario colonial terminaría peleando, mandando y muriendo a la par de los gauchos más pobres del norte? La primera respuesta la dieron las Invasiones Inglesas. En 1806, sirviendo como edecán de Santiago de Liniers, Güemes protagonizó un episodio que la historiografía militar todavía cita como una rareza: la captura de un buque por una fuerza de caballería. Una bajante del Río de la Plata había dejado varado al navío inglés Justine. Liniers ordenó atacarlo. Güemes encabezó la carga de los jinetes que se metieron en el río fangoso y tomaron el buque. Tenía 21 años.
Cuatro años después estalló la Revolución de Mayo. Güemes se incorporó al Ejército del Norte y participó en la batalla de Suipacha, el 7 de noviembre de 1810: la primera victoria militar de la causa patriota. Después combatió en la Quebrada de Humahuaca y en el Alto Perú. Pero el giro decisivo de su vida no se produjo en el campo de batalla regular sino en la frontera. En 1814, José de San Martín —que había asumido brevemente el mando del Ejército del Norte y entendía mejor que nadie que esa guerra no se iba a ganar de modo convencional— lo designó Comandante de Avanzada del Río Pasaje y le encomendó organizar a los gauchos salteños y jujeños en milicias de retaguardia. San Martín se iría a Mendoza a preparar el cruce de los Andes. Güemes se quedaba en el norte con una misión casi imposible: contener al enemigo sin ejército.
La Guerra Gaucha: la doctrina militar que sostuvo la Independencia
Lo que armó Güemes en los siete años siguientes fue, en términos contemporáneos, un sistema de guerra asimétrica. Sin caja, sin armamento moderno, sin caballos uniformados y sin oficiales formados en la Academia, organizó a miles de gauchos en partidas que conocían cada quebrada, cada vado, cada aguada del territorio. La doctrina era simple y devastadora: no presentar batalla campal, no defender posiciones fijas, hostigar al enemigo en marcha, cortarle las comunicaciones, secarle las fuentes de agua, robarle el ganado, atacar de noche, replegarse antes del amanecer. La provincia se convirtió en un territorio donde el ejército realista podía entrar pero del que no podía salir con su botín.
Los gauchos de Güemes —que él bautizaría más tarde como el Regimiento de Infernales de Línea— pararon seis invasiones realistas provenientes del Alto Perú entre 1814 y 1821. El jefe del ejército español, general Joaquín de la Pezuela, le escribió al virrey del Perú una nota desesperada que sintetiza el efecto de la estrategia: el enemigo no quería dar ni recibir batalla decisiva, sólo hostigaba posiciones y movimientos hasta hacer insostenible cualquier ocupación. Era exactamente lo que Güemes buscaba.
Mientras tanto, ese cordón defensivo le compraba tiempo al plan continental de San Martín. Sin la Guerra Gaucha conteniendo a los realistas en la frontera norte, el cruce de los Andes y la campaña al Pacífico que llevó la independencia a Chile y Perú difícilmente hubieran sido posibles. El propio San Martín lo entendía: en 1820, cuando ya estaba operando en Lima, le envió a Güemes los despachos de General en Jefe del Ejército de Observación sobre el Perú. Era el reconocimiento explícito de que el frente norte era parte de su mismo plan de guerra.
El gobernador: contribuciones forzosas, Fuero Gaucho y “padre de los pobres”
El 6 de mayo de 1815, el Cabildo de Salta lo eligió gobernador de la Intendencia, que entonces incluía los actuales territorios de Salta, Jujuy y Tarija (hoy en Bolivia). Era el primer mandatario salteño designado por voto local —una asamblea popular, no un nombramiento desde Buenos Aires— y eso, en el clima político de la época, ya era una declaración. Güemes gobernaría durante seis años, hasta su muerte, sostenido por una base social que las élites locales nunca terminaron de digerir.
Para financiar una guerra a la que Buenos Aires aportaba cada vez menos, instrumentó contribuciones forzosas sobre los sectores acomodados, embargos a comerciantes españoles que no colaboraban con la causa y, en momentos críticos, suspensión del pago de arriendos. La medida que más resistencia generó, sin embargo, fue jurídica: el llamado Fuero Gaucho. Por esa figura, los gauchos que iban a pelear por la patria quedaban amparados frente a las demandas de los patrones que pretendían enjuiciarlos por “abandono de tareas”. Era, en los hechos, un reconocimiento del soldado-campesino como sujeto de derechos. En la Salta de 1816, eso equivalía a tocar el corazón mismo del orden colonial.
