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La UBA alertó que casi la mitad de los jóvenes argentinos vive en condiciones de vulnerabilidad social

Más de 4,1 millones de personas de entre 18 y 29 años atraviesan privaciones económicas, educativas o habitacionales. Aunque casi siete de cada diez jóvenes vulnerables trabajan, predominan la informalidad, los bajos ingresos y los empleos de escasa calificación.
ACTUALIDAD29/07/2026NeuquenNewsNeuquenNews

Casi la mitad de los jóvenes argentinos de entre 18 y 29 años vive en condiciones de vulnerabilidad social. La estimación pertenece a una investigación del Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires, que identificó a 4.145.458 personas en esa situación, equivalentes al 48,9% de la población comprendida en esa franja etaria.

El informe, denominado Jóvenes vulnerables en la Argentina: condiciones de vida, creencias y expectativas sobre el futuro, advierte que la vulnerabilidad dejó de ser un fenómeno marginal y alcanza a una parte estructural de las nuevas generaciones. El estudio analiza la relación de los jóvenes con el empleo, la educación, las condiciones materiales de vida, la salud mental y sus expectativas para los próximos años. 

La falta de empleo constituye una de las manifestaciones más graves del problema, pero no es el único criterio utilizado por la investigación. La UBA considera vulnerables a las personas de entre 18 y 29 años cuyo máximo nivel educativo es primario completo o inferior y, dentro del resto de esa población, a quienes viven en hogares con privaciones económicas o estructurales.

Para establecer esas carencias se tomó como referencia el Índice de Privación Material de los Hogares del INDEC, que evalúa conjuntamente las dificultades económicas, las condiciones de la vivienda, el hacinamiento y el acceso a servicios y bienes básicos. 

Trabajar no garantiza salir de la vulnerabilidad

Uno de los principales resultados de la investigación es que la exclusión juvenil no se limita al desempleo. El 69,4% de los jóvenes vulnerables relevados manifestó estar trabajando, mientras que el 30,6% no tenía una ocupación al momento de responder la encuesta.

Este último porcentaje no debe interpretarse como una tasa oficial de desocupación. El grupo incluye tanto a quienes buscan empleo activamente como a quienes no trabajan y tampoco se encuentran realizando una búsqueda.

Entre los jóvenes que manifestaron no tener trabajo, la búsqueda reciente de empleo alcanzaba solamente a cuatro de cada diez. Para los investigadores, ese comportamiento permite observar procesos de desánimo y una creciente percepción de que el mercado laboral dejó de ser un espacio accesible de integración y progreso. 

La situación tampoco es favorable para la mayoría de quienes consiguieron una ocupación. Solamente el 18,9% cuenta con un empleo registrado o parcialmente registrado. En cambio, el 75,9% trabaja sin registración o por cuenta propia, a través de changas, venta ambulante, comercio por internet u otras actividades independientes. Otro 5% se encuentra bajo el régimen de monotributo. 

Las ocupaciones se concentran principalmente en actividades de baja calificación y elevada informalidad. El comercio y la gastronomía reúnen al 28,5% de los trabajadores relevados, la construcción al 19,8% y las tareas de limpieza y cuidados al 11,2%. A ello se suma un 15,6% dedicado a ventas ambulantes, en ferias, desde la vivienda o por internet.

Los resultados muestran que, para una proporción considerable de jóvenes, conseguir trabajo ya no supone necesariamente acceder a estabilidad económica, cobertura social o perspectivas de crecimiento.

Los ingresos no alcanzan

La precariedad se refleja directamente en la economía cotidiana. Para el 56,9% de los jóvenes encuestados, los ingresos totales de sus hogares no son suficientes para llegar a fin de mes.

La situación es más desfavorable entre las mujeres: el 62,3% señaló que los recursos familiares resultan insuficientes, frente al 53% de los varones. 

La falta de registración laboral también repercute sobre el acceso a derechos básicos. Según la comunicación institucional difundida por la Universidad de Buenos Aires, el 78% de los jóvenes vulnerables carece de obra social o cobertura médica privada y depende del sistema público de salud. 

Las dificultades se profundizan entre quienes presentan los mayores niveles de vulnerabilidad. En ese segmento, apenas el 0,5% dispone de un empleo registrado y más del 70% declara que los ingresos del hogar no alcanzan para cubrir los gastos mensuales.

Jóvenes que no trabajan, no estudian ni buscan empleo

El informe señala que el 19,1% de los jóvenes vulnerables no trabaja ni estudia. Se trata de casi dos de cada diez personas dentro de la población analizada.

La comunicación oficial de la UBA identifica, dentro de quienes no trabajan ni estudian, a un tercio que tampoco busca empleo. La Universidad denomina a este sector como los “Triple Ni”: jóvenes que quedaron desvinculados simultáneamente de la educación, del trabajo y de la búsqueda de una oportunidad laboral. 

Según Juan Cruz Esquivel, director de la investigación, esa desconexión evidencia una ruptura de las expectativas de progreso, en la que el mercado laboral deja de ser percibido como un espacio de inclusión posible.

La ausencia de una búsqueda activa no significa necesariamente falta de interés por trabajar. Puede estar asociada con experiencias reiteradas de rechazo, escasez de oportunidades, responsabilidades familiares, dificultades de traslado o la convicción de que no se encontrará una ocupación adecuada.

