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Qué es el sionismo y qué implica que un presidente no judío se autodefina sionista

Javier Milei sorprendió al mundo al declararse "el presidente más sionista del mundo" ante una universidad de judíos ortodoxos en Nueva York. La frase abre una pregunta de fondo: ¿Qué significa exactamente el sionismo, qué violencia ha generado su práctica concreta y qué consecuencias políticas tiene que un jefe de Estado lo haga propio como identidad en plena guerra?
POLÍTICA10/03/2026NeuquenNewsNeuquenNews

El lunes 10 de marzo de 2026, en el auditorio Lamport de la Universidad Yeshiva de Nueva York, el presidente argentino Javier Milei pronunció ante casi 500 estudiantes una frase que resonó más allá del recinto académico: "Me siento orgulloso de ser el presidente más sionista del mundo". La declaración no fue espontánea ni aislada. Fue el punto más visible de una política exterior que convirtió a Argentina en el único país de América Latina que respaldó los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán.

Para entender el peso real de esa frase —y su costo político, moral y diplomático— es necesario comprender qué es el sionismo, qué no es, qué violencia ha producido su práctica concreta, y por qué su apropiación como identidad presidencial en 2025 es un acto político de consecuencias que van mucho más allá de la retórica.

Una ideología con historia y definición precisa

El sionismo es una ideología y un movimiento político nacionalista que propuso desde sus inicios el establecimiento de un Estado para el pueblo judío en Palestina, una región que corresponde a la antigua Tierra de Israel en la cultura judía. Fue el promotor y responsable en gran medida de la fundación del Estado de Israel y, desde su consecución, se centra en la defensa y apoyo al mantenimiento de su existencia.

La palabra misma remite a la geografía sagrada: su origen es hebreo y deriva de Sion, una de las formas en que se denomina a Jerusalén en la Biblia. El movimiento apareció en Europa central y oriental a finales del siglo XIX. Su fundador como movimiento organizado fue el periodista austrohúngaro de origen judío Theodor Herzl, como respuesta a la ola antisemita que recorrió Europa en esos años, uno de cuyos exponentes fue el affaire Dreyfus.

En 1896, Herzl publicó Der Judenstaat"El Estado Judío"—, considerado la pieza fundamental del sionismo político. Dado que los fundadores del sionismo eran intelectuales influenciados por el nacionalismo europeo, consideraban que la única manera de combatir el antisemitismo era mediante la creación de un Estado propio. En sus inicios, el movimiento fue muy minoritario: en 1914 solo adhería a él un 2% de los judíos de Alemania. Después del Holocausto, el movimiento se centró en la creación de un Estado judío, logrando su objetivo en 1948 con la creación del Estado de Israel.

Lo que esa cronología omite con frecuencia, sin embargo, es que ese mismo año de fundación fue también el año de la Nakba —término árabe que significa "catástrofe"— cuando aproximadamente 700.000 palestinos fueron expulsados o huyeron de sus hogares durante la guerra que precedió y siguió a la proclamación del Estado de Israel. Ese episodio fundacional, documentado por historiadores israelíes y palestinos por igual, entre ellos Benny Morris e Ilan Pappé, es inseparable del relato sionista del siglo XX y constituye la herida abierta sobre la que se asienta el conflicto que llega hasta hoy.

Un movimiento heterogéneo, no un bloque monolítico

Una de las confusiones más frecuentes es tratar al sionismo como una corriente uniforme. No lo es. El sionismo no es una línea ideológica homogénea. Existen varias corrientes que van desde una visión más progresista o liberal a otra más ultranacionalista que en algunos casos ha sido señalada incluso de xenófoba. El sionismo es un amplio movimiento que incluye a personas de todo el espectro político, desde progresistas, moderados y conservadores hasta apolíticos. Hay sionistas que son críticos con las políticas israelíes, al igual que hay sionistas que rara vez expresan su desacuerdo con el gobierno israelí.

Igualmente importante es distinguir entre sionismo, judaísmo e israelismo. El sionismo es un movimiento político, y quienes reivindican sus ideas defienden la existencia de un Estado nacional judío. Los israelíes, en cambio, son los ciudadanos del Estado de Israel, un término sin connotaciones étnicas ni religiosas. Un judío, por su parte, es cualquier persona cuya religión sea el judaísmo. También existen millones de no judíos que se consideran sionistas y partidarios del Estado judío, motivados por factores como la religión, la historia, la seguridad o la política.

