
Murió Adolfo Aristarain, el cineasta que filmó la dignidad frente al desencanto
NeuquenNewsMurió Adolfo Aristarain, uno de los directores fundamentales del cine argentino. Tenía 82 años y falleció en Buenos Aires, según confirmó la Academia de Cine de España, institución que en 2024 le había entregado la Medalla de Oro por su trayectoria y su vínculo con el cine iberoamericano.
Aristarain no fue un director de películas cómodas. Su cine trabajó sobre una materia que la Argentina conoce demasiado bien: la derrota, la dignidad, el exilio, la corrupción, la memoria. Y esa forma amarga de lucidez que aparece cuando los discursos oficiales ya no alcanzan para explicar la vida real.
En Tiempo de revancha, estrenada en 1981 en plena dictadura, construyó una de las metáforas más potentes sobre el silencio impuesto, el poder económico y la violencia estructural. En Un lugar en el mundo —que ganó el Goya a Mejor Película Iberoamericana— volvió sobre la pregunta por la identidad, la pertenencia y la posibilidad de sostener valores en un mundo que empuja hacia la resignación.
Con Martín (Hache), protagonizada por Juan Diego Botto, Federico Luppi y Eusebio Poncela, retrató una generación partida entre países, afectos y desencantos. Y con Lugares comunes dejó una escena grabada en la memoria de miles de espectadores: la defensa del pensamiento crítico, de la educación pública y de la obligación moral de no aceptar la estupidez como destino. Pocas películas argentinas condensaron tanta ética en tan poco metraje.
Su filmografía incluye también La parte del león, Últimos días de la víctima, La ley de la frontera y Roma. Fue un director de pocos títulos y densidad poco frecuente. No filmaba para llenar cartelera: filmaba para dejar preguntas.
En tiempos donde la cultura suele tratarse como gasto, adoctrinamiento, oposición, adorno o mercancía, la muerte de Aristarain obliga a recordar algo elemental: el cine también puede ser conciencia pública. Puede incomodar. Puede iluminar las zonas donde el poder prefiere oscuridad. Puede mostrar, sin sermón, que una sociedad empieza a perderse cuando deja de distinguir entre éxito y dignidad.
Aristarain pertenece a esa tradición de artistas que no necesitaron gritar para ser políticos. Les alcanzó con contar bien. Con elegir personajes que no terminaban de aceptar la derrota. Con escribir diálogos que todavía circulan porque tocaron una fibra que sigue abierta: la de un país que muchas veces promete futuro mientras expulsa, empobrece o desmoraliza a quienes intentan pensarlo.
Murió Adolfo Aristarain. Queda su cine. Y queda, sobre todo, una advertencia que la muerte de Aristarain pone en evidencia, y que excede el obituario.
Las expresiones culturales que retratan la pobreza, la marginalidad y el sufrimiento de los que menos tienen no son simplemente incómodas para el poder: son peligrosas. Porque nombran. Porque dan forma y rostro a lo que ciertos discursos prefieren mantener como estadística, abstracción o silencio administrativo.
Cuando se recortan presupuestos culturales, cuando se cierran espacios de creación independiente, cuando se descalifica al artista como improductivo o ideológico, no se está ahorrando dinero ni defendiendo la meritocracia: se está borrando el espejo. Se está eligiendo no ver.
El cine de Aristarain, como el de tantos otros que filmaron desde los márgenes, era exactamente ese espejo: uno que devolvía la imagen de un país real, no el que los discursos oficiales necesitan proyectar para sostenerse. Silenciar la cultura no es una política de austeridad. Es una política de impunidad.


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