
Clorinda Matto de Turner: la que pagó con el exilio el precio de decir la verdad
La quemaron en efigie en las calles del Cusco. Saquearon su imprenta en Lima. La excomulgó la Iglesia Católica. Su novela fue prohibida y retirada de las bibliotecas públicas. Y Clorinda Matto de Turner siguió escribiendo desde el exilio en Buenos Aires hasta el final de su vida, porque había aprendido en los Andes que el silencio no protege a nadie: solo a los que tienen interés en que las cosas sigan exactamente como están.
Grimanesa Martina Matto Usandivaras había nacido en 1852 en Paullu, una pequeña localidad cerca del Cusco, en el corazón del mundo andino. Era hija de una familia mestiza de cierta posición en la sociedad cusqueña: su padre tenía tierras y conexiones que le permitieron darle a su hija una educación inusual para las mujeres de la época. Clorinda creció hablando quechua y español con igual fluidez, viviendo en esa frontera entre dos mundos que la sociedad peruana del siglo XIX insistía en mantener rígidamente separados.
Se casó con John Turner, un comerciante inglés radicado en el Perú, y se estableció en Tinta, una localidad de la sierra cusqueña donde convivió de cerca con las comunidades indígenas de la región y observó con una atención que pocos de su clase social habrían tenido la disposición de sostener. Vio cómo funcionaba el sistema que aplastaba a esas comunidades: los gamonales que se apropiaban de las tierras, los curas rurales que cobraban por los sacramentos y abusaban de su posición, los funcionarios que miraban para otro lado a cambio de favores.
Enviudó en 1881, lo que la dejó con la necesidad de trabajar y la libertad de elegir cómo hacerlo. Eligió el periodismo y la literatura. Dirigió periódicos en el Cusco. Publicó artículos sobre la condición indígena en el Perú con una franqueza que sus contemporáneos encontraban incómoda. Organizó veladas literarias y círculos de lectura. Fue, en los términos de su época, una mujer pública en el mejor sentido del término: visible, influyente, comprometida.
En 1886 se trasladó a Lima, donde asumió la dirección del periódico El Perú Ilustrado y se instaló en el centro de la vida intelectual de la capital. Conoció a Ricardo Palma, a Manuel González Prada, a los grandes escritores e intelectuales del momento. Pero su mirada seguía volviendo a los Andes, a las comunidades que había conocido en Tinta, a las historias que nadie más estaba contando.
En 1889 publicó "Aves sin nido". Era la primera novela indigenista de América Latina: la historia de una familia indígena en un pueblo andino aplastada por la triple opresión del gamonal, el cura y el juez de paz. Clorinda Matto de Turner no romantizó a los indígenas ni los presentó como víctimas sin agencia: los mostró como personas concretas con nombres y vidas y dignidad, aplastadas por un sistema que los necesitaba aplastados para funcionar. No era una novela que culpara a los indios de su miseria. Era una novela que nombraba a los culpables.
Los culpables respondieron. La Iglesia la excomulgó —uno de los escándalos más resonantes del Perú de fines del siglo XIX— acusándola de anticlerical y de haber ofendido a la religión con sus descripciones del clero rural corrupto. Durante la guerra civil peruana de 1895, fuerzas hostiles saquearon su imprenta en Lima y quemaron lo que encontraron. Efigies suyas ardieron en el Cusco. Tuvo que huir.
Buenos Aires la recibió. En esa ciudad cosmopolita y relativamente tolerante de los años noventa del siglo XIX, Clorinda Matto de Turner encontró el espacio que el Perú le había negado. Fundó una escuela, el Búcaros Americanos, que promovía la educación laica y el trabajo femenino. Continuó publicando. Tradujo textos quechuas al español y textos del Nuevo Testamento al quechua, trabajando en ambas direcciones del puente cultural que había intentado construir toda su vida.
Publicó dos novelas más: 'Índole' (1891) e 'Herencia' (1895), que continuaban su exploración de la sociedad peruana. Siguió escribiendo sobre la condición de la mujer latinoamericana, sobre la educación, sobre la necesidad de modernizar sociedades que cargaban el peso de siglos de colonialismo sin haberlo nombrado como tal.
Murió en Buenos Aires en 1909, a los cincuenta y siete años, lejos de los Andes que amaba y que habían sido el origen de todo lo que escribió. Sus restos fueron repatriados al Perú en 1924. La literatura latinoamericana la reconoció mucho después como la fundadora de una tradición —la novela indigenista— que llega hasta José María Arguedas y más allá. Tardó, como siempre tarda. Pero llegó.
“La pluma es un arma que solo sirve si se usa para decir la verdad.” — Clorinda Matto de Turner


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