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Israel e Irán: el riesgo improbable, pero ya no impensable, de una escalada nuclear

El aislamiento internacional, el proceso diplomático entre Washington y Teherán y la radicalización del gobierno israelí vuelven a colocar una pregunta extrema sobre la mesa: no si Israel usará armas nucleares mañana, sino qué tan lejos está dispuesto a llevar su doctrina de “amenaza existencial”.
INTERNACIONALES21/06/2026NeuquenNewsNeuquenNews

Durante décadas, Israel construyó buena parte de su política regional sobre una idea central: está rodeado de enemigos que amenazan su existencia y, por lo tanto, se reserva el derecho de actuar antes, más lejos y con mayor violencia que cualquier otro Estado. Esa lógica no nació con la guerra de Gaza ni con el actual conflicto con Irán. Tiene raíces profundas en la doctrina militar israelí, en su política de seguridad y en una experiencia histórica marcada por el Holocausto, la guerra permanente y la percepción de aislamiento.

Pero en los últimos años esa noción de “amenaza existencial” dejó de funcionar solamente como un principio defensivo. Bajo el gobierno más extremo de la historia israelí reciente, se transformó en un instrumento político capaz de justificar bombardeos preventivos, ocupación territorial, destrucción de infraestructura civil, desplazamientos forzados y una violencia cada vez más difícil de distinguir de una doctrina de limpieza étnica.

Ese es el dato central para analizar el riesgo actual frente a Irán

La pregunta no es únicamente si Israel tiene capacidad nuclear. Israel nunca reconoció oficialmente poseer armas atómicas, pero los principales centros internacionales especializados estiman que cuenta con unas 90 ojivas nucleares y material fisible para producir más. La verdadera pregunta es otra: si un Estado con capacidad nuclear estimada, gobernado por una coalición ultranacionalista, religiosa y colonial, puede llegar a interpretar una negociación entre Estados Unidos e Irán como una amenaza intolerable para su propia estrategia regional.

La respuesta obliga a distinguir dos planos. Un ataque nuclear israelí contra Irán sigue siendo improbable en términos estratégicos. Pero el riesgo de una escalada convencional, encubierta o incluso de una amenaza nuclear velada es alto. Y es alto porque Israel ha demostrado, especialmente en Gaza y en el sur del Líbano, que su actual dirigencia está dispuesta a cruzar límites que hasta hace pocos años parecían políticamente inaceptables.

Irán como amenaza permanente

Israel lleva décadas presentando a Irán como una amenaza existencial. Esa lectura se consolidó con la llamada Doctrina Begin, formulada tras el bombardeo israelí al reactor nuclear iraquí de Osirak en 1981. El principio es simple: Israel no permitirá que un Estado enemigo de la región adquiera capacidad nuclear militar, aun si para impedirlo debe atacar de manera preventiva.

Esa doctrina reapareció una y otra vez frente a Irán. Benjamin Netanyahu la convirtió en una causa personal. En Naciones Unidas, en el Congreso de Estados Unidos y en cada foro internacional disponible, presentó el programa nuclear iraní como el punto de no retorno para la supervivencia de Israel. Desde esa mirada, cualquier acuerdo diplomático que no desmantele por completo la capacidad nuclear iraní es leído como una concesión peligrosa.

Por eso, una negociación entre Estados Unidos e Irán no necesariamente tranquiliza a Israel. Puede producir el efecto contrario: la sensación de que Washington empieza a administrar el conflicto por su cuenta y que Jerusalén pierde control sobre el ritmo de los acontecimientos.

Ese es el trasfondo del momento actual. Mientras Washington y Teherán intentan construir una salida diplomática que incluya el programa nuclear iraní, el Líbano y la seguridad del estrecho de Ormuz, Israel queda fuera de la mesa central. Para un gobierno acostumbrado a condicionar la política estadounidense en Medio Oriente, esa exclusión no es un detalle menor.

La diplomacia puede ser vista por Israel como una oportunidad de desescalada. Pero también puede ser interpretada como una amenaza: si Estados Unidos logra un arreglo con Irán, Netanyahu pierde uno de sus principales argumentos políticos internos y externos. Irán dejaría de ser solamente el enemigo absoluto y pasaría a ser un actor con el que Washington negocia.

