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El filósofo y teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer dejó una de las reflexiones más incómodas y vigentes sobre la estupidez. No la entendía como un problema de inteligencia, sino como un fenómeno social y moral que puede transformarse en una fuerza destructiva de la democracia y la convivencia. Su análisis, escrito en prisión durante el nazismo, ilumina con crudeza nuestro presente.
DE NUESTRA REDACCIÓN15/09/2025
NeuquenNews
Una fuerza que se multiplica en las masas: Para Bonhoeffer, la estupidez no debe confundirse con la falta de inteligencia. Una persona puede ser brillante en términos académicos o técnicos, pero incapaz de pensar con autonomía cuando se encuentra bajo la presión de un grupo o de un régimen político.
Él observó que la estupidez surge y se multiplica en contextos colectivos: el individuo, sometido a consignas repetidas, discursos uniformes o propaganda sistemática, abdica de su capacidad de juicio crítico. Lo que en soledad podría haber cuestionado, dentro de la multitud lo acepta como dogma. En este punto, la estupidez deja de ser un defecto individual y se convierte en una fuerza social. Bonhoeffer notaba que en la Alemania de su tiempo, millones de ciudadanos -algunos cultos, otros no tanto- aceptaban sin resistencia la maquinaria del nazismo, no porque fueran todos perversos, sino porque se habían rendido al peso de una narrativa única que les impedía pensar por sí mismos.
La dimensión moral de la estupidez
Aquí radica el núcleo de su planteo: la estupidez no es un simple problema de conocimiento o de información, sino un problema moral. El mal, afirmaba Bonhoeffer, es peligroso, pero se puede identificar y combatir: sabemos que el ladrón roba, que el tirano oprime, que la violencia destruye. La estupidez, en cambio, es mucho más difícil de enfrentar porque se presenta como inocente, como carente de culpa. El estúpido no se siente responsable: cree estar defendiendo lo correcto, repite lo que otros dicen, y se resiste a todo argumento que lo contradiga. Por eso, la estupidez es, en última instancia, una renuncia a la responsabilidad moral de pensar. Y es esta renuncia la que la convierte en un fenómeno más peligroso que el mal mismo: mientras el mal puede reconocerse y atacarse, la estupidez permanece impermeable a la crítica.
Una advertencia que no perdió vigencia
Aunque la reflexión de Bonhoeffer nació de su experiencia frente al nazismo, su advertencia atraviesa épocas y fronteras.Hoy la podemos leer en fenómenos como la polarización política extrema, la circulación de noticias falsas, la repetición mecánica de consignas en redes sociales y la creciente dificultad para sostener debates racionales en la esfera pública. El problema no es la falta de información -de hecho, vivimos en un mundo saturado de datos- sino la decisión de no usar esa información con responsabilidad. Una consigna convertida en dogma reemplaza el análisis. Un eslogan compartido miles de veces se transforma en “verdad”. Y así, la estupidez se instala como poder colectivo.
Bonhoeffer advertía que este proceso destruye lentamente las bases de la democracia: cuando los ciudadanos dejan de pensar, quienes gobiernan no necesitan reprimir tanto como moldear la opinión pública. El pensamiento crítico no se derrota con violencia, sino con la comodidad de la obediencia.
La respuesta: recuperar la conciencia individual
El filósofo no era ingenuo: sabía que la estupidez no se vence con argumentos lógicos ni con más datos. “Contra la estupidez no hay defensa posible”, escribió, porque todo razonamiento rebota contra la certeza infundada del estúpido.
La única salida que proponía era moral y personal, recuperar la responsabilidad de la conciencia individual. Cuando cada persona asume que pensar es un deber y no un lujo, cuando la duda y la autocrítica vuelven a ser virtudes y no defectos, entonces la estupidez pierde fuerza.
Esto implica un desafío social: fomentar una cultura que valore el pensamiento crítico, la educación integral, la discusión respetuosa y la autonomía de criterio. Sin ello, las sociedades corren el riesgo de repetir lo que Bonhoeffer vivió en carne propia: una nación entera sometida a la maquinaria de la propaganda y la obediencia ciega.
Un espejo incómodo para nuestro presente
La reflexión de Bonhoeffer interpela hoy con crudeza: ¿cuántas veces elegimos repetir un eslogan antes que cuestionar su sentido? ¿Cuántas veces preferimos alinearnos con una tribu política o social antes que sostener una opinión propia, aun sabiendo que puede ser incómoda?. La estupidez, entendida como fenómeno colectivo y moral, no es un insulto ni un juicio elitista, sino un llamado de atención: es la advertencia de que cuando renunciamos a la responsabilidad de pensar, abrimos la puerta a que otros piensen por nosotros. Y el precio, como la historia demostró, suele ser demasiado alto.
Bonhoeffer escribió desde una celda, esperando la muerte a manos del régimen al que se atrevió a resistir. Su voz, silenciada por la violencia, dejó un mensaje que atraviesa generaciones: la libertad no se pierde de un día para el otro, sino cuando la sociedad se acostumbra a no pensar.
Un espejo para la Argentina actual
Si miramos hacia nuestra realidad, la advertencia de Bonhoeffer suena incómodamente cercana. En la Argentina de hoy, la polarización política, la manipulación mediática y la difusión masiva de consignas vacías han generado un terreno fértil para esa estupidez colectiva que él describía.
Cuando la ciudadanía acepta sin cuestionar relatos oficiales, cuando los medios se pliegan a intereses de poder en lugar de promover debates, y cuando las redes sociales reducen el pensamiento a insultos y etiquetas, la democracia se debilita. La estupidez deja de ser un defecto individual para convertirse en un hábito social: la renuncia consciente a pensar críticamente y a exigir coherencia a quienes gobiernan.
La consecuencia es clara: se normalizan los abusos de poder, se justifican los recortes en derechos básicos, se tolera la corrupción, y se repite como consigna lo que debería ser cuestionado. Lo más grave es que este proceso no necesita violencia abierta: basta con acostumbrarnos a la obediencia y al eslogan. En un país atravesado por crisis recurrentes, esa comodidad mental resulta letal. Porque el costo de no pensar lo paga siempre la sociedad entera: con menos justicia, menos libertad y menos dignidad.
El mensaje de Bonhoeffer nos obliga a mirar más allá de la coyuntura y preguntarnos: ¿estamos defendiendo la verdad o apenas repitiendo lo que otros nos dicen? Su advertencia es clara: la democracia no se destruye primero con balas, sino con la estupidez colectiva que renuncia a la conciencia individual.

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