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La voz robada: el escándalo de la IA que clonó identidades sin permiso

La declaración de bancarrota de Lovo Inc., desarrolladora de la plataforma de voces sintéticas Genny, volvió a poner bajo la lupa una de las cuestiones más polémicas de la inteligencia artificial: el uso de voces humanas sin consentimiento para entrenar modelos capaces de replicarlas, comercializarlas y utilizarlas como si fueran propias.
18/06/2026NeuquenNewsNeuquenNews

La voz es mucho más que un sonido. Es identidad, biografía, emoción y presencia. Reconocemos a nuestros seres queridos por ella. Identificamos a un periodista en la radio, a un actor en una película o a un político en un discurso sin necesidad de verlo. Sin embargo, la inteligencia artificial ha llegado a un punto en el que puede replicar una voz humana con una precisión sorprendente, abriendo una pregunta inquietante: ¿qué ocurre cuando esa voz es utilizada sin permiso?

La discusión cobró nueva relevancia tras la declaración de bancarrota de la startup estadounidense Lovo Inc., una empresa dedicada a la generación de voces sintéticas mediante inteligencia artificial. El 27 de mayo de 2026 la compañía se acogió al Capítulo 7 de la ley de quiebras de Estados Unidos, iniciando un proceso de liquidación mientras enfrentaba una demanda colectiva presentada por actores y locutores que la acusaban de haber utilizado sus voces sin consentimiento para entrenar sistemas de inteligencia artificial y comercializar versiones digitales de ellas.

La promesa tecnológica y el problema ético

Las herramientas de clonación de voz permiten crear narraciones, doblajes, audiolibros, asistentes virtuales y contenidos audiovisuales sin necesidad de que una persona grabe cada palabra. Basta con disponer de muestras de voz para que un algoritmo aprenda patrones de pronunciación, entonación, pausas y matices emocionales.

Desde el punto de vista técnico, el avance es extraordinario. Desde el punto de vista ético, plantea desafíos enormes.

El conflicto aparece cuando esas muestras se obtienen mediante engaños o cuando los usos posteriores exceden los permisos otorgados por quienes prestaron su voz.

Paul Skye Lehrman y Linnea Sage

Eso es precisamente lo que sostienen los actores de voz Paul Skye Lehrman y Linnea Sage. Según la demanda presentada en Nueva York, ambos fueron contratados a través de la plataforma Fiverr para realizar grabaciones que supuestamente serían utilizadas en proyectos limitados de investigación y pruebas. Tiempo después descubrieron que sus voces habían sido transformadas en productos comerciales de inteligencia artificial vendidos a clientes de todo el mundo.

La voz de Lehrman se comercializaba bajo el nombre de "Kyle Snow", mientras que la de Sage aparecía como "Sally Coleman". Según la acusación, miles de usuarios podían utilizar esas voces sintéticas sin que los actores originales recibieran compensación ni tuvieran conocimiento de ello. 

La voz como propiedad

El caso expuso una laguna jurídica que afecta a numerosos países.

Las leyes tradicionales de propiedad intelectual fueron diseñadas para proteger obras, textos, canciones, películas o marcas comerciales. Pero una voz humana no encaja fácilmente en ninguna de esas categorías.

Un juez federal estadounidense permitió que avanzaran varias de las acusaciones vinculadas al uso comercial indebido de la identidad de los actores y a posibles incumplimientos contractuales. Sin embargo, rechazó buena parte de los reclamos basados en derechos de autor, al considerar que las características generales de una voz no están protegidas automáticamente por el copyright. 

El fallo dejó al descubierto una realidad incómoda: la tecnología avanza mucho más rápido que las leyes.

Hoy una inteligencia artificial puede copiar la voz de una persona a partir de unos pocos minutos de grabación. Puede hacerla decir frases que nunca pronunció. Puede utilizarla en campañas publicitarias, videos políticos o mensajes engañosos. Sin embargo, los marcos regulatorios todavía están intentando definir qué derechos tiene una persona sobre su propia identidad vocal.

Un problema que va más allá de los actores

Aunque el caso involucra a profesionales del doblaje y la locución, las implicancias son mucho más amplias.

Cada mensaje de WhatsApp, cada entrevista periodística, cada video publicado en redes sociales constituye potencialmente una fuente de datos para entrenar sistemas de inteligencia artificial.

La pregunta ya no es solamente qué sucede con las voces de actores famosos. La verdadera cuestión es qué ocurrirá con las voces de millones de personas comunes.

¿Podría una empresa construir una réplica digital de un periodista utilizando años de entrevistas públicas?

¿Podría clonarse la voz de un docente, un médico o un dirigente político para producir mensajes falsos?

Técnicamente, sí.

Y esa posibilidad ya no pertenece al terreno de la ciencia ficción.

El riesgo de la desinformación

La clonación de voces también representa una amenaza para la confianza pública.

Durante décadas una grabación de audio fue considerada una prueba relativamente sólida. Hoy ya no es así.

Las tecnologías de síntesis vocal permiten generar declaraciones completamente falsas con una calidad tan alta que incluso especialistas tienen dificultades para distinguirlas de una grabación auténtica.

La proliferación de estos sistemas preocupa especialmente a organismos electorales, medios de comunicación y especialistas en seguridad digital.

Un audio falso atribuido a un gobernador, un presidente o un empresario puede generar consecuencias económicas, políticas y sociales antes de que sea desmentido.

Por eso varios países comenzaron a debatir regulaciones específicas sobre el uso de voces sintéticas y la obligación de identificar contenidos generados por inteligencia artificial.

El valor humano de una voz

La quiebra de Lovo puede interpretarse como el fracaso empresarial de una startup tecnológica. Pero también simboliza algo más profundo: el choque entre la velocidad de la innovación y los derechos fundamentales de las personas.

La inteligencia artificial puede copiar palabras. Puede imitar tonos. Puede reproducir emociones aparentes.

Lo que todavía no puede crear es la historia que existe detrás de cada voz.

Una voz no es simplemente un conjunto de frecuencias acústicas. Es la huella sonora de una vida. Es el resultado de años de experiencias, aprendizajes, alegrías y sufrimientos.

El desafío de las próximas décadas será encontrar un equilibrio entre el enorme potencial de estas tecnologías y la protección de aquello que nos hace únicos.

Porque si la inteligencia artificial puede apropiarse de nuestra voz sin consentimiento, la discusión ya no es tecnológica. Es profundamente humana.

Clientes atrapados: siguen pagando por un servicio que ya no existe

También existe otra dimensión menos visible del colapso de Lovo que afecta directamente a miles de usuarios. Tras la declaración de bancarrota y el cese de operaciones, numerosos clientes denunciaron en foros y redes sociales que continuaban recibiendo cargos mensuales en sus tarjetas de crédito correspondientes a suscripciones contratadas con la plataforma.

El problema se agravó porque muchos usuarios afirmaron no poder acceder a sus cuentas, contactar a un servicio de atención al cliente o gestionar la cancelación de sus planes. La situación abrió un nuevo frente de incertidumbre: cuando una empresa tecnológica desaparece, no solo quedan interrogantes sobre el destino de los datos y contenidos almacenados, sino también sobre la responsabilidad frente a consumidores que siguen afrontando débitos automáticos por un servicio que ya no pueden utilizar.

El caso vuelve a poner en discusión la necesidad de mecanismos regulatorios que protejan a los usuarios ante quiebras de plataformas digitales, especialmente cuando los sistemas de cobro continúan funcionando mientras la estructura de atención y soporte ha dejado de existir.

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