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San Martín: el hombre que renunció al poder después de conquistar la libertad

A 176 años de su muerte, José de San Martín sigue ocupando un lugar difícil de comparar en la historia argentina. Soldado durante más de tres décadas, estratega del Cruce de los Andes, libertador de Chile y protagonista decisivo de la independencia del Perú, murió lejos de la tierra en la que había nacido. Conoció el poder, la gloria y la victoria, pero eligió retirarse antes que convertir las armas de la revolución en instrumentos de una disputa entre compatriotas. El 17 de agosto no recuerda solamente la muerte de un general: recuerda la dimensión de un hombre que hizo de la libertad una causa continental.
DE NUESTRA REDACCIÓN17/08/2026NeuquenNewsNeuquenNews

Hay hombres cuya muerte cierra una vida y hay otros cuya muerte termina convirtiéndose en el comienzo de una memoria. José Francisco de San Martín perteneció a estos últimos. El 17 de agosto de 1850, aproximadamente a las tres de la tarde, murió en Boulogne-sur-Mer, Francia. Tenía 72 años. Había nacido el 25 de febrero de 1778 en Yapeyú, en el territorio de las antiguas Misiones, actual provincia de Corrientes. Entre aquel niño nacido junto al río Uruguay y el hombre que murió frente al Canal de la Mancha habían transcurrido guerras, revoluciones, derrotas, victorias, traiciones, renuncias, exilios y la independencia de buena parte de América del Sur. Pero también había ocurrido algo menos frecuente: San Martín había conocido el poder y había sabido dejarlo.

De Yapeyú a los campos de batalla europeos

Era hijo de Juan de San Martín y Gregoria Matorras. Cuando todavía era niño, su familia dejó el Río de la Plata. En 1784 llegó a España y posteriormente se estableció en Málaga. José tenía apenas 11 años cuando, en 1789, ingresó como cadete al Regimiento de Murcia y dos años después tuvo su bautismo de fuego en Orán, en el norte de África.

Antes de regresar a América participó en 31 acciones militares. Combatió en diferentes escenarios de Europa y África y adquirió una formación profesional poco común entre los militares que protagonizarían posteriormente las guerras de independencia americanas. Esto resulta fundamental para comprender su historia: cuando San Martín organizó el Ejército de los Andes no estaba improvisando. Sabía cómo alimentar una tropa, cómo trasladarla y disciplinarla, cómo utilizar caballería, infantería y artillería, cómo administrar recursos escasos y, sobre todo, había aprendido que las guerras no se ganaban únicamente en el campo de batalla.

En 1811, cuando su carrera en España estaba consolidada, pidió el retiro del ejército. Pasó por Londres y decidió regresar al lugar donde había nacido. El 9 de marzo de 1812 desembarcó en Buenos Aires. Habían pasado casi treinta años desde que había abandonado el Río de la Plata. Regresaba convertido en militar profesional y encontraba una revolución que todavía no sabía si podría sobrevivir.

Los Granaderos y el bautismo de San Lorenzo

Pocas semanas después de su llegada, el gobierno le encargó organizar un nuevo cuerpo militar. Así nacieron los Granaderos a Caballo. San Martín impuso disciplina, entrenamiento y normas de comportamiento que buscaban construir mucho más que una unidad de caballería.

El 3 de febrero de 1813, aquellos hombres entraron por primera vez en combate en San Lorenzo, a orillas del Paraná. La batalla fue breve, pero estuvo cerca de ser la última de San Martín. Su caballo cayó durante el combate y el militar quedó atrapado debajo del animal; la intervención de sus soldados permitió salvarlo. Aquella victoria quedó inmortalizada por la historia y por la Marcha de San Lorenzo, aunque, vista en perspectiva, San Lorenzo fue apenas el comienzo. San Martín ya estaba pensando en algo mucho mayor.

El problema era Lima

Las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma habían demostrado las dificultades de avanzar contra el poder español por el Alto Perú. A comienzos de 1814, San Martín reemplazó a Manuel Belgrano al frente del Ejército del Norte y allí terminó de consolidar una idea decisiva: había que cambiar la estrategia.