La distribución de tierras entre los gauchos más pobres, las ayudas a viudas y huérfanos de guerra, el reparto de bienes confiscados, le ganaron el mote popular de “padre de los pobres”. Y le ganaron, en paralelo, una lista creciente de enemigos en el comercio, en la hacienda y en el clero conservador salteño. La oposición se organizó alrededor de un sector autodenominado “La Patria Nueva”, que mezclaba intereses económicos heridos con un discurso de orden y respetabilidad. Fueron ellos, en última instancia, los que terminaron facilitando la emboscada de Valdés.
Las convicciones: soberanía continental y unidad nacional
La biografía política de Güemes resiste las etiquetas fáciles. No fue exactamente un federal —juró en 1819 una constitución de neta inspiración unitaria— pero mantuvo correspondencia y vínculos estrechos con los caudillos del interior, en particular con el santiagueño Felipe Ibarra y con el gobernador de Córdoba, Juan Bautista Bustos, que después adherirían formalmente al partido federal. Tampoco fue unitario en el sentido porteño del término: nunca subordinó la decisión política provincial a Buenos Aires y, cuando hizo falta, le plantó al Directorio condiciones explícitas para seguir cooperando.
En marzo de 1816, dos días antes de que se abriera el Congreso de Tucumán, firmó un acuerdo con Buenos Aires que muchas veces se cita poco y que conviene recordar: Salta seguiría haciendo la guerra a su modo —la guerra gaucha, bajo su conducción— y a cambio brindaría auxilio a las tropas enviadas desde la capital. No era un sometimiento ni una secesión: era una alianza táctica entre iguales. Que Güemes, a diferencia de José Artigas, no rompiera definitivamente con las Provincias Unidas, permitió que el Congreso de Tucumán pudiera sesionar y declarar la independencia. Sin ese equilibrio, la historia del 9 de julio de 1816 habría sido otra.
La frase que mejor sintetiza sus convicciones se la escribió a un corresponsal de Buenos Aires y se cita habitualmente sin demasiado contexto: “A nada temo, porque he jurado defender la Independencia de América, y sellarla con mi sangre”. No era una declamación. Era un programa político.
Soberanía continental y unidad de los pueblos: esos eran los dos ejes. En una carta al director supremo Ignacio Álvarez Thomas, citada por la historiadora Lucía Gálvez, Güemes deja asentada su aspiración a un congreso integrado por representantes virtuosos de todas las provincias, donde la decisión política saliera del consenso y no de la imposición. Doscientos años después, el planteo sigue resonando.
La muerte: traición interna, abandono externo, victoria póstuma
El año 1820 fue el peor de la guerra. En febrero, el general realista José Canterac volvió a ocupar Jujuy y a fines de mayo tomó la ciudad de Salta. Buenos Aires había caído tras la batalla de Cepeda y la guerra civil entre unitarios y federales hacía imposible cualquier auxilio nacional. San Martín, desde Chile, le pidió a Güemes que resistiera y le mandó el nombramiento de General en Jefe del Ejército de Observación sobre el Perú. Era, en términos prácticos, un cheque sin fondos: un reconocimiento honorífico para un jefe abandonado a su suerte. Los Infernales, sin embargo, siguieron peleando y, como había pasado con Pezuela y con De la Serna, también Canterac terminó replegándose hacia el norte.
La invasión final de Valdés, en junio de 1821, fue posible porque la oposición interna se había consolidado lo suficiente como para abrirle las puertas de la ciudad. Después de recibir el balazo, Güemes alcanzó a llegar al campo, reunió a sus oficiales, les transfirió el mando y les dejó la última instrucción: seguir peleando hasta expulsar al invasor. Murió el 17 de junio de 1821 en la Cañada de la Horqueta. Su entierro, en la Capilla de Chamical, fue multitudinario.