Esta distinción no es académica: es políticamente crucial. Porque el sionismo, en su versión contemporánea dominante, ha desarrollado una tendencia sistemática a equiparar cualquier crítica a las políticas del Estado de Israel con antisemitismo, borrando así la diferencia entre una ideología política —criticable como cualquier otra— y la identidad religiosa o étnica de millones de personas. Esa operación discursiva tiene un efecto concreto: silenciar el debate legítimo y estigmatizar a quienes lo ejercen, incluyendo a una parte significativa de la propia comunidad judía mundial.

La voz judía que el sionismo hegemónico no quiere escuchar

Uno de los aspectos más incómodos del sionismo como se practica hoy en los principales foros políticos occidentales es su relación con los judíos que no comparten sus premisas. Organizaciones como Jewish Voice for Peace, If Not Now o el Bundismo histórico representan tradiciones dentro del judaísmo que cuestionan o rechazan directamente el proyecto sionista, no desde el antisemitismo sino desde una visión diferente de lo que significa ser judío en el mundo. Estas voces son sistemáticamente descalificadas, ignoradas o directamente acusadas de traición por el establishment sionista y sus aliados políticos.

El filósofo judío Judith Butler, la lingüista Noam Chomsky y el historiador Tony Judt —entre muchos otros intelectuales de origen judío— han señalado en distintos momentos que el sionismo en su forma actual no representa al judaísmo como tradición ética y cultural, sino a un nacionalismo étnico que, como todos los nacionalismos étnicos, genera exclusión violenta. En Israel mismo, el movimiento de refusniks —soldados y ciudadanos israelíes que se niegan a servir en los territorios ocupados— ha crecido sostenidamente, al igual que las protestas internas contra la deriva autoritaria del gobierno de Benjamin Netanyahu. Estas voces no existen en el relato que Milei ofrece cuando se presenta como "el presidente más sionista del mundo". En ese relato, el judaísmo y el sionismo son la misma cosa, y quien no adhiere al segundo traiciona al primero.

El sionismo y la violencia: un debate que no puede eludirse

Cualquier análisis serio del sionismo como fenómeno político exige abordar la dimensión de la violencia que ha acompañado su desarrollo histórico y su expresión contemporánea. El movimiento y sus métodos han sido objeto de acusaciones por parte de organizaciones de derechos humanos y gobiernos árabes, que los consideran parte de una política de dominación y desposesión del pueblo palestino.

En el plano jurídico internacional, los hechos son contundentes. La Corte Internacional de Justicia (CIJ) abrió en 2024 un proceso por genocidio contra Israel a instancias de Sudáfrica. La Corte Penal Internacional (CPI) emitió ese mismo año órdenes de arresto contra el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y el exministro de Defensa Yoav Gallant por presuntos crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad en Gaza. Organismos como Amnistía Internacional y Human Rights Watch han documentado prácticas que califican de apartheid en los territorios ocupados. La relatora especial de la ONU para los territorios palestinos, Francesca Albanese, presentó en 2024 un informe en el que concluye que hay motivos razonables para afirmar que Israel está cometiendo un genocidio en Gaza.

Desde octubre de 2023, más de 48.000 palestinos han muerto en Gaza según cifras del Ministerio de Salud gazatí —reconocidas como metodológicamente sólidas por la OMS—, la gran mayoría civiles, entre ellos miles de niños. La infraestructura de salud, educativa y habitacional del territorio ha sido destruida de manera sistemática. El concepto de "genocidio" aplicado a estos hechos no es ya solo el argumento de los movimientos pro-palestinos: es el objeto de un proceso judicial formal ante el más alto tribunal internacional.

En este contexto, la resolución 3379 de la Asamblea General de la ONU de 1975, que equiparaba el sionismo con el racismo, refleja el rechazo histórico que el movimiento ha generado en amplios sectores de la comunidad internacional. Aunque esa resolución fue revocada en 1991 bajo presión estadounidense tras el fin de la Guerra Fría, el debate que la originó ha regresado con una intensidad inédita.

