Prohibir libros, disciplinar mentes: el giro autoritario en EE. UU.

Mientras se presenta como faro mundial de la democracia y la libertad de expresión, Estados Unidos avanza con restricciones y prohibiciones de libros en escuelas públicas. Entre los autores alcanzados por esta ola de censura aparecen nombres centrales de la literatura latinoamericana, castigados no por incitar al odio, sino por pensar, narrar y recordar.

DE NUESTRA REDACCIÓN18/12/2025NeuquenNewsNeuquenNews
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Estados Unidos suele dar lecciones. Sobre democracia, sobre derechos, sobre libertad. Lo hace con tono pedagógico, con informes, con sanciones y con discursos solemnes. Sin embargo, puertas adentro, el país que se autopercibe como guardián de la libre expresión vuelve a un método viejo y peligroso: la censura de libros.

No se trata de una exageración ni de un invento retórico. En los últimos años, miles de títulos fueron retirados o restringidos en escuelas y bibliotecas públicas estadounidenses. Y entre ellos aparecen obras de Gabriel García Márquez, Isabel Allende y Laura Esquivel, autores centrales de la literatura latinoamericana, leídos en todo el mundo y estudiados durante décadas en aulas universitarias.

Pero algo cambió. Ahora molestan.

Censura con traje institucional

En Estados Unidos no hay hogueras ni policías quemando libros en la plaza. La censura moderna es más prolija, más cínica y, por eso mismo, más eficaz. Se ejecuta mediante juntas escolares, reglamentos estatales, denuncias de “padres preocupados” y campañas impulsadas por grupos políticos y religiosos organizados.

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Cerca de 23 mil libros prohibidos en EE.UU. desde 2021; latinos y comunidad LGBTIQA+ entre los más afectados
La organización PEN America califica como “rapante” la censura literaria en Estados Unidos, pues se han registrado 22,818 prohibiciones entre 2021 y 2025. Los casos ascendieron a 6,870 durante el último año, afectando a casi 4 mil títulos.

De acuerdo con sus registros, Florida fue el estado con más prohibiciones de libros por tercer año consecutivo, con 2,304 casos, seguido de Texas con 1,781 y Tennessee con 1,622. Fundada en 1922, PEN America defiende “la libertad de escribir, reconociendo el poder de la palabra para transformar el mundo”, por lo que en 2021 comenzó a documentar la censura literaria en escuelas estadounidenses.

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Latinos y comunidad LGBTIQA+: los sectores más afectados

PEN America explica que existe una tendencia a clasificar las identidades LGBTIQA+ como “sexualmente explícitas”, lo que borra su representación bajo el pretexto de prohibir libros “inapropiados” u “obscenos”. En el periodo 2023-2024, el 39% de títulos prohibidos incluían personajes de la diversidad sexo-genérica.

En cuanto a la comunidad latina y afrodescendiente, el 44% de los libros prohibidos incluían personajes racializados. Algunos de los títulos baneados de escritores mexicanos o chicanos son: Aristóteles y Dante descubren los secretos del Universo, de Benjamin Alire Sáenz; La casa en Mango Street, de Sandra Cisneros; No soy tu perfecta hija mexicana, de Erika L. Sánchez; y Guía para lesbianas en un colegio católico, de Sonora Reyes.

El resultado es el mismo de siempre: los libros desaparecen de las estanterías.

Los motivos oficiales suelen ser tan previsibles como endebles: “contenido sexual”, “lenguaje inapropiado”, “temas sensibles”. Traducido: cuerpos, deseo, desigualdad, poder, memoria, conflicto social. Todo aquello que la buena conciencia conservadora prefiere no explicarles a los jóvenes.

La censura no es abstracta ni teórica: tiene nombres, títulos y trayectorias consagradas. Obras de autores latinoamericanos como Gabriel García Márquez (Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera), Isabel Allende (La casa de los espíritus) y Laura Esquivel (Como agua para chocolate), junto a clásicos chicanos como Rudolfo Anaya (Bless Me, Ultima) y Sandra Cisneros (The House on Mango Street), fueron retiradas de bibliotecas y programas escolares en distintos distritos de Estados Unidos.

La lista incluye incluso libros de no ficción, como biografías de Frida Kahlo y Celia Cruz, y Una historia afroamericana y latina de los Estados Unidos, de Paul Ortiz. El motivo oficial suele ser el mismo: contenidos “inapropiados”, una categoría elástica que abarca desde referencias sexuales hasta críticas al capitalismo, al colonialismo y a la historia oficial.

En los hechos, no se protege a los estudiantes: se los priva de miradas que cuestionan el poder y amplían la comprensión del mundo.

¿Por qué la literatura latinoamericana?

La pregunta es inevitable: ¿qué tiene García Márquez que no tenga un manual escolar?

La respuesta también: pensamiento crítico.

La literatura latinoamericana no suele ser cómoda. Habla de dictaduras, de violencia estructural, de injusticia social, de hipocresía moral, de cuerpos que sienten y de pueblos que recuerdan. No ofrece finales tranquilizadores ni héroes de plástico. No sirve para formar ciudadanos dóciles.

Censurar a estos autores no es un accidente ni un error administrativo. Es una señal. Una advertencia. Un mensaje claro: hay relatos que no queremos que circulen.

El verdadero objetivo: no es proteger, es controlar

La censura nunca se trata de libros. Se trata de poder.

Quien decide qué se puede leer en una escuela decide: qué historias existen, qué conflictos se nombran, qué identidades son válidas, qué preguntas están permitidas, La excusa es la infancia. El objetivo es el control del sentido común futuro.

Un estudiante que no lee sobre desigualdad difícilmente la cuestione. Uno que no conoce otras culturas creerá que la propia es la única posible. Uno que no accede a relatos críticos aceptará con mayor facilidad cualquier orden impuesto.

La gran contradicción estadounidense

Aquí aparece la ironía más brutal: la censura avanza en el país que se proclama campeón de la libertad de expresión.

El mismo Estado que critica a otros por restringir prensa o perseguir disidentes, tolera —y en algunos casos impulsa— la retirada de libros en su sistema educativo público. Libertad para el mercado, sí. Libertad para pensar, leer y disentir, solo hasta cierto punto.

Cuando un país necesita prohibir novelas para sostener su relato moral, el problema no son los libros.

Un mensaje que excede a Estados Unidos

Lo que ocurre en EE. UU. no es una rareza local. Es parte de una tendencia global donde sectores de derecha y extrema derecha entienden la cultura como un campo de batalla. La censura educativa es la herramienta perfecta: no genera escándalos inmediatos, pero debilita a largo plazo a la democracia. Porque una democracia sin lectores críticos es apenas una puesta en escena.

Prohibir libros nunca es inocente

La censura es inaceptable en cualquier país. Pero resulta especialmente grave en aquel que pretende enseñar al mundo qué es la libertad. Cuando Estados Unidos retira libros de García Márquez o Allende de sus escuelas, no está cuidando a sus estudiantes. Está confesando su miedo. 

Miedo a la complejidad. Miedo a la memoria. Miedo a ciudadanos que piensen por cuenta propia.

La historia ya lo enseñó demasiadas veces: los gobiernos que empiezan prohibiendo libros terminan prohibiendo algo más. Y casi nunca es ficción.

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