La educación conserva su valor, pero tres de cada cuatro no estudian

El 60,5% de los jóvenes vulnerables no terminó la escuela secundaria o posee un nivel educativo inferior. Al momento del relevamiento, solamente el 24,8% continuaba estudiando, mientras que el 75,2% manifestó que no cursaba actualmente ninguna instancia educativa. 

El dato no implica necesariamente que todos hayan abandonado o interrumpido una carrera o un nivel educativo. Indica, estrictamente, que tres de cada cuatro jóvenes vulnerables no se encontraban estudiando cuando fueron consultados.

Pese a esa desvinculación, la educación continúa siendo percibida como una herramienta de movilidad social. El 85,7% considera que estudiar podría mejorar su calidad de vida.

Entre los obstáculos mencionados para alcanzar sus principales objetivos durante los próximos cinco años, el 40,7% señaló la falta de dinero y el 30,5% la falta de oportunidades. Estas respuestas no se refieren exclusivamente a la continuidad educativa, sino al conjunto de proyectos personales consultados por la investigación.

Conseguir trabajo y acceder a una vivienda, las principales aspiraciones

Al ser consultados sobre sus expectativas para los próximos cinco años, el 31,9% de los jóvenes vulnerables señaló como principal objetivo conseguir trabajo o mejorar el empleo que ya posee.

Otro 29,8% manifestó que aspira a acceder a una vivienda propia, mientras que el 15,2% pretende estudiar más, terminar sus estudios o iniciar una carrera. Formar una familia apareció como objetivo prioritario para poco más del 4% de los encuestados.

Las respuestas muestran que las necesidades laborales, económicas y habitacionales ocupan el centro de las preocupaciones juveniles. La urgencia por conseguir ingresos y estabilidad desplaza proyectos personales que, en otras condiciones, podrían tener mayor relevancia.

Ansiedad, depresión y consumos problemáticos

La vulnerabilidad social también atraviesa la salud mental. Más del 70% de los jóvenes relevados manifestó experimentar con frecuencia nerviosismo o ansiedad, mientras que alrededor de la mitad reconoció atravesar episodios de tristeza, desgano o síntomas compatibles con la depresión.

A su vez, cerca del 30% admitió dificultades para controlar el consumo de alcohol, tabaco u otras sustancias. La investigación señala que esos malestares no pueden separarse de la incertidumbre económica, la precariedad laboral, las trayectorias educativas incompletas y la falta de perspectivas. 

Los datos oficiales confirman la brecha laboral juvenil

Los resultados de la UBA se corresponden con las dificultades registradas por las estadísticas laborales oficiales. Durante el primer trimestre de 2026, la tasa general de desocupación fue del 7,8% en los 31 aglomerados urbanos relevados por el INDEC.

Entre los jóvenes de 14 a 29 años, la desocupación alcanzó el 15,5% en las mujeres y el 14,6% en los varones, prácticamente el doble del promedio general.

La desigualdad también aparece en el acceso al empleo. Solamente el 35,9% de las mujeres de 14 a 29 años se encontraba ocupado, frente al 44,5% de los varones de la misma edad.

Al mismo tiempo, la tasa general de informalidad laboral llegó al 44,2%, con un aumento de 2,2 puntos porcentuales respecto del primer trimestre de 2025. 

Los universos analizados por ambas instituciones no son idénticos. La investigación de la UBA estudió específicamente a jóvenes vulnerables de 18 a 29 años, mientras que los indicadores laborales del INDEC comprenden al conjunto de la población de 14 a 29 años. Sin embargo, ambos relevamientos muestran que las dificultades de inserción afectan con especial intensidad a las nuevas generaciones.

La pobreza también golpea más a los jóvenes

La vulnerabilidad registrada por la UBA encuentra otro correlato en los indicadores de pobreza. Durante el segundo semestre de 2025, el 32,6% de las personas de entre 15 y 29 años vivía en hogares ubicados por debajo de la línea de pobreza.

El porcentaje superó el promedio del 28,2% correspondiente al conjunto de la población relevada por la Encuesta Permanente de Hogares. 

Esto significa que, aun cuando los indicadores generales mostraron una reducción respecto del semestre anterior, la incidencia de la pobreza continuó siendo más elevada entre los jóvenes.

Una vulnerabilidad multidimensional

La investigación se basó en una encuesta presencial realizada a 1.002 jóvenes vulnerables de entre 18 y 29 años residentes en los principales aglomerados urbanos de la Argentina. El trabajo de campo se desarrolló entre diciembre de 2025 y enero de 2026 mediante un muestreo polietápico estratificado por regiones. 

El dato central del 48,9% fue construido a partir de la definición de vulnerabilidad aplicada por el estudio al conjunto de la población juvenil. La encuesta permitió posteriormente profundizar sobre las condiciones laborales, educativas, económicas y subjetivas de quienes integran ese universo.

La investigación expone una realidad que no puede explicarse solamente por la falta de empleo. La vulnerabilidad juvenil combina desocupación, informalidad, ingresos insuficientes, dificultades habitacionales, baja escolaridad, pérdida de expectativas y deterioro de la salud mental.

El escenario plantea la necesidad de políticas coordinadas de empleo registrado, terminalidad educativa, capacitación profesional, vivienda, protección social y atención sanitaria. Sin respuestas integrales, millones de jóvenes continuarán ingresando en la vida adulta sin estabilidad y con posibilidades cada vez más limitadas de proyectar un futuro diferente.

Fuente: UBA

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