El problema no es solo la capacidad nuclear

Israel no admite ni niega tener armas nucleares. Esa ambigüedad forma parte de su doctrina de disuasión. Sin embargo, Arms Control Association estima que posee unas 90 ojivas y material fisible para unas 200 armas. El Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz, SIPRI, también incluye a Israel entre los nueve Estados con armas nucleares y advierte que el mundo atraviesa una etapa de mayor riesgo de escalada y errores de cálculo.

Desde el punto de vista estrictamente militar, Israel podría contemplar escenarios nucleares de último recurso. Pero usar un arma nuclear contra Irán implicaría cruzar un umbral histórico que no se cruza desde Hiroshima y Nagasaki. Convertiría a Israel en un Estado paria en una escala inédita, destruiría buena parte de la arquitectura internacional que todavía lo protege y pondría a Estados Unidos en una posición diplomática casi imposible de sostener.

Además, un ataque nuclear contra Irán no resolvería necesariamente el problema estratégico. Podría destruir instalaciones, pero también desatar una carrera nuclear regional, empujar a otros Estados de Medio Oriente a buscar su propio arsenal y convertir a Irán, o a lo que quedara de su régimen, en el centro de una guerra prolongada de venganza.

Por eso, el escenario más probable no es un ataque nuclear directo. Israel tiene todavía una enorme capacidad convencional: aviación de largo alcance, inteligencia, ciberoperaciones, asesinatos selectivos, sabotaje, operaciones especiales y apoyo logístico occidental. Antes de cruzar el umbral nuclear, tiene muchas herramientas para intentar condicionar o sabotear un acuerdo entre Washington y Teherán.

Pero descartar completamente el riesgo sería ingenuo. El problema no es solo técnico. Es político, ideológico y doctrinario.

Gaza: la amenaza existencial como permiso para arrasar

La guerra en Gaza mostró hasta qué punto la dirigencia israelí actual puede usar el lenguaje de la amenaza existencial para justificar una destrucción masiva de la vida civil. Desde el ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023, Israel presentó su ofensiva como una guerra de supervivencia nacional. Pero el resultado fue la devastación de la Franja, el desplazamiento de casi toda su población, el colapso sanitario, la destrucción sistemática de viviendas, hospitales, escuelas, universidades, redes de agua y estructuras básicas de subsistencia.

La Corte Internacional de Justicia todavía no dictó una sentencia final sobre la acusación de genocidio presentada por Sudáfrica. Pero sí ordenó medidas provisionales y reconoció la necesidad de proteger a la población palestina de Gaza frente al riesgo de actos prohibidos por la Convención contra el Genocidio.

Luego, organismos internacionales y organizaciones de derechos humanos fueron más lejos. La Comisión Internacional Independiente de Investigación de Naciones Unidas concluyó en 2025 que Israel cometió genocidio contra los palestinos en Gaza. Amnistía Internacional sostuvo que la ofensiva israelí constituye genocidio. Human Rights Watch habló de exterminio y actos de genocidio vinculados, entre otras cosas, a la privación deliberada de agua.

Israel rechaza esas acusaciones y sostiene que actúa en defensa propia contra Hamas. Pero el volumen de destrucción, las declaraciones deshumanizantes de altos funcionarios y la política de desplazamiento masivo ya no pueden ser analizadas como simples daños colaterales de una operación militar convencional.

Lo que se observa en Gaza es una doctrina de eliminación territorial: hacer inhabitable el espacio, destruir las condiciones materiales de retorno y forzar a una población entera a vivir entre ruinas, hambre, enfermedad y desplazamiento.

Ese patrón importa para analizar Irán porque muestra que el Estado israelí actual no se limita a neutralizar amenazas militares. También reconfigura territorios mediante la violencia.

Líbano: ocupación, zonas vaciadas y destrucción de retorno

En Líbano, el cuadro jurídico no es idéntico al de Gaza. No hay, al menos hasta ahora, una determinación internacional equivalente sobre genocidio contra la población libanesa. Pero sí existe una política documentada de destrucción, ocupación parcial, desplazamiento forzado y creación de zonas de seguridad bajo control israelí.

