
Juana de Ibarbourou: el cuerpo que celebra el mundo
Hay poetas que necesitan el sufrimiento para escribir. Juana de Ibarbourou no. O al menos así lo parecía en sus primeros libros, que llegaron al mundo con la alegría y la franqueza de alguien que había decidido que el cuerpo femenino, el deseo, la naturaleza, la tierra húmeda y los ríos y las flores no eran temas decorativos sino el centro mismo de la existencia. En la literatura latinoamericana de principios del siglo XX, donde las poetas solían hablar de amor con distancia y pudor obligatorio, esa decisión era casi escandalosa.
Juana Fernández Morales había nacido en 1892 en Melo, un pueblo de la frontera uruguayo-brasileña, en el departamento de Cerro Largo. Su padre era español, gallego de origen, con ese amor por la tierra que los gallegos llevan consigo a cualquier continente. Su madre era uruguaya, de familia criolla. Juana creció entre dos culturas y dos lenguas en una casa donde los libros eran bienvenidos y la música era parte del aire. Aprendió a leer temprano, con esa voracidad que no se enseña sino que se tiene o no se tiene.
Se casó a los dieciocho años con Lucas Ibarbourou, un militar que la llevó de guarnición en guarnición por el Uruguay antes de establecerse finalmente en Montevideo. En cada lugar donde vivieron, Juana escribía. No era una escritura que esperara condiciones ideales: era una necesidad que se imponía sola, como el hambre o el sueño. Guardaba los poemas en cuadernos que nadie veía. Hasta que en 1919, con veintisiete años, publicó 'Las lenguas de diamante'.
La recepción fue inmediata y rotunda. Los críticos literarios del Río de la Plata —hombres casi sin excepción, acostumbrados a fijar los estándares— reconocieron en esos poemas algo que no podían ignorar: una voz de una frescura y una sensualidad que no tenían precedente en la poesía uruguaya. Lo que los sorprendía, lo que en algunos producía entusiasmo y en otros incomodidad, era la franqueza con que una mujer hablaba de su propio cuerpo como algo bello, vivo, deseante y digno de ser celebrado. 'Tómame ahora que aún es temprano / y que llevo dalias nuevas en la mano. / Tómame ahora que aún es sombría / esta taciturna cabellera mía'. Sin metáfora que suavizara. Sin disculpa.
En 1929, en un acto que no tenía precedente en América Latina, fue proclamada 'Juana de América' en una ceremonia solemne en el Palacio Legislativo de Montevideo. Estaban presentes Alfonso Reyes, José Santos Chocano, Gabriela Mistral, intelectuales y diplomáticos de todo el continente. Era el reconocimiento más alto que la cultura latinoamericana podía darle a una escritora viva. Juana Fernández de Ibarbourou —ese era su nombre completo— aceptó el título con la gracia de quien sabe que los títulos son de otros y la obra es propia.
Publicó varios libros más: 'Raíz salvaje', 'La rosa de los vientos', 'Perdida'. A medida que pasaron los años, su poesía se fue oscureciendo. La muerte del marido, la vejez, la sensación de que el mundo que había celebrado con tanta alegría se alejaba, todo eso fue tiñendo su voz de una melancolía que sus primeros libros no anticipaban. El cuerpo que había sido territorio de celebración se convertía en tema de duelo.
Vivió hasta los ochenta y seis años, en una Montevideo que la había visto crecer y a la que nunca quiso abandonar. Sus últimos años fueron difíciles: la soledad, algunas dificultades económicas, el peso de ser una institución cultural en un país pequeño que a veces amaba más a sus figuras que a las personas concretas que había detrás de ellas. Murió en 1979.
Sus libros siguen en las escuelas uruguayas, en las bibliotecas del Río de la Plata, en las antologías de poesía latinoamericana que se editan en cualquier parte del mundo hispanohablante. Y esos primeros poemas, los de 'Las lenguas de diamante', siguen teniendo la misma capacidad de sorprender: una mujer que en 1919 reclamaba su cuerpo como propio, con una sencillez y una hermosura que el tiempo no ha gastado.
“Tómame ahora que aún es temprano y que llevo dalias nuevas en la mano.” — Juana de Ibarbourou


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