
La obsesión por controlar la palabra: un tiro en el pie de la democracia

Hay un rasgo común en todos los poderes inseguros: la obsesión por controlar lo que dicen los medios de comunicación y los periodistas. No alcanza con gobernar; hay que vigilar, condicionar, moldear y, si hace falta, silenciar. La lógica es simple: si se domina el relato, se domina la realidad. Pero la historia enseña que ese control es siempre precario, y que la mordaza aplicada a otros termina, tarde o temprano, volviéndose contra quienes la impusieron.
El periodismo bajo sospecha permanente
En lugar de ser un pilar del sistema democrático, el periodismo se convierte en una amenaza que debe ser domesticada. Los gobiernos de todos los colores han caído en esa tentación: presionar con la pauta oficial, condicionar con el acceso a la información, hostigar con causas judiciales o campañas de desprestigio. El periodista que incomoda no es visto como alguien que cumple una función social, sino como un enemigo a neutralizar.
Los daños al sistema democrático
El primer daño es obvio: se debilita la libertad de expresión, que no es un lujo para periodistas, sino un derecho de la ciudadanía a estar informada. Una sociedad con medios amordazados no puede tomar decisiones libres porque solo escucha una parte de la verdad.
El segundo daño es más sutil: se genera autocensura. El miedo a perder el trabajo, la pauta o el espacio mediático obliga a muchos periodistas a moderar sus opiniones. La consecuencia es una prensa dócil, incapaz de ejercer su rol crítico. Y un periodismo sin crítica es apenas propaganda.
El boomerang del poder
Lo más irónico es que quienes buscan blindarse de las críticas con censura terminan erosionando su propia legitimidad. Sin debate público, las decisiones políticas se vuelven menos efectivas, porque no hay voces que señalen errores a tiempo. La opacidad engendra corrupción, y la corrupción, desconfianza. Ese control obsesivo que al principio parece fortalecer al poder, en el largo plazo lo debilita hasta dejarlo sin sustento.
Una democracia sin oxígeno
La democracia necesita medios incómodos como el cuerpo necesita oxígeno. Si se reprime el aire de la crítica, se produce asfixia social: ciudadanos desinformados, instituciones débiles y un poder que se cree invulnerable, hasta que el mismo silencio que impuso se transforma en ruido ensordecedor contra él.
Controlar lo que dicen los periodistas puede ser un capricho del poder, pero nunca será un signo de fortaleza. Es, al contrario, la confesión más clara de su fragilidad.



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