La soberanía no es una consigna ceremonial ni un atributo que se agota en la bandera, el himno o las fronteras dibujadas en un mapa. Es la capacidad efectiva de una sociedad para decidir sobre su territorio, sus recursos, sus instituciones, su economía y su futuro. Un país puede conservar formalmente su condición de Estado y, sin embargo, perder progresivamente el control material de sus decisiones fundamentales.