
Mundial 2026: la fiesta del fútbol con palco VIP y fronteras selectivas
NeuquenNewsCada cuatro años el fútbol promete lo mismo: detener el tiempo. Durante un mes, millones de personas dejan en suspenso sus preocupaciones cotidianas para compartir una emoción común. Las fronteras parecen desdibujarse, los idiomas se mezclan en las tribunas y una pelota logra algo que pocas cosas consiguen en el siglo XXI: generar una conversación verdaderamente global.
Sin embargo, detrás de esa postal romántica que acompaña a cada Copa del Mundo aparece otra realidad menos visible. El Mundial 2026, con sede compartida por Estados Unidos, México y Canadá, vuelve a poner en evidencia una pregunta incómoda: ¿el campeonato más importante del planeta sigue perteneciendo a los pueblos o se ha transformado definitivamente en un producto destinado a quienes pueden pagarlo —y a quienes tienen el pasaporte adecuado?
La pregunta no es retórica. Cuando este sábado a las 23 horas, en el AT&T Stadium de Dallas, la Selección Argentina enfrente a Jordania para cerrar la fase de grupos —ya con la clasificación a dieciseisavos asegurada como primera del Grupo J tras vencer 3-0 a Argelia y 2-0 a Austria—, la transmisión llegará a una audiencia global que la FIFA estima sin precedentes. Pero a ese encuentro no llegarán muchos de los hinchas que habrían querido estar ahí.
Las cifras del mayor negocio del deporte
Conviene empezar por los números, porque ningún análisis honesto puede prescindir de ellos. La FIFA proyecta ingresos por 8.911 millones de dólares durante 2026, una cifra sin precedentes impulsada por la expansión del torneo a 48 selecciones y 104 partidos. Los derechos de televisión seguirán siendo la principal fuente de ingresos: el organismo calcula que recaudará 3.925 millones de dólares por este concepto, equivalente al 44 por ciento del total previsto para el año. A esa partida se suma la venta de entradas y los servicios preferentes u hospitalidad, con ingresos estimados en 3.017 millones de dólares.
Para dimensionar el salto: según las proyecciones oficiales de la FIFA, al finalizar el ciclo entre mundiales 2023-2026, los ingresos totales superarían en un 72 por ciento al anterior (2019-2022). La organización que dirige Gianni Infantino, que insiste en presentarse como una entidad sin fines de lucro, encadena así su récord histórico de facturación.
El éxito comercial encontró respaldo en la demanda. La FIFA recibió más de 500 millones de solicitudes de entradas para 2026, en comparación con menos de 50 millones en total para los Mundiales de 2018 y 2022. Y los estadios, al menos en su mayoría, están respondiendo: en los primeros seis días de competencia asistieron 1.309.652 personas, con una media de 65.483 hinchas por partido. Cuando finalice la fase de grupos, según se estima, el torneo superará la asistencia acumulada de 3,5 millones de espectadores establecida en el Mundial de 1994.

El precio de la pasión
La pregunta es a qué costo se construyó esa demanda. La entrada más barata en el MetLife Stadium para la final del Mundial 2026 cuesta más de 4.000 dólares, mientras que los precios más bajos para algunos partidos de la fase de grupos oscilan entre 120 y 265 dólares. La comparación con la propia historia del torneo es elocuente: la última vez que Estados Unidos fue sede del Mundial, en 1994, los precios oscilaron entre 25 y 475 dólares. En Qatar 2022, entre aproximadamente 70 y 1.600 dólares.
Por primera vez en la historia de una Copa del Mundo, la FIFA implementó el sistema de precios dinámicos, el modelo que utilizan las aerolíneas y plataformas de reventa estadounidenses. Los precios de 90 de los 104 partidos aumentaron en promedio un 34 por ciento entre octubre de 2025 y abril de 2026. El boleto estándar más barato para la final alcanzó la cifra de 5.785 dólares. Los asientos más caros llegaron a un máximo de 10.990 dólares antes de triplicarse nuevamente. En la plataforma oficial de reventa de la FIFA se llegaron a ofrecer cuatro entradas para la final a más de dos millones de dólares cada una.
La reacción no se hizo esperar. Football Supporters Europe, la principal organización de hinchas del continente, calificó la estructura de precios como extorsiva y de traición monumental. Junto con la plataforma de defensa del consumidor Euroconsumers, presentó una denuncia oficial ante la Comisión Europea, acusando a la entidad de abusar de su posición monopólica para imponer precios excesivos y reglas opacas. La denuncia sigue su curso.
Infantino defendió el modelo con un argumento de mercado: “Si lo vendieras a un precio más bajo, en este mercado en particular se habría revendido, lo cual es perfectamente legal en este país… en mercados secundarios a precios mucho, mucho, mucho más altos, ¿y a dónde iría ese dinero entonces? Pues, a quienes organizan mercados secundarios o actividades del mercado negro y no al fútbol”, planteó el jerarca suizo.
