
La FIFA prohíbe imágenes de Malvinas para no incomodar a Inglaterra
NeuquenNewsLa silueta de las Islas Malvinas no es un arma. Tampoco constituye un insulto, una amenaza ni una incitación a la violencia. No agrede a los jugadores ingleses, no ofende a sus hinchas y no pone en peligro la seguridad de un estadio.
Sin embargo, durante la semifinal del Mundial entre Argentina e Inglaterra, una bandera, una camiseta o un cartel que recuerde que las Malvinas son argentinas podrá ser retenido en los controles de ingreso. La ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, confirmó que los mensajes considerados políticos o provocativos estarán prohibidos y que esa interpretación alcanzará también a las referencias al archipiélago.
La decisión es grave porque convierte una reivindicación legítima de soberanía en una conducta sospechosa. Bajo el argumento de preservar la neutralidad deportiva, se pretende que los argentinos oculten una parte de su territorio para no incomodar precisamente a la nación que lo ocupa.
No se prohíbe una provocación. Se prohíbe una verdad histórica, jurídica y constitucional.
No es una consigna partidaria
Decir que las Malvinas son argentinas no equivale a respaldar a un gobierno, a un presidente, a una fuerza política o a una ideología. Es una posición de Estado sostenida durante generaciones y expresamente establecida en la Constitución Nacional.
La Disposición Transitoria Primera afirma que la Nación Argentina ratifica su “legítima e imprescriptible soberanía” sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur, y define su recuperación como un objetivo “permanente e irrenunciable del pueblo argentino”, conforme al derecho internacional y respetando el modo de vida de sus habitantes.
Por lo tanto, cuando un argentino lleva la imagen de las islas en una bandera no está necesariamente realizando propaganda política. Está representando una posición institucional de la República Argentina.
Podrá discutirse el momento, la oportunidad o las formas. Podrá reclamarse que no se utilice el dolor de la guerra para promover violencia, xenofobia o enfrentamientos entre pueblos. Pero nada de eso permite equiparar la silueta de las Malvinas con un mensaje ofensivo.
La soberanía no es odio. La memoria no es violencia. Y afirmar que una parte del territorio nacional pertenece a la Argentina no convierte a nadie en enemigo de los ciudadanos británicos.
Una ocupación que comenzó en 1833
La cuestión tampoco nació con el Mundial ni con la guerra de 1982.
El 3 de enero de 1833, fuerzas británicas ocuparon las islas, expulsaron a las autoridades argentinas y quebraron el ejercicio efectivo de soberanía que la Argentina desarrollaba sobre el archipiélago. El Gobierno argentino protestó aquel acto de fuerza y nunca renunció a sus derechos. Esa es la posición histórica y jurídica sostenida oficialmente por la Cancillería argentina.
Desde entonces, las islas permanecen administradas por el Reino Unido. No por Inglaterra como selección de fútbol, naturalmente, sino por el Estado británico del que Inglaterra forma parte.
Pero el adversario deportivo de este miércoles lleva la bandera de la potencia que conserva el control sobre un territorio reclamado por la Argentina. Pretender que esa historia desaparezca durante noventa minutos no vuelve neutral al partido. Sólo intenta volver invisible al reclamo argentino.
La neutralidad que exige silencio únicamente a una de las partes deja de ser neutralidad. Se convierte en protección del estado actual de las cosas.
Naciones Unidas reconoce que existe una disputa
La posición argentina no es una extravagancia nacionalista ni un relato construido alrededor del fútbol. Naciones Unidas reconoce que existe una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido y ha exhortado reiteradamente a ambos gobiernos a reanudar las negociaciones para alcanzar una solución pacífica, justa y duradera.
Ese reconocimiento es central.
La comunidad internacional no considera resuelta definitivamente la cuestión. Tampoco acepta que sólo exista una administración británica indiscutible sobre las islas. Reconoce una controversia pendiente.
Entonces, ¿por qué recordar esa controversia sería una provocación?
La FIFA puede impedir mensajes violentos, racistas o discriminatorios. Tiene incluso la responsabilidad de hacerlo. También puede establecer límites de tamaño, materiales y mecanismos de inspección para las banderas. Su reglamento le permite excluir elementos considerados políticos, ofensivos o discriminatorios y concede amplias facultades a los organizadores para decidir qué ingresa a los estadios.