Las operaciones israelíes en el sur del Líbano han producido miles de muertos, aldeas vaciadas, destrucción de viviendas e imposibilidad de retorno para amplios sectores de la población. Funcionarios israelíes anunciaron la destrucción de viviendas en zonas cercanas a la frontera y la imposibilidad de retorno de desplazados mientras Israel no considere garantizada su seguridad en el norte.

El argumento vuelve a ser el mismo: seguridad, amenaza, supervivencia. Pero el efecto territorial es claro: expulsión de hecho, destrucción de condiciones de vida y ocupación de áreas bajo justificación militar.

Allí aparece una continuidad con Gaza: el territorio del otro se vuelve una zona sacrificable. La población civil queda subordinada a una lógica de ingeniería militar y demográfica. Si no abandona, queda expuesta a la destrucción. Si abandona, puede no tener a dónde volver.

Esa es una forma de limpieza territorial aunque la diplomacia occidental evite nombrarla de ese modo.

El extremismo como dato estratégico

El fanatismo no debe analizarse como un exceso verbal ni como un rasgo folclórico de algunos ministros israelíes. En geopolítica, el extremismo en el poder modifica los cálculos de riesgo. Cambia qué se considera aceptable, qué se presenta como inevitable y qué niveles de destrucción se justifican ante la propia sociedad.

El actual bloque gobernante israelí incorpora sectores que no ocultan su proyecto de expansión territorial, supremacía étnico-religiosa y negación práctica del derecho palestino a existir como sujeto político nacional. No es solamente una derecha dura. Es una coalición donde conviven militarismo, colonización, fundamentalismo religioso y una visión abiertamente jerárquica de la vida humana.

Desde esa mirada, Gaza no es solo un campo de batalla. Es un problema demográfico. Cisjordania no es territorio ocupado. Es tierra bíblica en disputa. El sur del Líbano no es solamente una frontera insegura. Es una zona que debe ser vaciada para proteger a Israel. E Irán no es solamente un adversario regional. Es el rostro exterior de una amenaza absoluta que debe ser neutralizada.

Cuando un Estado con capacidad nuclear estimada piensa de ese modo, el riesgo estratégico aumenta.

No porque vaya a lanzar mañana una bomba nuclear. Eso sigue siendo improbable. Pero sí porque se reduce el peso de los frenos morales, jurídicos y diplomáticos. La guerra deja de ser un último recurso y pasa a ser una forma permanente de organización política.

El aislamiento puede moderar o radicalizar

El aislamiento internacional de Israel es creciente. La causa por genocidio ante la Corte Internacional de Justicia, las órdenes de arresto de la Corte Penal Internacional contra Netanyahu y su exministro de Defensa Yoav Gallant, las acusaciones de organismos de derechos humanos y el rechazo global a la devastación de Gaza han deteriorado severamente la posición diplomática israelí.

Sin embargo, el aislamiento no siempre modera. En algunos casos, radicaliza.

Un gobierno que se percibe sitiado puede usar el rechazo internacional como confirmación de su propio relato: “el mundo está contra nosotros”, “nadie entiende nuestra amenaza”, “solo podemos confiar en nuestra fuerza”. Esa narrativa tiene una enorme potencia dentro de Israel, porque conecta con traumas históricos reales, pero también puede ser manipulada para justificar crímenes actuales.

Netanyahu ha sobrevivido políticamente durante años presentándose como el único dirigente capaz de garantizar la seguridad israelí frente a enemigos externos, presiones internacionales y supuestas debilidades internas. Una negociación entre Estados Unidos e Irán amenaza ese lugar. Si Washington avanza sin Israel, Netanyahu queda obligado a elegir entre aceptar una realidad diplomática que no controla o intentar sabotearla mediante hechos consumados.

El escenario más probable: más guerra, no una bomba

Con los datos disponibles, el escenario más probable no es un ataque nuclear israelí contra Irán. Es una escalada convencional o encubierta.

Israel podría intensificar ataques contra objetivos iraníes en Siria, Líbano o incluso dentro de Irán. Podría promover operaciones de sabotaje contra infraestructura nuclear, energética o militar. Podría ejecutar asesinatos selectivos de científicos, jefes militares o funcionarios vinculados al programa nuclear. Podría presionar al Congreso estadounidense, filtrar inteligencia o construir una campaña mediática para presentar el acuerdo con Irán como una rendición de Washington.