Pero hubo un dato que el organismo no pudo ocultar. A principios de junio, el ente rector redujo discretamente los precios en los 104 partidos y liberó el 70 por ciento de sus habitaciones de hotel reservadas en bloque, en lo que parecía ser un último esfuerzo por llenar los asientos. La paradoja se hizo visible en la jornada inaugural: mientras el Estadio Azteca rebasaba los 80.000 espectadores para el debut de México, en el Akron de Guadalajara, durante el Corea del Sur–República Checa, se vieron amplias zonas con asientos rojos vacíos pese a una asistencia oficial cercana a la capacidad. En el AT&T Stadium de los Dallas Cowboys, los asientos VIP junto al campo que no se habían vendido fueron ocupados por voluntarios.
Fronteras selectivas
Si el dinero opera como un filtro económico, en esta edición apareció otro filtro aún más severo. La administración estadounidense había firmado, en mayo de 2018 durante el proceso de la candidatura conjunta, garantías escritas de que todos los profesionales y aficionados elegibles ingresarían a Estados Unidos sin discriminación. La realidad fue otra.
En 19 países, el Departamento de Estado suspendió por completo la emisión de visas. Entre las naciones afectadas figuran al menos cuatro selecciones clasificadas al Mundial: Irán, Haití, Senegal y Costa de Marfil, cuyos aficionados, o la mayoría de ellos, no pudieron viajar para acompañar a sus selecciones. A finales de marzo, la administración fue más lejos y exigió una fianza de entre 5.000 y 15.000 dólares para los ciudadanos de varios países que quisieran entrar al territorio, entre ellos Argelia, Cabo Verde, Costa de Marfil, Senegal y Túnez. El dato no es menor para los lectores argentinos: Argelia, primer rival de la Albiceleste, jugó su debut sin parte de su hinchada.
Los testimonios cierran el cuadro. “Los aficionados han renunciado a viajar porque Estados Unidos no quiere ver a aficionados de ciertos países como Costa de Marfil en su territorio”, dijo Julien Kouadio Adonis, presidente del Comité Nacional de Aficionados de los Elefantes.
El impacto alcanzó al propio personal del torneo. El árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, considerado el mejor juez africano del año pasado, llegó a Miami con visa diplomática y fue interrogado durante once horas, llevado a una celda de detención y luego embarcado en un vuelo de regreso sin explicaciones.
La selección de Senegal fue requisada en plena pista de aterrizaje, uno por uno, antes de subir al avión. La de Uzbekistán fue interceptada con perros y detectores de metales al bajar del micro que la llevaba a un amistoso. Aymen Hussein, estrella de Irak, estuvo siete horas detenido en el aeropuerto O'Hare de Chicago. Cuarenta y dos hinchas marroquíes vieron denegadas sus visas a pesar de tener entradas compradas y hoteles reservados.
A las restricciones se sumó otro elemento polémico. El Departamento de Seguridad Interior confirmó que durante los 38 días que durará el Mundial, y en las once ciudades estadounidenses donde habrá partidos, habrá agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y de la Patrulla Fronteriza desplegados en las inmediaciones de los estadios. La medida desencadenó la campaña ciudadana No Ice In The Cup, impulsada por artistas e ilustradores de diez de las once sedes anfitrionas.
Hasta Amnistía Internacional intervino. “El Gobierno estadounidense ha deportado a más de 500.000 personas desde Estados Unidos en 2025: casi ocho veces el número de personas que asistirán a la final de la Copa Mundial en el Estadio MetLife”, declaró Steve Cockburn, representante del organismo, al describir el contexto como una emergencia de derechos humanos.
Sanciones a la carta: el doble rasero de la FIFA
Conviene detenerse en un punto que rara vez aparece en la cobertura comercial del torneo. La FIFA y la UEFA suspendieron a las selecciones y clubes rusos el 28 de febrero de 2022, apenas cuatro días después del inicio de la invasión a Ucrania. La velocidad de la decisión fue presentada entonces como un acto de coherencia ética: el fútbol no podía permanecer ajeno a la realidad sociopolítica internacional. Cuatro años más tarde, Rusia continúa fuera del Mundial 2026 y se ha perdido ya dos Copas del Mundo, una Eurocopa y dos ediciones de la Nations League. El propio Infantino, sin embargo, declaró este año a la cadena británica Sky que el veto debería levantarse porque “no ha conseguido nada”.
El contraste con la situación de Israel es difícil de pasar por alto. Desde el inicio de la ofensiva sobre la Franja de Gaza en 2023 —que organismos internacionales de derechos humanos han calificado de catastrófica, con decenas de miles de víctimas civiles y una infraestructura sanitaria, escolar y habitacional sistemáticamente destruida—, la Federación de Fútbol Palestina y varias federaciones europeas pidieron formalmente la suspensión de Israel de las competiciones. La FIFA aplazó la decisión en múltiples ocasiones. La diferencia de tratamiento con el caso ruso resulta evidente: lo que demoró cuatro días en una situación lleva más de dos años de postergación en la otra.