El corazón del poder español en Sudamérica estaba en Perú. Seguir intentando llegar a Lima por el norte significaba atravesar territorios enormemente difíciles y enfrentar una y otra vez a ejércitos realistas bien abastecidos. San Martín imaginó entonces otro camino: contener a los españoles en el norte, organizar un ejército en Cuyo, cruzar los Andes, liberar Chile, construir una fuerza naval y atacar Perú desde el Pacífico. El proyecto parecía desmesurado, pero era precisamente el tipo de empresa para la que San Martín había aprendido durante décadas.

Antes de cruzar los Andes había que declarar la Independencia

Existe un aspecto político que muchas veces queda escondido detrás de la epopeya militar. San Martín entendía que no podía cruzar los Andes encabezando simplemente un ejército insurgente: necesitaba hacerlo en nombre de una nación independiente.

Por eso siguió con enorme atención las deliberaciones del Congreso de Tucumán y presionó repetidamente a los representantes cuyanos para que se declarara formalmente la independencia. Su correspondencia con Tomás Godoy Cruz, diputado por Mendoza, muestra con claridad aquella preocupación. Para San Martín no se trataba de una formalidad jurídica. El Ejército de los Andes debía ingresar en Chile como una fuerza de liberación de una nación soberana, no como un ejército que extendía una rebelión interna contra Fernando VII.

Mientras organizaba soldados, mulas y cañones en Mendoza, San Martín esperaba noticias de Tucumán. La declaración finalmente llegó el 9 de julio de 1816. La Argentina rompía formalmente los vínculos políticos con la monarquía española y, seis meses después, el Ejército de los Andes comenzaría a internarse en la cordillera. Política y estrategia militar formaban parte del mismo proyecto.

Cuyo: mucho más que preparar una guerra

El 10 de agosto de 1814, San Martín había sido nombrado gobernador intendente de Cuyo, con jurisdicción sobre Mendoza, San Juan y San Luis. Allí apareció un San Martín que muchas veces queda relegado por el general: el gobernante.

Preparar el Ejército de los Andes exigía transformar prácticamente toda la economía regional. Había que conseguir caballos y miles de mulas, fabricar pólvora, producir armas, fundir cañones, coser uniformes, almacenar alimentos, construir caminos, organizar hospitales, crear talleres, recaudar dinero y obtener información sobre los movimientos españoles al otro lado de la cordillera. Cuyo se convirtió en una gigantesca retaguardia militar.

Pero San Martín no gobernó solamente para la guerra. Impulsó la producción agrícola e industrial, promovió caminos y canales, intervino en cuestiones educativas y sanitarias y estableció contribuciones destinadas a sostener el esfuerzo revolucionario buscando que quienes poseían mayores recursos realizaran también mayores aportes. Prohibió los castigos corporales en las escuelas, tomó medidas para extender la vacunación contra la viruela e intervino sobre las condiciones de las cárceles, sosteniendo una idea llamativamente avanzada para su época: la pérdida de la libertad no podía significar la pérdida de la dignidad humana.

Detrás del militar aparecía así una concepción política. San Martín no pensaba solamente cómo ganar una revolución; también comenzaba a preguntarse qué sociedad debía construirse después de ganarla.

Un ejército levantado por una sociedad entera

El Ejército de los Andes llegó a reunir alrededor de cinco mil hombres, a los que se sumaba un enorme aparato logístico. Las reconstrucciones históricas estiman aproximadamente 4.000 soldados de combate y cerca de 1.400 hombres dedicados al transporte, abastecimiento, sanidad y tareas auxiliares.

El ejército reflejaba también las enormes diferencias sociales de aquella sociedad. Había militares profesionales, campesinos, artesanos, trabajadores, indígenas, libertos y numerosos hombres esclavizados que alcanzaron su libertad incorporándose a las fuerzas revolucionarias. La campaña tampoco fue únicamente obra de San Martín. Detrás del general hubo pueblos enteros aportando recursos, alimentos, animales y hombres.