También podría profundizar la ocupación del sur libanés y usar la presión sobre Hezbollah como forma indirecta de condicionar a Teherán.

Ese escenario es mucho más plausible que el nuclear. Pero no es menos grave. Una cadena de ataques, represalias, errores de cálculo y provocaciones puede empujar la región hacia un punto donde los actores pierdan control de la escalada.

La historia muestra que las guerras no siempre avanzan por decisión racional completa. Muchas veces escalan por acumulación de actos parciales que cada parte considera manejables hasta que dejan de serlo.

El riesgo nuclear es bajo, pero no inexistente

Un ataque nuclear israelí contra Irán solo parece imaginable bajo condiciones extremas: una percepción israelí de derrota estratégica irreversible, una ruptura profunda con Estados Unidos, una evaluación de que Irán está a punto de adquirir o usar armas nucleares, o un ataque masivo contra Israel que sea leído como amenaza real de destrucción estatal.

Ese escenario hoy no parece el más probable. Pero tampoco puede descartarse como fantasía. Israel posee capacidad nuclear estimada, mantiene una doctrina de ambigüedad, se considera habilitado para actuar preventivamente y está gobernado por sectores que ya demostraron una disposición alarmante a naturalizar la destrucción de poblaciones enteras bajo el argumento de la seguridad.

La pregunta nuclear, entonces, no debe formularse como si Israel fuera un actor puramente racional y contenido por el derecho internacional. Debe formularse a partir de lo que Israel viene haciendo.

Y lo que Israel viene haciendo en Gaza y en Líbano muestra una doctrina cada vez más peligrosa: convertir la amenaza existencial en permiso para destruir al otro, expulsarlo o impedirle regresar.

Una doctrina sin límite visible

El punto decisivo es este: la “amenaza existencial” dejó de ser una categoría excepcional y se convirtió en una herramienta de gobierno. Sirve para bombardear Gaza, para ocupar territorios, para desplazar poblaciones, para desafiar a tribunales internacionales, para desobedecer reclamos humanitarios, para sostener asentamientos ilegales y para justificar ataques preventivos.

Si esa misma lógica se aplica a Irán, el mundo enfrenta un problema de enorme gravedad. No porque el uso nuclear sea probable, sino porque el umbral de la violencia aceptable se ha desplazado.

Israel todavía depende de Estados Unidos, todavía calcula costos, todavía necesita alianzas y todavía sabe que cruzar el umbral nuclear puede destruir su legitimidad internacional de manera irreversible. Esos son frenos reales.

Pero del otro lado hay una dirigencia que ha demostrado que los frenos humanitarios pesan poco cuando se enfrenta a poblaciones árabes o musulmanas presentadas como amenaza. Ese dato no puede quedar fuera del análisis.

La guerra en Gaza no fue solo una respuesta militar. Fue una señal del tipo de mundo que el extremismo israelí está dispuesto a construir: uno donde la seguridad de Israel se impone sobre la vida, el territorio, el derecho y la existencia política de pueblos enteros.

Frente a Irán, esa doctrina puede no desembocar en una bomba nuclear. Pero puede desembocar en algo también devastador: una guerra regional permanente, con Estados Unidos arrastrado por su aliado, con el Líbano convertido en zona de sacrificio, con Gaza destruida, con Irán incentivado a acelerar su propio disuasivo y con Medio Oriente empujado hacia una nueva etapa de proliferación, venganza y colapso diplomático.

La pregunta, entonces, no es si Israel puede usar armas nucleares mañana. La pregunta es cuántos límites más está dispuesto a cruzar un Estado que ya convirtió la defensa propia en doctrina de ocupación, expulsión y destrucción.

Y esa pregunta ya no pertenece solo a Medio Oriente. Pertenece al mundo entero.

Fuentes consultadas: Reuters; SIPRI; Arms Control Association; Corte Internacional de Justicia; Naciones Unidas; Amnistía Internacional; Human Rights Watch; The Jerusalem Post; The Times of Israel.

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