Pero una facultad reglamentaria no transforma automáticamente una decisión en justa.
Colocar en una misma categoría una expresión racista y una bandera con la silueta de las Malvinas supone una arbitrariedad moral. Confunde la defensa pacífica de la soberanía con el discurso de odio y termina censurando a quienes no insultan ni amenazan a nadie.
La falsa despolitización del fútbol
El argumento de que “la política no debe mezclarse con el deporte” suele aparecer cuando determinados mensajes incomodan al poder.
Los mundiales están organizados alrededor de Estados nacionales. Se izan banderas, se entonan himnos, se presentan delegaciones nacionales y se construyen relatos de identidad colectiva. Los gobiernos utilizan cada competencia como instrumento diplomático, propagandístico y económico. Las federaciones representan países, no territorios abstractos.
El fútbol internacional está atravesado por la política desde su propia organización.
Por eso resulta poco convincente que se permita exhibir la bandera británica, símbolo del Estado que controla las islas, pero se considere provocativa la representación geográfica del territorio reclamado por la Argentina.
Una bandera británica sería presentada como identidad nacional. Una bandera argentina con las Malvinas, como provocación política.
Esa asimetría revela quién debe callar para que el espectáculo continúe sin perturbaciones.
El silencio del Gobierno argentino
Más preocupante todavía es la actitud del Gobierno nacional.
El Gobierno argentino a través de la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, no se limitó a informar una decisión ajena. Confirmó públicamente que las banderas, camisetas o carteles alusivos a las islas podían quedar comprendidos dentro de la prohibición de mensajes políticos. Ante la consulta específica, sostuvo: “Las Malvinas son argentinas es un mensaje político”.
Su obligación institucional era expresar una objeción.
Un Gobierno puede recomendar prudencia a los hinchas. Puede pedir que no existan cantos xenófobos, agresiones o actos de violencia. Puede recordar que los jugadores no tienen la responsabilidad de resolver una disputa diplomática. Todo eso sería razonable.
Lo que no puede hacer es aceptar con naturalidad que la frase “Las Malvinas son argentinas” sea tratada como material inconveniente.
La Constitución no dice que la reivindicación de soberanía rige únicamente cuando no molesta a los organizadores de un espectáculo. Tampoco establece que debe suspenderse frente a la selección inglesa.
No se trata de convertir el partido en una guerra
Criticar esta prohibición no significa transformar un encuentro deportivo en una revancha militar.
Los jugadores argentinos no tienen que cargar sobre sus espaldas el peso de una guerra, la memoria de los caídos ni la tarea que corresponde a la diplomacia. Los futbolistas ingleses tampoco son responsables de las decisiones de su Gobierno.
La recuperación de las islas debe buscarse por medios pacíficos, diplomáticos y conforme al derecho internacional, como establece la propia Constitución. La Federación de Veteranos de Guerra del 2 de Abril también pidió evitar el odio y recordó que la soberanía debe defenderse por vías pacíficas.
Precisamente por eso una bandera de Malvinas no debería ser prohibida.
Reclamar pacíficamente no es atacar. Recordar no es agredir. Defender la soberanía no equivale a promover una guerra.
La violencia debe ser impedida. La xenofobia debe ser repudiada. Las amenazas deben ser sancionadas. Pero esconder el mapa de las islas para evitar una incomodidad diplomática constituye otra cosa: una forma de censura.
Las islas no desaparecen al cerrar la puerta del estadio
La FIFA puede impedir que una bandera atraviese un control de seguridad. Puede requisar una camiseta, retirar un cartel o expulsar a un espectador. Lo que no puede hacer es modificar la historia.
Las Malvinas seguirán siendo parte del territorio nacional para la Constitución argentina. Seguirán siendo objeto de una disputa de soberanía reconocida internacionalmente. Y seguirán bajo una ocupación británica que la Argentina nunca aceptó. Prohibir su imagen no neutraliza el conflicto. Sólo intenta ocultarlo.
El fútbol debe ser una celebración y no una prolongación de la guerra. Pero la paz verdadera no se construye imponiendo silencio al pueblo que reclama. Se construye reconociendo la existencia de una injusticia y exigiendo que sea resuelta mediante el diálogo.
Las Malvinas no son una provocación. La provocación es pretender que los argentinos deban ocultarlas para no molestar a quienes todavía las ocupan.


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