
Argentina vuelve a mirar al átomo: el plan para convertir 70 años de desarrollo nuclear en exportaciones
NeuquenNewsMientras Vaca Muerta concentra buena parte de la discusión energética argentina por el crecimiento de la producción de petróleo y gas, en Viena el Gobierno nacional decidió mostrar otra carta que el país posee desde hace más de siete décadas: la tecnología nuclear.
El secretario de Asuntos Nucleares, Federico Ramos Napoli, encabezó la delegación argentina ante la 70ª Conferencia General del Organismo Internacional de Energía Atómica —OIEA— y presentó los principales lineamientos de una estrategia destinada a ampliar la presencia argentina en los mercados internacionales de tecnología, bienes y servicios nucleares.
El mensaje tuvo una definición central: Argentina ya construyó las capacidades. El desafío consiste ahora en convertirlas en negocios.
Ramos Napoli enumeró entre los activos nacionales la operación de centrales nucleares, el diseño y construcción de reactores de investigación, la fabricación de combustible nuclear, la producción de radioisótopos y la formación de recursos humanos especializados. La política anunciada busca incorporar capital privado en aquellas actividades que puedan desarrollarse comercialmente, mientras el Estado conservará las funciones vinculadas con política nuclear, regulación, seguridad y salvaguardias.
Setenta años de conocimiento que valen más que una materia prima
La particularidad del sector nuclear argentino es que prácticamente toda su cadena de valor se construyó a partir de capacidades científicas, industriales y tecnológicas desarrolladas dentro del país.
La Comisión Nacional de Energía Atómica fue creada en 1950. Desde entonces se desarrollaron institutos de formación, centros atómicos, combustibles nucleares, reactores de investigación y capacidades de ingeniería que terminaron conformando una estructura tecnológica poco habitual dentro de América Latina.
Los nuevos Lineamientos de Política Nuclear presentados este año establecieron cuatro objetivos: exportaciones de alto valor agregado, seguridad energética, preservación y desarrollo de capacidades tecnológicas nacionales y liderazgo regional con posicionamiento geopolítico.
El primero de esos objetivos marca una diferencia sustancial con buena parte de la discusión energética actual.
Un barril de petróleo o una molécula de gas tienen un valor internacional determinado esencialmente por el mercado.
Un reactor, un radioisótopo, un sistema de control nuclear o un servicio de ingeniería incorporan años de investigación, propiedad intelectual, recursos humanos especializados y una enorme cantidad de conocimiento.
La diferencia está en el valor agregado.
Argentina ya demostró que puede exportar reactores
No se trata solamente de una aspiración.
INVAP desarrolló una trayectoria internacional que incluye reactores de investigación y servicios nucleares vendidos a diferentes países.
La empresa rionegrina construyó reactores para Argelia y Egipto y alcanzó uno de sus mayores hitos con el reactor OPAL de Australia, una instalación multipropósito de 20 MW destinada especialmente a la producción de radioisótopos y actividades de investigación.
INVAP define al OPAL como la mayor exportación tecnológica llave en mano de la historia argentina. El contrato original rondó los US$180 millones y la compañía argentina compitió para adjudicárselo frente a grandes proveedores internacionales.
El reactor australiano continúa actualmente produciendo radioisótopos y prestando servicios de irradiación para industrias de alta tecnología.
La historia demuestra entonces que Argentina posee algo poco común entre países de desarrollo intermedio: capacidad para diseñar, fabricar y poner en funcionamiento instalaciones nucleares complejas fuera de sus fronteras.
Esa experiencia es precisamente la que el Gobierno intenta volver a colocar en el mercado mundial.
RA-10: una oportunidad de alcance global
Uno de los proyectos que puede convertirse en la vidriera de esa nueva etapa es el Reactor Argentino Multipropósito RA-10, construido en el Centro Atómico Ezeiza.
El Gobierno confirmó a comienzos de septiembre que comenzará su proceso de puesta en marcha antes de finalizar 2026 y que debería completarse durante los primeros meses de 2027.