Abrazar el sionismo como bandera en 2025 exige, como mínimo, una posición explícita frente a esas realidades. Cuando un presidente decide autodefinirse sionista en el contexto de una guerra activa en la que su país apoya militarmente a Israel, esa adhesión deja de ser una declaración filosófica o histórica para convertirse en un aval político con consecuencias concretas sobre cuerpos, territorios y vidas.

El caso Milei: geopolítica disfrazada de identidad

La autodefinición sionista de Milei no es una declaración de simpatía religiosa o cultural. Es, ante todo, una toma de posición geopolítica de primer orden que reorienta la política exterior argentina de modo explícito y programático, en el momento de mayor tensión global desde la Segunda Guerra Mundial.

Milei calificó a Irán como "enemigo" y recordó los atentados en Argentina: "Nos han metido dos bombas, una en la AMIA y otra en la Embajada de Israel. Por lo tanto, son nuestros enemigos. Pero además tengo una alianza estratégica con Estados Unidos e Israel." Los atentados a los que se refirió son hechos históricamente verificados: el ataque a la Embajada de Israel en Buenos Aires en 1992 dejó 22 muertos, y el bombardeo a la sede de la AMIA en 1994 costó la vida de 85 personas. Son heridas legítimas de la historia argentina. Sin embargo, utilizarlas como argumento para justificar una adhesión incondicional a las operaciones militares actuales de Israel y Estados Unidos es un salto lógico y político que merece ser examinado con rigor.

Que un presidente no judío se defina sionista tiene implicaciones concretas y medibles. En términos de política exterior, implica subordinar la histórica posición de no alineamiento activo de Argentina —que mantuvo relaciones con el mundo árabe y fue reconocida como actora regional con capacidad de mediación— a una alianza explícita con un bloque en guerra. Milei sostuvo que Argentina está alineada con el bloque occidental y afirmó: "Argentina está parada en el lugar correcto de la historia por primera vez después de ochenta años." La frase revela la lógica subyacente: el sionismo no como reflexión ética sino como coordenada de pertenencia a un eje de poder.

En términos simbólicos, la declaración en la Universidad Yeshiva ante un auditorio que lo ovacionó refuerza la imagen de Milei como aliado incondicional de Israel en un momento de guerra. Esa imagen tiene valor político tanto doméstico como internacional: consolida vínculos con comunidades judías influyentes en Argentina y Estados Unidos, y posiciona al país como un actor periférico pero vocal en el nuevo orden geopolítico en construcción. Lo que no hace, en ningún momento, es interpelar la experiencia del pueblo palestino, reconocer las órdenes de arresto de la CPI, ni dar lugar a la voz de los judíos que en todo el mundo rechazan que se hable en su nombre para justificar una guerra con este nivel de mortandad civil.

Conclusión: una palabra que ya no es neutral

El sionismo nació como respuesta a una persecución real, como proyecto de liberación de un pueblo que había sufrido siglos de discriminación culminados en el horror del Holocausto. Esa raíz histórica es legítima y debe ser comprendida. Pero los movimientos políticos no se juzgan solo por sus orígenes sino por sus consecuencias. Y las consecuencias del sionismo en su versión dominante y actual incluyen décadas de ocupación militar, la construcción de asentamientos ilegales según el derecho internacional, el bloqueo sistemático de Gaza, y una guerra que organismos de la ONU describen en términos de catástrofe humanitaria sin precedentes en el siglo XXI.

Cuando Milei dice ser "el presidente más sionista del mundo", no está haciendo teología ni filosofía política. Está eligiendo un bando en una guerra, validando un aparato militar investigado por crímenes de lesa humanidad, y haciéndolo, paradójicamente, en nombre de una identidad que millones de judíos en el mundo rechazan que les sea impuesta. La pregunta que su declaración deja abierta no es si el sionismo tuvo alguna vez justificación histórica. La pregunta es qué significa adherir a él hoy, con este mapa, con estos muertos, con estas órdenes de arresto internacionales sobre la mesa.


Artículo de análisis político. Las posiciones de organismos internacionales citados corresponden a documentos públicos de la ONU, la CIJ y la CPI.

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