El antecedente que mejor expone la lógica del organismo es el de Indonesia. En 2023, la FIFA le retiró la sede del Mundial Sub-20 después de que el gobernador de Bali pidiera no permitir la participación de la selección israelí. Es decir, el ente rector sancionó al país anfitrión por plantear una objeción política, mientras se niega a aplicar a Israel los criterios que aplicó a Rusia. La asimetría no es deportiva: es política.
A esto se suma un dato que rara vez se menciona en las transmisiones oficiales. El 5 de diciembre de 2025, durante la ceremonia del sorteo, Infantino le entregó a Donald Trump un improvisado “Premio de la Paz” de la FIFA. Tres meses después, en marzo de 2026, la organización FairSquare presentó una denuncia ante el Comité Ético del propio organismo, acusando al presidente de la entidad de vulnerar el principio de neutralidad política hasta en cuatro ocasiones distintas, todas vinculadas a muestras públicas de apoyo al mandatario estadounidense. El mismo Infantino que pide silencio sobre las políticas migratorias del país anfitrión hizo silencio cuando ese país atacó instalaciones iraníes en febrero, y volvió a hacer silencio cuando bombardeó territorio venezolano. Frente a Rusia, la solidaridad fue inmediata; frente a otros conflictos, la prudencia es absoluta.
La conclusión no requiere demasiada ingeniería: la FIFA no aplica un criterio universal de neutralidad ni de coherencia ética. Aplica criterios de poder. Sanciona cuando el sancionado no tiene cómo defenderse económicamente o cuando hacerlo coincide con la agenda de los mercados que financian el torneo. Y se abstiene cuando el sancionado es un aliado estratégico de quien ocupa la sede principal del próximo gran negocio.

Un Mundial inclusivo, pero ¿para quién?
La ampliación del torneo a 48 selecciones fue presentada como un paso hacia una mayor inclusión. Más países tienen ahora la posibilidad de participar y representar a sus pueblos en la máxima competencia internacional. La bolsa de premios también creció: el fondo total este año es de 655 millones de dólares, 225 millones más que en Qatar 2022.
Sin embargo, la contradicción es difícil de eludir. “Veo el Mundial de 2026 como una enorme paradoja. Por un lado, tiene más selecciones participantes que nunca. Por otro, debido a las políticas de la administración Trump, parece más un Mundial de exclusión que de inclusión”, sostuvo Jules Boykoff, profesor universitario y autor del libro Tarjeta Roja.
La pregunta resulta inevitable: ¿qué sentido tiene un Mundial más abierto si una parte importante de los aficionados de los países clasificados no puede estar presente para acompañar a sus equipos?
La esencia del fútbol nunca estuvo únicamente dentro del campo de juego. También habita en las caravanas improvisadas, en los viajes interminables, en los cánticos compartidos entre desconocidos y en las historias de quienes cruzan océanos para ver noventa minutos de un partido. Cuando esa posibilidad queda reservada a una minoría que cuenta con el pasaporte adecuado y con varios miles de dólares disponibles, algo de la identidad histórica del torneo parece perderse.
El espejo del mundo
Los mundiales suelen funcionar como un espejo de la sociedad global. En ellos aparecen las mismas desigualdades económicas, las mismas tensiones culturales y las mismas disputas políticas que atraviesan al planeta. El fútbol no está aislado de esas dinámicas; las reproduce y, a veces, las amplifica.
Por eso las críticas a este Mundial exceden el ámbito deportivo. Hablan de un mundo donde la movilidad internacional depende cada vez más de los recursos disponibles y del color del pasaporte, donde la experiencia de los grandes eventos se vuelve progresivamente exclusiva, y donde los organismos que pretenden encarnar la universalidad del deporte aplican sus principios según conveniencia política y comercial.
Nada de esto elimina la magia del torneo. Los goles de Lionel Messi —que con su doblete ante Austria se convirtió, a los 38 años, en el máximo goleador histórico de las Copas del Mundo con 18 tantos, superando al alemán Miroslav Klose— recuerdan que el espectáculo todavía existe y todavía emociona. Los estadios llenos, las caravanas, los hinchas argentinos cantando en Kansas City o en Dallas, las banderas mexicanas inundando el Azteca, son escenas que justifican por sí solas la existencia de la Copa del Mundo.
Pero quizás la verdadera discusión no sea si el Mundial continúa siendo una fiesta. Lo sigue siendo. La cuestión es preguntarse para quiénes está pensada esa fiesta, cuántos quedan afuera de ella, y por qué un organismo que se define como guardián de la universalidad del fútbol elige tan cuidadosamente cuándo aplicar sus principios y cuándo guardarlos en el cajón.
Porque si el fútbol pretende seguir siendo el deporte más universal del planeta, deberá encontrar la forma de que la pasión vuelva a tener más peso que la billetera, que el sello de un consulado y que los intereses geopolíticos del anfitrión de turno. Y esa es una tarea que ningún campeón, por más goles que haga, podrá resolver dentro de la cancha.


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