La obra alcanzó un nivel de montaje informado del 96% y actualmente participan alrededor de 530 trabajadores en el proyecto.
Pero el RA-10 no producirá electricidad.
Es un reactor de investigación de 30 MW térmicos destinado fundamentalmente a producir radioisótopos, realizar ensayos científicos, irradiar materiales y brindar distintos servicios tecnológicos.
Entre sus productos estará el molibdeno-99, precursor del tecnecio-99m utilizado ampliamente en diagnósticos de medicina nuclear; también podrá producir lutecio-177 para tratamientos oncológicos e iridio-192 para usos médicos e industriales.
La dimensión económica aparece en otra cifra.
Según las proyecciones oficiales, el reactor podría alcanzar una producción equivalente a aproximadamente 20% del mercado mundial actual de determinados radioisótopos.
Si ese objetivo se concreta, Argentina no sólo podrá abastecer su sistema sanitario sino también convertirse en uno de los grandes proveedores internacionales de productos nucleares para medicina.
Pero falta una planta
Ahí aparece también una advertencia.
Tener el reactor terminado no alcanza.
Para transformar los materiales irradiados en productos comerciales es necesaria una planta de producción asociada, infraestructura que todavía debe ser construida.
El Gobierno reconoció que el proyecto no contaba con financiamiento definido para esa planta y anunció un nuevo esquema que permitirá incorporar capital privado para financiar su construcción y posteriormente participar en las actividades comerciales.
Ese punto resume bastante bien el cambio de enfoque que busca introducir la actual política nuclear.
El Estado mantiene investigación, regulación y capacidades estratégicas.
El capital privado debería aportar financiamiento y asumir parte del riesgo comercial.
El desafío será encontrar un equilibrio: incorporar inversiones sin diluir capacidades tecnológicas que fueron construidas durante décadas con recursos públicos.
Tres centrales y una capacidad que sigue siendo limitada
La otra dimensión de la energía nuclear argentina es la generación eléctrica.
Argentina posee tres centrales: Atucha I, Atucha II y Embalse.
En 2024 alcanzaron un récord histórico de generación nuclear de 10.449 GWh, según documentación oficial.
Pero actualmente Atucha I se encuentra fuera de servicio por los trabajos destinados a extender su vida útil. La Autoridad Regulatoria Nuclear informó que las tareas registran alrededor de 60% de avance y que la central debería regresar al sistema a mediados de 2027.
Atucha II, en cambio, recibió este año la renovación de su licencia de operación por otros diez años, hasta el 26 de mayo de 2036.
Embalse continúa funcionando después de haber completado anteriormente su propio proceso de extensión de vida.
La experiencia acumulada en esas operaciones también constituye un producto exportable.
Extender la vida útil de una central nuclear exige capacidades en ingeniería, fabricación de componentes, mantenimiento, seguridad y regulación que relativamente pocos países dominan.
El CAREM y la carrera mundial por los pequeños reactores
Otro activo potencial es el CAREM, el pequeño reactor modular desarrollado en Argentina.
La CNEA lo presenta como un prototipo diseñado íntegramente en el país, basado en sistemas de seguridad pasiva y arquitectura modular integrada, pensado como base para futuros desarrollos comerciales.
El interés internacional por los denominados SMR —Small Modular Reactors— creció considerablemente durante los últimos años. Su menor tamaño podría permitir inversiones iniciales inferiores a las de las centrales nucleares convencionales y facilitar su utilización en redes eléctricas pequeñas, industrias intensivas en energía o regiones aisladas.
Para Argentina, el CAREM representa potencialmente una oportunidad enorme.
Pero también muestra uno de los problemas recurrentes de la política tecnológica nacional: los tiempos.
Desarrollar una tecnología avanzada no garantiza automáticamente llegar primero al mercado.
