
Una antigua fábula nos invita a repensar la forma en que buscamos sentido en medio de un mundo acelerado. En tiempos de ruido, crisis y urgencias, detenerse a mirar hacia adentro puede ser un acto profundamente transformador.
Hay canciones que no envejecen, que se incrustan en la memoria colectiva y resurgen cuando el tiempo parece dar una vuelta completa sobre sí mismo. Canción de Alicia en el País, la obra maestra de Charly García, es una de esas piezas inmortales.
DE NUESTRA REDACCIÓN10/02/2025
NeuquenNews
Escrita en 1980, en plena dictadura militar argentina, era un grito silenciado, una metáfora encriptada que sorteaba la censura para describir con precisión quirúrgica el delirio de una nación atrapada en su propio laberinto. Hoy, más de cuatro décadas después, el eco de sus versos sigue resonando con una vigencia perturbadora. La historia argentina se repite, y los actores de las épocas oscuras parecen ser los mismos, llevados por idénticas ideas e intereses.
El País de Alicia: Una Distorsión de la Realidad
Charly nos sumerge en una Argentina que se ha convertido en un país de maravillas torcidas, donde el absurdo es ley y la lógica ha sido desterrada. “Quién sabe, Alicia, este país no estuvo hecho porque sí”, canta, advirtiendo que el destino nacional no es fruto del azar, sino de decisiones premeditadas. En ese país, la libertad es una ilusión, una promesa rota que solo conduce a la desesperanza: “Te vas a ir, vas a salir, pero te quedas, ¿dónde más vas a ir?”.
Es el retrato de una sociedad atrapada, obligada a aceptar lo inaceptable, donde la censura no solo está impuesta desde el poder, sino que se instala en la psiquis colectiva. El miedo es la brújula que orienta a la población, y el silencio se convierte en la única estrategia de supervivencia. “No cuentes lo que viste en los jardines, el sueño acabó”. La dictadura se encargó de destruir cualquier atisbo de inocencia y convirtió el país en un teatro de sombras donde la verdad era peligrosa.

Los mismos actores, la misma trama
Los versos de Charly no solo denunciaban una realidad específica de su tiempo, sino que predecían la ciclicidad de la historia argentina. A lo largo de las décadas, el país ha sido testigo de una y otra vez de los mismos mecanismos de manipulación y opresión. El poder cambia de manos, pero los métodos se perpetúan. “Estamos en la tierra de nadie, pero es mía”, una frase que sintetiza la apropiación del país por una élite que se siente dueña del destino de millones.
Hoy, en una Argentina donde el discurso del orden y la seguridad vuelve a ganar terreno, donde el miedo se reactiva como herramienta de control, Canción de Alicia en el País cobra un nuevo significado. Se vuelve un espejo incómodo que refleja cómo los mismos intereses, las mismas estructuras de poder y las mismas ideologías regresan con nuevas máscaras. La judicialización de la protesta, la criminalización de la disidencia, el desprecio por los sectores más vulnerables: el guion ya lo conocemos, solo cambian los protagonistas.
El delirio como norma: Un cuento sin final
El surrealismo que García describe en la canción no es solo un recurso poético, sino una manifestación del trauma colectivo. En Argentina, la realidad ha sido manipulada tantas veces que la línea entre lo cierto y lo ficticio se desdibuja. “Los inocentes son los culpables, dice su señoría, el Rey de Espadas”. En esta fábula distorsionada, la justicia es un instrumento más del poder, y la impunidad sigue marcando el ritmo de los acontecimientos.
Cuando Charly canta “enciende los candiles que los brujos piensan en volver a nublarnos el camino”, la advertencia se hace palpable. Cada tanto, los brujos regresan. Cambian los nombres, pero las ideas persisten. La nostalgia por el orden, la fantasía de un pasado idealizado donde “las cosas funcionaban”, es el discurso recurrente que abre la puerta a nuevos ciclos de represión y violencia.
La Canción Como Advertencia y Esperanza
Si algo nos enseña la historia argentina es que la amnesia es su mayor enemiga. La canción de Charly García sigue siendo un recordatorio de lo que ocurre cuando se permite que los fantasmas del pasado tomen el control del presente. No es solo un himno contra la dictadura: es un testimonio de la fragilidad de la democracia, un llamado de alerta sobre la facilidad con la que un país puede deslizarse nuevamente hacia el autoritarismo.
Pero también es una invitación a encender los candiles, a resistir la niebla de la desinformación y la manipulación. Porque aunque la historia se repita, aunque los actores intenten imponer el mismo libreto, siempre existe la posibilidad de cambiar el final. Y ahí, en la memoria, en la música, en la conciencia, reside la verdadera esperanza de romper el ciclo y escribir una historia diferente.

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