Estuvieron los cuyanos, los oficiales del Ejército de los Andes y los patriotas chilenos encabezados por Bernardo O'Higgins. Y, a cientos de kilómetros, Martín Miguel de Güemes y sus gauchos sostenían una guerra defensiva en el norte que impedía que las fuerzas realistas avanzaran mientras San Martín concentraba su esfuerzo en Chile. Las grandes epopeyas suelen quedar resumidas en un nombre, pero ninguna se construye con un solo hombre.

Cruzar lo imposible

En enero de 1817 comenzó el Cruce de los Andes. La frase es fácil de escribir; la hazaña resulta mucho más difícil de imaginar. Miles de hombres debían atravesar una de las cadenas montañosas más grandes del planeta llevando artillería, municiones, víveres, caballos y animales de carga.

El ejército fue dividido en distintas columnas. Los pasos atravesaban alturas superiores a los 4.000 metros y había temperaturas extremas, falta de oxígeno, desfiladeros, nieve y caminos donde un error podía significar la muerte de hombres y animales. Además, había un ejército enemigo esperando al otro lado. San Martín convirtió la propia geografía en parte de su estrategia y las distintas columnas obligaron a los realistas a dispersar sus fuerzas.

El 12 de febrero de 1817, el Ejército de los Andes derrotó a los españoles en Chacabuco y Santiago quedó abierta. Pero la guerra todavía no estaba ganada. Después llegó la derrota de Cancha Rayada y durante algunas horas pareció que todo podía derrumbarse. San Martín reorganizó sus fuerzas y el 5 de abril de 1818, en Maipú, el ejército patriota obtuvo la victoria decisiva que aseguró la independencia chilena.

Habían cruzado los Andes y habían vencido. Pero San Martín seguía mirando hacia el norte. Chile nunca había sido el objetivo final: era el camino hacia Lima.

Y entonces llegó la guerra entre argentinos

Mientras San Martín preparaba la campaña hacia Perú, el Río de la Plata se hundía progresivamente en sus conflictos internos. Unitarios, federales, caudillos provinciales, el Directorio, Buenos Aires y las provincias comenzaban a enfrentarse entre sí. La revolución que había comenzado combatiendo al poder español empezaba también a devorarse a sí misma.

El gobierno central pretendía utilizar fuerzas militares en aquellas disputas y San Martín se resistió. En 1819, en una carta dirigida a José Gervasio Artigas, expresó el dolor que le provocaba ver sangre americana derramada por diferencias internas y dejó planteada una convicción que atravesaría el resto de su vida: su sable estaba destinado a combatir por la independencia, no a resolver las disputas políticas entre compatriotas.

Es una decisión menos espectacular que atravesar los Andes, pero tal vez diga tanto sobre San Martín como Chacabuco o Maipú. Tenía un ejército, tenía prestigio y tenía armas. Y se negó a utilizarlas para intervenir en una guerra civil.

Perú: llegar al corazón del poder español

Con apoyo chileno se organizó finalmente la Expedición Libertadora del Perú. San Martín desembarcó en territorio peruano en 1820 y la campaña combinó operaciones militares, negociaciones políticas, propaganda y presión sobre el poder realista.

El 28 de julio de 1821 proclamó la independencia del Perú y pocos días después asumió como Protector del Perú. Otra vez apareció el gobernante detrás del militar. Durante su administración impulsó reformas contra estructuras sociales heredadas de la colonia: dispuso la libertad de los hijos de personas esclavizadas nacidos después de la independencia, eliminó el tributo indígena y avanzó contra diferentes formas de servidumbre.

También impulsó instituciones educativas y culturales. El 28 de agosto de 1821 creó la Biblioteca Nacional del Perú y entregó cientos de volúmenes de su propia biblioteca para contribuir a formarla. No deja de resultar simbólico: el hombre que había cruzado los Andes con cañones consideraba que una república también debía construirse con libros.

