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¿Por qué algunas personas necesitan más horas de sueño que otras?

Dormir ocho horas no es una regla universal. La ciencia explica que la cantidad de sueño que cada persona necesita depende de una combinación de factores biológicos, genéticos y ambientales que varía a lo largo de toda la vida.
DE NUESTRA REDACCIÓN13/04/2026NeuquenNewsNeuquenNews

Hay quienes se despiertan frescos después de seis horas y quienes no logran funcionar con menos de nueve. Durante años, esa diferencia se atribuyó a la voluntad o al estilo de vida, pero la investigación científica acumulada en las últimas dos décadas apunta a algo más profundo: el sueño es, en buena medida, un rasgo biológico individual.

El rol de la genética

Uno de los hallazgos más contundentes en la ciencia del sueño es que existe una base genética que determina cuánto descanso necesita cada organismo. Estudios realizados con gemelos idénticos mostraron que los patrones de sueño —duración, profundidad, horario natural de adormecimiento— tienen una heredabilidad de entre el 40% y el 70%.

Mutaciones en genes como el DEC2 o el ADRB1 están asociadas a personas que duermen naturalmente menos horas sin consecuencias negativas para su salud. Son los llamados "durmientes cortos", una minoría que representa apenas el 1% a 3% de la población. En el extremo opuesto, otras variantes genéticas predisponen a necesitar más horas de sueño para recuperar las mismas funciones cognitivas y físicas.

Esto significa que comparar las propias horas de sueño con las de otro puede ser tan poco útil como comparar estaturas.

La edad como variable determinante

La cantidad de sueño necesaria no es estática: cambia radicalmente según la etapa de la vida.

Los recién nacidos pueden dormir entre 14 y 17 horas diarias, período durante el cual el cerebro consolida aprendizajes y el cuerpo libera hormona de crecimiento. Los niños en edad escolar necesitan entre 9 y 11 horas, y los adolescentes —contrariamente a lo que suele creerse— requieren alrededor de 8 a 10 horas, aunque su reloj biológico interno (el llamado cronotipo) se desplaza naturalmente hacia la noche, lo que explica por qué les cuesta madrugar.

En la adultez, el rango de 7 a 9 horas se convierte en la referencia más extendida, aunque con variaciones individuales importantes. A partir de los 60 años, la arquitectura del sueño se fragmenta: los períodos de sueño profundo se acortan, los despertares nocturnos son más frecuentes y el sueño se vuelve más liviano, no porque se necesite menos descanso, sino porque el organismo tiene más dificultades para sostenerlo.

Los hábitos también dejan huella

Más allá de la biología, los comportamientos cotidianos tienen un impacto directo sobre la calidad y la cantidad de sueño. La exposición a pantallas antes de acostarse, los horarios irregulares, el consumo de cafeína, el estrés sostenido y la falta de actividad física alteran el ritmo circadiano —el reloj interno que regula los ciclos de sueño y vigilia— y pueden hacer que incluso una persona con buena genética duerma mal.

La privación crónica de sueño tiene consecuencias que van mucho más allá del cansancio: deterioro cognitivo, mayor riesgo cardiovascular, alteraciones metabólicas y un sistema inmune debilitado. El problema es que el organismo se adapta funcionalmente al déficit de sueño, lo que genera la falsa sensación de estar acostumbrado a dormir poco.

Escuchar al propio cuerpo

Los especialistas en medicina del sueño coinciden en que la señal más confiable no es un número de horas sino cómo se siente una persona al despertar y a lo largo del día. Si hay somnolencia persistente, dificultad para concentrarse o dependencia del café para activarse, probablemente el descanso no es suficiente —en cantidad o en calidad.

La recomendación no es universal pero sí práctica: respetar horarios regulares de sueño, crear un ambiente oscuro y fresco, y prestar atención a las señales del cuerpo son puntos de partida antes de recurrir a cualquier solución farmacológica.

Dormir bien no es un lujo ni una señal de pereza. Es una función biológica tan vital como respirar, y entender que cada organismo la ejerce de forma diferente es el primer paso para dejar de luchar contra la propia biología.

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