
El peronismo neuquino ante su hora más incómoda: una interna vacía que deja al PJ sin conducción política
NeuquenNewsEl resultado de la interna del Partido Justicialista de Neuquén, realizada este fin de semana, dejó más preguntas que respuestas. Formalmente hubo ganadores y perdedores. Políticamente, en cambio, el dato más contundente fue otro: la escasísima participación de afiliados y la sensación extendida de que el proceso interno estuvo marcado por restricciones, exclusiones y una creciente desconexión entre la conducción partidaria y su propia base.
En términos estrictamente electorales, el resultado mostró una disputa cerrada entre las listas que representaban a los dos grandes espacios internos del peronismo neuquino: el sector históricamente identificado con el kirchnerismo provincial —ligado al parrillismo— y el sector territorial que en los últimos años ha construido vínculos políticos más pragmáticos con el oficialismo provincial encabezado por Rolando Figueroa.
Pero el problema no fue quién obtuvo algunos votos más. El problema fue cuántos afiliados consideraron que valía la pena ir a votar.
La participación fue extremadamente baja en relación con el padrón partidario. En un partido que durante décadas se definió a sí mismo como un movimiento popular basado en la movilización política, el dato resulta especialmente inquietante. Una interna con escasa concurrencia no fortalece a nadie: apenas reparte cargos en una estructura cada vez más reducida.
Una interna marcada por las restricciones
La elección llegó además después de una serie de episodios que debilitaron su legitimidad política antes incluso de abrir las urnas.
En las semanas previas hubo listas impugnadas, disputas judiciales y cuestionamientos a la validez de avales presentados por algunos sectores internos. La exclusión de una de las listas que pretendía competir —vinculada a un sector que planteaba una renovación del peronismo neuquino— alimentó las denuncias de proscripción y generó un fuerte malestar dentro de parte de la militancia.
A ese escenario se sumó la aplicación de resoluciones partidarias que dispusieron la desafiliación de dirigentes que habían competido electoralmente dentro de otros espacios políticos en elecciones anteriores. La medida profundizó el clima de tensión interna y reforzó la percepción de que el partido se encontraba más preocupado por depurar su padrón que por ampliar su base política.
En la previa de la votación también se registraron denuncias vinculadas al traslado de material electoral y conflictos entre sectores internos que terminaron judicializados. Todo ello configuró un proceso electoral que difícilmente pueda ser presentado como un ejemplo de apertura o de renovación política.
Un partido que se achica
El problema de fondo no es exclusivamente electoral. Es político.
El peronismo neuquino viene atravesando desde hace años una crisis de representación que todavía no ha logrado resolver. La hegemonía histórica del Movimiento Popular Neuquino durante décadas ya había limitado su desarrollo territorial. Pero en los últimos años se sumó un fenómeno adicional: la fragmentación interna del propio peronismo y la migración de muchos de sus dirigentes hacia espacios provinciales o coaliciones electorales más competitivas.
La llegada de Rolando Figueroa al gobierno provincial terminó acelerando ese proceso. Su armado político, de carácter transversal, logró captar dirigentes provenientes de distintos espacios, incluido el peronismo. En ese contexto, el PJ quedó atrapado entre dos dinámicas contradictorias: una conducción que intenta preservar el sello partidario y un territorio donde muchos de sus dirigentes han optado por integrarse a otras estructuras de poder.
El resultado es un partido cada vez más chico, con menor presencia institucional y con una capacidad limitada para disputar el poder provincial.
El problema de la legitimidad
Las internas partidarias, en cualquier sistema democrático, cumplen una función fundamental: renovar liderazgos, ordenar las disputas internas y otorgar legitimidad a quienes resultan electos. Pero para que ese mecanismo funcione necesita dos condiciones básicas: competencia real y participación significativa.
Cuando una interna se desarrolla en un clima de exclusiones, impugnaciones y judicialización, la competencia se debilita. Y cuando la participación es extremadamente baja, la legitimidad de quienes resultan electos queda inevitablemente en cuestión.
Eso es exactamente lo que hoy ocurre en el Partido Justicialista de Neuquén.
Más allá de quién haya obtenido algunos votos más en esta elección, lo cierto es que la conducción que emerja de este proceso deberá enfrentar una realidad incómoda: representa a una fracción muy pequeña del padrón partidario.
El desafío que el PJ todavía no enfrenta
El peronismo ha sido históricamente un movimiento político capaz de reinventarse cuando atravesaba crisis profundas. Pero para que esa reinvención ocurra es necesario reconocer primero la magnitud del problema.
Hoy el PJ neuquino enfrenta un dilema estratégico. Puede optar por administrar el partido como una estructura cada vez más cerrada, dedicada principalmente a preservar el sello y a sostener equilibrios internos entre sectores cada vez más reducidos. O puede asumir que la crisis de participación y representación exige un proceso de apertura real.
Eso implicaría algo más que una simple reorganización interna. Implicaría volver a convocar al conjunto del peronismo neuquino, permitir la expresión de todas las corrientes internas y reconstruir un espacio político que vuelva a ser atractivo para militantes, dirigentes y votantes.
Porque un partido que nació como movimiento popular difícilmente pueda sobrevivir mucho tiempo si deja de parecerse a aquello que alguna vez lo hizo fuerte: la participación política y la diversidad interna.
La interna de este fin de semana dejó en evidencia una verdad incómoda. El problema del peronismo neuquino ya no es solo quién conduce el partido. El problema es si el partido todavía tiene la vitalidad política necesaria para ser conducido.



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