Guayaquil: dos libertadores y una puerta cerrada

En julio de 1822, San Martín viajó a Guayaquil. Allí lo esperaba Simón Bolívar. Los dos hombres más importantes de la independencia sudamericana se reunieron los días 26 y 27 de julio y parte de aquellas conversaciones ocurrió en privado.

Desde entonces, generaciones de historiadores intentaron reconstruir exactamente qué dijeron. No existe una respuesta definitiva. Discutieron seguramente la continuación de la guerra, la situación política del continente y el futuro del Perú, pero el resultado histórico es conocido: San Martín volvió a Lima y decidió marcharse.

El 20 de septiembre de 1822, después de instalarse el Congreso Constituyente peruano, renunció a sus funciones y esa misma noche abandonó Lima. Había conquistado prestigio suficiente para disputar el liderazgo continental. Podía enfrentarse políticamente con Bolívar, dividir las fuerzas independentistas o intentar quedarse con el poder. No lo hizo.

Hay hombres que construyen su grandeza conquistando posiciones. San Martín también la construyó abandonándolas.

El padre detrás del Libertador

En 1824, San Martín dejó América y se instaló en Europa junto a su hija, Mercedes Tomasa. Allí comenzó otra etapa de su vida. Ya no comandaba ejércitos; era, fundamentalmente, un padre preocupado por la educación de su hija.

En 1825 escribió las conocidas Máximas para Merceditas, un conjunto de principios que decía mucho sobre aquello que consideraba verdaderamente importante: amor por la verdad, rechazo de la mentira, respeto por la propiedad ajena, sensibilidad hacia los pobres, tolerancia religiosa, modestia, desprecio por el lujo excesivo y amor por la patria y por la libertad.

Resulta difícil encontrar una herencia más reveladora. El hombre que había gobernado territorios y comandado miles de soldados no buscaba dejarle a su hija una doctrina sobre el poder. Quería dejarle una forma de comportarse frente a los demás.

El regreso que nunca ocurrió

San Martín nunca dejó de mirar hacia el Río de la Plata y hubo un momento en que decidió regresar. En noviembre de 1828 embarcó rumbo a Sudamérica y el 6 de febrero de 1829 el barco llegó frente a Buenos Aires.

Pero encontró un país nuevamente partido por la violencia. El gobernador Manuel Dorrego había sido derrocado y fusilado por orden de Juan Lavalle el 13 de diciembre de 1828 y la guerra civil se extendía. San Martín permaneció a bordo y no quiso desembarcar. Era perfectamente consciente de lo que su presencia significaba: el Libertador de Chile y Perú podía convertirse rápidamente en bandera de una facción, podían pedirle que encabezara un sector, utilizar su prestigio o intentar colocar nuevamente una espada en sus manos.

San Martín eligió no hacerlo. Pasó luego a Montevideo y finalmente regresó a Europa. Había atravesado el océano para volver a su tierra y prefirió marcharse nuevamente antes que participar de una guerra entre argentinos. Quizás pocas escenas expliquen mejor su vida política.

El sable que dejó a Rosas

En sus últimos años San Martín siguió con atención los conflictos que enfrentaban a la Confederación Argentina con potencias europeas. Su antiguo sable corvo se convirtió entonces en símbolo de aquella posición.

Lo había comprado en Londres en 1811. Era un arma sencilla, sin grandes ornamentaciones, y lo había acompañado durante sus campañas libertadoras. En su testamento de 1844, San Martín dispuso que el sable fuera entregado a Juan Manuel de Rosas, en reconocimiento por la defensa de la soberanía argentina frente a las intervenciones extranjeras.

La decisión generaría discusiones políticas durante generaciones, pero desde la mirada de San Martín había una coherencia: el mismo hombre que se había negado a utilizar su espada contra compatriotas reconocía ahora a quien, según su propia interpretación, enfrentaba una agresión extranjera.

