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El sueño no es tiempo perdido: es cuando el cuerpo se repara

La ciencia del sueño explica por qué dormir bien es la base de la salud física y mental
DE NUESTRA REDACCIÓN14/05/2026NeuquenNewsNeuquenNews

Dormimos un tercio de nuestra vida. Durante décadas se lo consideró una pérdida de tiempo productivo. Hoy la ciencia sabe que es exactamente al revés: el sueño es cuando el cuerpo y el cerebro hacen su trabajo más importante.

En la Patagonia, los inviernos largos y oscuros alteran los ritmos de sueño de muchas personas. Las noches frías invitan a quedarse bajo las cobijas, pero también el frío extremo, la falta de luz solar y el estrés laboral conspiran contra un descanso de calidad. Lo que pocas veces se dimensiona es el costo real de dormir mal: no es solo cansancio. Es inflamación, deterioro cognitivo, riesgo cardiovascular y vulnerabilidad inmunológica.

Matthew Walker, neurocientífico de la Universidad de California en Berkeley y autor de Por qué dormimos, lo resume con brutalidad: no existe ningún órgano del cuerpo ni ningún proceso cerebral que no mejore con el sueño y no se deteriore cuando dormimos mal.

¿Qué pasa en el cuerpo mientras dormimos?

El sueño no es un estado uniforme. Se organiza en ciclos de aproximadamente 90 minutos que se repiten cuatro o cinco veces por noche. Cada ciclo incluye fases de sueño ligero, sueño profundo y sueño REM (del inglés Rapid Eye Movement, movimiento ocular rápido). Cada fase cumple funciones distintas e irremplazables.

Durante el sueño profundo, el cerebro activa el sistema glinfático: una red de canales que literalmente lava las toxinas acumuladas durante la vigilia, incluyendo la proteína beta-amiloide asociada al Alzheimer. Es como un turno de limpieza nocturna que solo ocurre cuando estamos inconscientes. Durante el sueño REM, el cerebro procesa emociones, consolida la memoria declarativa y fortalece las conexiones entre ideas: es la fase en que soñamos.

Cuánto hay que dormir y por qué no alcanza con el fin de semana

La mayoría de los adultos necesita entre siete y nueve horas de sueño por noche. La idea de que algunas personas funcionan bien con cuatro o cinco horas es, en casi todos los casos, una ilusión: los privados de sueño crónico pierden la capacidad de percibir su propio deterioro. Se sienten bien, pero sus tiempos de reacción, memoria de trabajo y control emocional están significativamente reducidos.

El «sueño de recuperación» del fin de semana ayuda parcialmente, pero no repara el daño metabólico ni restaura completamente el rendimiento cognitivo. La deuda de sueño se acumula y no se salda con dos días de cama. La consistencia —dormir la misma cantidad cada noche— es más importante que compensar.

El clima patagónico y el sueño: un vínculo poco conocido

La luz solar regula el ritmo circadiano, el reloj biológico interno que indica al cuerpo cuándo dormir y cuándo despertar. En Neuquén, los inviernos reducen drásticamente las horas de luz diurna, lo que puede desincronizar ese reloj y generar dificultades para conciliar el sueño o levantarse por la mañana. Es el mismo mecanismo que produce el trastorno afectivo estacional.

La recomendación de los especialistas es simple: exponerse a luz natural apenas al despertar, preferentemente antes de las 9 de la mañana, aunque sea por diez minutos. Ese estímulo lumínico ancla el reloj circadiano y mejora tanto la calidad del sueño nocturno como el estado de alerta durante el día.

 

Lo que el sueño hace por vos cada noche

  Limpia toxinas cerebrales vinculadas al Alzheimer mediante el sistema glinfático.

  Consolida la memoria y procesa las emociones del día durante el sueño REM.

  Regula hormonas del apetito, el estrés y el sistema inmunológico.

  Los adultos necesitan entre 7 y 9 horas: la deuda no se recupera en el fin de semana.

 

Fuente: Matthew Walker, Why We Sleep (2017). National Sleep Foundation. The Lancet Neurology.

Este artículo forma parte de la serie «Salud & Bienestar» publicada en Neuquén News. No reemplaza la consulta médica profesional.

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