
Escepticismo: La sabiduría de no saber
NeuquenNews
Frente a la arrogancia de las certezas, una escuela propuso la serenidad de la duda. El escepticismo antiguo nos enseña a desconfiar del dogma y abrazar la incertidumbre con inteligencia.
Entre la verdad y la calma
La historia de la filosofía occidental suele presentarse como una búsqueda de verdades profundas, principios universales y certezas indiscutibles. Pero hubo una escuela que, desde temprano, cuestionó esta ambición: los escépticos.
Lejos de renunciar a pensar, los escépticos defendieron un uso más cauto, modesto y riguroso de la razón. Su premisa básica era simple: no podemos afirmar con certeza nada sobre la realidad, y pretender lo contrario es fuente de angustia.
El escepticismo antiguo surgió en el contexto del helenismo, donde proliferaban sistemas filosóficos rivales. Frente a esa pluralidad de doctrinas, los escépticos optaron por no elegir ninguna, al menos de forma dogmática.
Pirrón de Elis: el origen de la duda metódica
La figura fundadora del escepticismo fue Pirrón de Elis, nacido hacia el 360 a.C. Se dice que viajó con Alejandro Magno a la India, donde entró en contacto con pensadores orientales que influyeron en su visión del mundo.
A su regreso, enseñó que la felicidad no se encuentra en conocer “la verdad”, sino en liberarse de las opiniones categóricas. La vía para alcanzar la ataraxia (paz del alma) era la epoché, es decir, la suspensión del juicio.
“Nada podemos conocer con certeza. Por tanto, es más sabio no afirmar ni negar nada.” Atribuido a Pirrón
El escéptico no afirma que algo es falso. Solo sostiene que no hay razones definitivas para sostenerlo como verdadero. Así, evita la angustia de tener que defender lo indefendible y se mantiene abierto a nuevos argumentos sin quedar atrapado por ellos.
Sexto Empírico y el escepticismo sistemático
Si bien Pirrón no dejó escritos, sus ideas fueron transmitidas y desarrolladas por otros, especialmente por Sexto Empírico, un médico y filósofo del siglo II d.C.
Sexto sistematizó el pensamiento escéptico en una serie de argumentos conocidos como las diez (y más tarde cinco) tropos, que demostraban cómo, ante cualquier afirmación, siempre es posible ofrecer un argumento igualmente válido en contra.
Estos tropos apuntaban, por ejemplo, a:
- Las diferencias entre percepciones humanas.
- Las variaciones culturales y morales.
- Las limitaciones del lenguaje.
- La imposibilidad de establecer un criterio incuestionable.
Ante esto, el escéptico no cae en el nihilismo ni en la parálisis, sino que continúa viviendo, decidiendo y actuando, pero sin pretensión de certeza absoluta. Es una forma de humildad filosófica que prefiere la prudencia a la afirmación dogmática.
Duda como forma de sabiduría
A diferencia del relativismo, que afirma que “todo vale”, el escepticismo no afirma nada: ni que todo es verdad, ni que todo es falso. Se instala en el espacio entre las certezas, para recordarnos que el exceso de confianza puede ser más peligroso que la ignorancia.
Este enfoque no solo es intelectual, sino también existencial. Al no aferrarse a verdades absolutas, el escéptico vive con más ligereza, menos conflictos internos y mayor disposición al diálogo.
“La causa de todos los males es la creencia en certezas que no se pueden sostener.” Sexto Empírico
La duda, bien entendida, es liberadora. No nos paraliza, sino que nos libera del fanatismo, del orgullo intelectual y de la necesidad de tener siempre razón.
Línea de tiempo breve
Legado y vigencia
El escepticismo influyó profundamente en la historia del pensamiento. Fue una advertencia permanente contra el dogma, tanto religioso como filosófico. Inspiró a autores como:
- Montaigne, con su “¿Qué sé yo?”.
- Descartes, quien inició su búsqueda de certeza partiendo de la duda.
- David Hume, que cuestionó las bases de la causalidad y la experiencia.
En el presente, el escepticismo vuelve como una herramienta de pensamiento crítico frente al exceso de información, las teorías sin fundamento, el fanatismo político y la tentación de reducir la complejidad a eslóganes.
Su mensaje no es abandonar la búsqueda de conocimiento, sino recordar siempre que ninguna verdad es absoluta, y que la serenidad nace, muchas veces, del reconocimiento de nuestros límites.
Con este artículo, concluye la serie “Sabiduría antigua, lecciones para hoy”.


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