Estados Unidos, China, Rusia, Canadá, Corea y varios países europeos trabajan aceleradamente en sus propios proyectos SMR.
Si Argentina demora demasiado la conclusión y validación comercial del CAREM, el valor tecnológico de haber comenzado temprano puede reducirse frente a competidores con mayor capacidad financiera.
Bariloche ocupa un lugar central
Para la Patagonia esta historia tiene un capítulo particularmente relevante.
Buena parte de las capacidades nucleares argentinas se desarrollaron en San Carlos de Bariloche, donde funcionan el Centro Atómico Bariloche, el Instituto Balseiro y la sede central de INVAP.
Allí se construyó en 1982 el RA-6, primer reactor de investigación fabricado completamente por INVAP, y allí se formaron centenares de ingenieros, físicos y especialistas argentinos y extranjeros.
Ese ecosistema es probablemente uno de los ejemplos más claros de lo que puede producir una política sostenida durante décadas: universidad, investigación pública, empresa tecnológica y capacidad exportadora funcionando dentro de una misma cadena.
El resultado no se mide únicamente en papers científicos.
Se mide también en reactores vendidos al exterior.
Vaca Muerta y energía nuclear no son necesariamente competidores
La tentación de presentar gas y energía nuclear como dos modelos enfrentados puede resultar atractiva, pero es simplificadora.
Argentina necesitará durante décadas grandes volúmenes de gas para su consumo interno, su industria y eventualmente para exportar GNL.
Pero también necesita diversificar su matriz eléctrica y reducir la dependencia de combustibles fósiles.
La generación nuclear tiene una característica relevante: puede producir electricidad de manera continua con emisiones de carbono operativas muy reducidas.
La propia CNEA estima que las centrales nucleares argentinas evitan aproximadamente cinco millones de toneladas de CO₂ por año cuando operan plenamente.
En ese escenario, el gas puede funcionar como recurso de transición y exportación mientras la energía nuclear aporta generación firme y tecnología industrial de largo plazo.
La diferencia económica es todavía más interesante.
Vaca Muerta vende energía.
El sector nuclear puede vender energía, ingeniería y conocimiento.
La contradicción argentina
Argentina posee entonces una situación poco habitual.
Cuenta con una de las mayores reservas no convencionales de gas y petróleo del mundo y, simultáneamente, con un desarrollo nuclear acumulado durante más de siete décadas.
Tiene INVAP.
Tiene la CNEA.
Tiene el Instituto Balseiro.
Produce combustible nuclear.
Opera centrales.
Construye reactores de investigación.
Forma especialistas.
Y ya demostró que puede exportar tecnología.
La pregunta es por qué esa capacidad todavía ocupa un lugar secundario en la discusión sobre el futuro económico argentino.
La presentación realizada en Viena intenta modificar esa lógica.
El desafío, sin embargo, será mucho más difícil que presentar una estrategia ante el OIEA.
Argentina necesita continuidad presupuestaria, reglas regulatorias previsibles, financiamiento, formación de profesionales y una política exterior capaz de sostener contratos tecnológicos durante décadas.
Porque un reactor nuclear no se vende como un commodity.
Se vende con confianza tecnológica y política de largo plazo.
Del subsuelo al conocimiento
Durante los próximos años Vaca Muerta puede convertirse en una de las principales fuentes de dólares de la economía argentina.
Eso es una oportunidad extraordinaria.
Pero quizá el verdadero salto de desarrollo aparezca cuando el país consiga utilizar parte de esa riqueza para potenciar sectores capaces de exportar productos cuyo valor no está debajo del suelo sino en el conocimiento acumulado.
Argentina puede vender petróleo.
Puede vender gas.
Puede vender GNL.
Pero también puede vender reactores, radioisótopos, ingeniería, software de control, servicios nucleares y capacitación científica.
En Viena, Argentina volvió a recordar al mundo que sabe hacerlo.
Ahora falta demostrar que también puede convertir esa capacidad tecnológica en una política económica sostenida.


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