
5 de junio | Día Mundial del Medio Ambiente. Un planeta fuera de equilibrio: el estado del ambiente en un mundo en guerra
NeuquenNewsCada 5 de junio el mundo conmemora el Día Mundial del Medio Ambiente, instaurado por Naciones Unidas en 1972 junto con la Conferencia de Estocolmo. La edición 2026 —con Azerbaiyán como país anfitrión— elige un lema sin matices, "Un llamamiento mundial a la acción climática", bajo la consigna #PorElClimaYa. La idea de fondo del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) es que el planeta ya no envía advertencias, sino señales. Los datos oficiales de este último año confirman que esas señales se aceleran.
Un diagnóstico cada vez más severo
El informe State of the Global Climate 2025 de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), difundido en marzo, dejó un cuadro inquietante: el período 2015-2025 fue el tramo de once años más cálido jamás registrado, y 2025 se ubicó como el segundo o tercer año más caluroso de la serie, en torno a 1,43 °C por encima de los niveles preindustriales. Por primera vez, la OMM incorporó como indicador clave el "desbalance energético" del planeta —la diferencia entre la energía que entra y la que sale del sistema—, que marcó un récord. Más del 90% de ese exceso de calor lo absorbe el océano, que se calienta y acidifica a un ritmo creciente.
A eso se suma la química de la atmósfera: la concentración de dióxido de carbono llegó a 423,9 partes por millón en 2024, un 53% por encima de los valores previos a la era industrial, y los gases de efecto invernadero alcanzaron su nivel más alto en al menos 800.000 años. El hielo marino del Ártico tocó mínimos históricos tras el congelamiento invernal.
El panorama de las políticas no acompaña. El Emissions Gap Report 2025 del PNUMA, titulado "Off Target" ("Fuera de objetivo"), concluyó que, incluso si se cumplieran todos los compromisos nacionales (NDC) presentados, el calentamiento de este siglo se ubicaría entre 2,3 y 2,5 °C; con las políticas vigentes, trepa hasta 2,8 °C. El organismo advirtió que la superación del umbral de 1,5 °C del Acuerdo de París es "muy probable dentro de la próxima década" y que solo alrededor de un tercio de los países había presentado nuevas metas a tiempo. Las emisiones globales, lejos de caer, crecieron 2,3% interanual.
Las potencias, en rumbos opuestos
El tablero de los grandes emisores muestra dos direcciones contrapuestas. Estados Unidos —uno de los mayores contaminantes históricos— giró de manera abrupta: tras asumir en enero de 2025, la administración de Donald Trump volvió a retirar al país del Acuerdo de París, declaró una "emergencia energética nacional" para impulsar combustibles fósiles, frenó permisos de energía eólica y avanzó en desmontar regulaciones ambientales, incluido el fundamento legal que habilita a la EPA a regular los gases de efecto invernadero. Organizaciones como el Natural Resources Defense Council calificaron el giro como el mayor retroceso ambiental de la historia reciente del país. El propio PNUMA estimó que la salida estadounidense del Acuerdo de París anula por sí sola alrededor de 0,1 °C de cualquier progreso global.
China, en cambio, exhibe un punto de inflexión. Principal emisor del planeta —con cerca de un tercio de las emisiones globales—, por primera vez logró que el avance de las energías limpias hiciera caer sus emisiones del sector eléctrico. Análisis especializados estiman que sus emisiones podrían haber alcanzado su pico en 2025, impulsadas por una expansión inédita de renovables: su capacidad supera los 2.100 GW y representa cerca del 60% del total instalado. Aun así, el carbón sigue cubriendo más del 60% de su electricidad y se siguen construyendo centrales. India, otro emisor decisivo, también registró en 2025 la primera caída de su generación a carbón en más de medio siglo. El saldo es ambiguo: la transición tecnológica avanza, pero no a la velocidad que la ciencia reclama.
La guerra, el emisor que nadie cuenta
Hay una variable que rara vez aparece en las cumbres climáticas: las emisiones y la contaminación generadas por los conflictos armados. Las obligaciones de reporte de la Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático (CMNUCC) no incluyen de manera obligatoria las emisiones militares, un vacío que distintos equipos científicos vienen señalando.
El caso más estudiado es la invasión rusa a Ucrania. La Iniciativa de Contabilidad de Gases de Efecto Invernadero de la Guerra, junto con la ONG Ecoaction y el experto neerlandés Lennard de Klerk, calculó que en los tres primeros años de guerra (febrero de 2022 a febrero de 2025) el conflicto generó cerca de 237 millones de toneladas de CO₂ equivalente. Es una cifra comparable a las emisiones anuales combinadas de Austria, Hungría, República Checa y Eslovaquia, y un daño climático valuado en más de 43.000 millones de dólares. La mayor porción proviene de la propia actividad bélica (alrededor de un tercio del total) y de la reconstrucción de lo destruido. A eso se suman episodios puntuales de altísimo impacto, como el sabotaje de los gasoductos Nord Stream en 2022, que liberó unas 465.000 toneladas de metano, y los incendios de paisaje, que se duplicaron en 2024 en un círculo vicioso donde guerra y sequía se retroalimentan.
Medio Oriente: humo tóxico y lluvia negra
El otro gran foco está en Medio Oriente. Un estudio publicado en marzo de 2026 en la revista científica One Earth, liderado por la Queen Mary University de Londres, estimó que la guerra entre Israel y Gaza generó alrededor de 33 millones de toneladas de CO₂ equivalente, contemplando los combates, la fortificación y la futura reconstrucción. Los autores remarcan un dato elocuente: las emisiones de apenas los primeros meses ya superaban las emisiones anuales de decenas de países enteros, y la reconstrucción de viviendas destruidas en Gaza y el Líbano equivaldría a lo que emite Croacia en un año. Su conclusión es un reclamo concreto: que las emisiones militares se reporten de manera obligatoria.
A esa cuenta climática se le suma una emergencia de contaminación más inmediata por la escalada entre Israel, Estados Unidos e Irán, que comenzó con la "Guerra de los 12 Días" de junio de 2025 y volvió a recrudecer en 2026. Los ataques a depósitos de petróleo y a infraestructura de gas —como el campo South Pars, el mayor del mundo— provocaron incendios petroquímicos que cubrieron Teherán con humo y derivaron en una "lluvia negra" aceitosa sobre la ciudad. La Organización Mundial de la Salud y el PNUMA alertaron sobre la inhalación de partículas y compuestos tóxicos, y advirtieron que la contaminación puede filtrarse al suelo, al agua subterránea y a los cultivos, afectando la cadena alimentaria. El observatorio especializado CEOBS registró cientos de incidentes con riesgo ambiental desde el inicio del conflicto. La historia regional ofrece antecedentes sombríos: en la Guerra del Golfo de 1991 se vertieron millones de barriles de petróleo al mar, con secuelas que persistieron por décadas.
Señales que esperan respuesta
El cuadro que ofrece este Día Mundial del Medio Ambiente es, en definitiva, de contrastes. La tecnología para descarbonizar existe y se abarata —la energía solar y eólica baten récords año tras año—, pero la política internacional avanza con pies de plomo, algunas potencias retroceden de manera deliberada y los conflictos armados inyectan a la atmósfera y a los territorios una contaminación que ni siquiera figura en los balances oficiales.
El mensaje de Naciones Unidas para 2026 apela justamente a leer esas señales y actuar en una misma dirección, recordando que más de la mitad del PBI mundial depende de ecosistemas sanos. La pregunta, plantean los especialistas, ya no es si el planeta está enviando avisos, sino cuánto tiempo más el mundo elegirá no escucharlos.



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