Desde febrero de 2026, aquel sable volvió a exhibirse en el Museo del Regimiento de Granaderos a Caballo “General San Martín”, en Buenos Aires. El arma regresó al cuerpo que su dueño había creado más de dos siglos atrás.

Las tres de la tarde

Los últimos años transcurrieron lejos del territorio por cuya independencia había combatido. El 14 de agosto de 1850, San Martín amaneció gravemente enfermo en Boulogne-sur-Mer. Tres días después llegó el final.

El 17 de agosto de 1850, aproximadamente a las 15 horas, murió José de San Martín. Tenía 72 años. Resulta difícil no detenerse un momento en aquella escena: el hombre que había escuchado durante décadas el estruendo de los cañones estaba en silencio; el hombre que había atravesado los Andes estaba frente al mar; el hombre que había entrado victorioso en Santiago y Lima moría lejos de Yapeyú, Mendoza y Buenos Aires.

No tenía un ejército alrededor, ni una multitud, ni ocupaba un palacio ni gobernaba una nación. Moría acompañado por su familia, convertido desde hacía años en un observador distante de aquella América cuya historia había ayudado a cambiar.

Sus restos permanecieron en Europa durante tres décadas. En 1880 fueron repatriados a bordo del vapor Villarino y llegaron a Buenos Aires el 28 de mayo de 1880. Desde entonces descansan en la Catedral Metropolitana.

El hombre detrás del bronce

A 176 años de su muerte, quizás el peor homenaje que podríamos hacerle a San Martín sería dejarlo encerrado en una estatua. Porque el bronce inmoviliza y San Martín fue exactamente lo contrario: fue decisión, conflicto, pensamiento, política, estrategia, administración, guerra y también renuncia.

Dejó una carrera militar consolidada en Europa para regresar a una revolución cuyo resultado era absolutamente incierto. Presionó para que aquella revolución se transformara jurídicamente en una nación independiente, convirtió a Cuyo en el enorme taller de una guerra continental, impulsó políticas educativas, sanitarias, productivas y sociales, organizó un ejército, cruzó los Andes, liberó Chile, llegó al Perú, gobernó y creó instituciones.

Y cuando tuvo que elegir entre disputar el poder o permitir que continuara la causa independentista, se retiró. Después se negó a utilizar su prestigio y su espada en las guerras civiles argentinas. Incluso regresó hasta las puertas de Buenos Aires y prefirió no desembarcar antes que convertirse en instrumento de una facción.

Tuvo un ejército, pero no lo utilizó para hacerse dueño de un país. Tuvo victorias suficientes para alimentar cualquier ambición. Tuvo poder y supo dejarlo.

Por eso el 17 de agosto no debería ser simplemente un día para recordar cómo murió José de San Martín. Tal vez sea mucho más importante recordar cómo decidió vivir. Porque detrás del Libertador hubo un hombre que entendió algo que la política argentina olvidaría demasiadas veces durante los dos siglos siguientes: que las armas no debían decidir las diferencias entre compatriotas; que gobernar implicaba también educar, producir y cuidar; que la independencia no consistía solamente en cambiar una bandera y que ningún hombre debía considerarse más importante que la causa por la que decía luchar.

Aquel 17 de agosto de 1850 murió José de San Martín, pero no murió el soldado de San Lorenzo, ni el gobernador de Cuyo, ni el hombre que presionó para que la Argentina declarara su independencia. No murió el general que miró una cordillera y decidió atravesarla, ni el Libertador del Perú, ni el padre que enseñó a su hija que la verdad, la humildad y la libertad valían más que el lujo. Tampoco murió aquel militar que tuvo suficientes soldados para intervenir en las luchas por el poder y eligió no hacerlo.

Quizás por eso nuestra historia no habla simplemente de su muerte. Habla del Paso a la Inmortalidad del General José de San Martín. Porque hay hombres que ganan batallas, otros conquistan territorios y algunos alcanzan el poder. Pero muy pocos consiguen algo bastante más difícil: tener la gloria al alcance de la mano y comprender que la Patria debe estar por encima de uno mismo.

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