El homenaje que pidió, sin embargo, no fue el funeral. Fue otra cosa. Treinta y cinco días después de su muerte, el 22 de julio, los Infernales —bajo el mando del coronel José Antonio Fernández Cornejo— retomaron la ciudad de Salta y expulsaron a los realistas del norte argentino. Era la victoria final que Güemes les había pedido al despedirse. La guerra de la Independencia, en territorio argentino, terminaba ahí.
El legado: doscientos cinco años después
Que la figura de Güemes haya tardado tanto en ocupar su lugar en el panteón nacional dice más sobre la construcción del relato histórico argentino que sobre el propio salteño. Durante la mayor parte del siglo XIX y buena parte del XX, la historiografía elitista escrita desde Buenos Aires lo despachó como un caudillo provincial o, peor, como un “demócrata” en el sentido peyorativo que le daba Bartolomé Mitre. Recién a principios del siglo XX, con la biografía monumental de Bernardo Frías, y después con los trabajos de Atilio Cornejo, Emilio Bidondo, Pacho O’Donnell, Lucía Gálvez, Pablo Camogli y Felipe Pigna, empezó a verse al jefe político y militar que efectivamente fue.
El historiador Miguel Ángel de Marco, biógrafo de San Martín y de Belgrano, terminó por escribir que Güemes merece estar al lado de los tres nombres fundamentales del esfuerzo bélico independentista: San Martín, Belgrano y Pueyrredón. La ley 26.125 de 2006 lo reconoció como Héroe Nacional. El 17 de junio es feriado nacional desde 2016. Hay un billete de doscientos pesos —ya en franca licuación inflacionaria— con su imagen.
Pero el legado más duradero, el que las élites de su tiempo no pudieron clausurar y las élites de los tiempos posteriores tampoco terminaron de domesticar del todo, es político. Güemes mostró que se podía hacer guerra y gobierno con la gente del campo adentro, no a sus espaldas. Que la defensa del territorio nacional —de cualquier territorio nacional— no se resuelve con mercenarios ni con burocracias sino con población movilizada y con derechos reconocidos. Que “patria” y “pobres” no son palabras de departamentos contrapuestos.
En la Quebrada de la Horqueta, esta noche, miles de personas van a hacer la Guardia bajo las Estrellas: gauchos de la Puna, salteños de la ciudad, visitantes de toda la región. Es una de las pocas ceremonias civiles del país que no fue construida desde arriba y que sigue funcionando, dos siglos después, desde abajo. Probablemente sea el homenaje que el propio Güemes habría querido. El otro —el de los billetes, los aeropuertos, las efemérides— es la deuda que la Nación todavía le sigue pagando.
Ficha de verificación
Nombre completo: Martín Miguel Juan de Mata Güemes Montero Goyechea y la Corte
Nacimiento: Salta, 8 de febrero de 1785 (Virreinato del Río de la Plata)
Fallecimiento: Cañada de la Horqueta, Salta, 17 de junio de 1821 (Provincias Unidas del Río de la Plata)
Cargos principales: Gobernador de la Intendencia de Salta (1815-1821); General en Jefe del Ejército de Observación sobre el Perú (designado por San Martín, 1820)
Cónyuge: Carmen Puch (matrimonio en 1815)
Padres: Gabriel de Güemes Montero (tesorero de la Real Hacienda) y Magdalena de Goyechea y la Corte
Hechos militares destacados: Captura del buque inglés Justine durante las Invasiones Inglesas (1806); batalla de Suipacha (1810); Guerra Gaucha (1814-1821), que rechazó seis invasiones realistas
Fuerza militar: Regimiento de Infernales de Línea (los “Infernales”)
Reconocimientos póstumos: Héroe Nacional Argentino por Ley 26.125 (2006); feriado nacional el 17 de junio; aeropuerto internacional de Salta con su nombre
Restos: Panteón de las Glorias del Norte, Catedral Basílica de Salta
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Fuentes consultadas: Bernardo Frías, Historia del general Martín Miguel de Güemes y de la provincia de Salta (1971); Lucía Gálvez, Martín Güemes. El héroe mártir (2007); Pablo Camogli, Pueblo y guerra (2017); Pacho O’Donnell, El grito sagrado; entrevistas de Felipe Pigna; archivo de Casa Rosada; El Historiador; Museo Histórico del Norte


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