
¿Qué es el hedonismo?
NeuquenNewsPocos conceptos filosóficos han sido más mal interpretados que el hedonismo. Hoy la palabra evoca exceso: fiestas interminables, lujo sin culpa, el "carpe diem" convertido en licencia para cualquier cosa. Pero el hedonismo filosófico original —el que sistematizó Epicuro en el siglo IV a.C.— es casi lo opuesto a eso.
El hedonismo, en su sentido técnico, sostiene que el placer es el bien supremo y el dolor, el mal supremo. Todo lo que hacemos, en última instancia, lo hacemos para buscar placer o evitar el dolor. Esa es la premisa. La pregunta es qué entendemos por placer.
Epicuro fundó su escuela en Atenas alrededor del año 307 a.C. en un espacio que llamó El Jardín, una propiedad donde vivía en comunidad con sus discípulos —hombres, mujeres y esclavos, algo inusual para la época—. Allí elaboró una clasificación del placer que resulta sorprendente para quien espera encontrar una apología del libertinaje.
Para Epicuro, hay placeres cinéticos —los que vienen del movimiento, del deseo activo, del disfrute intenso— y placeres catastemáticos, que son los de la tranquilidad. Los primeros son fugaces y a menudo traen consigo su propio antídoto: el dolor del exceso, la resaca, el vacío que sigue a la euforia. Los segundos son duraderos y profundos: la ausencia de dolor físico (aponíá) y la serenidad mental (ataraxía).
El ideal epicúreo no es el banquete interminable. Es la tarde tranquila con amigos, pan, queso, un poco de vino y buena conversación. La filosofía como forma de vida moderada, no como teoría del desenfreno.
Antes de Epicuro, el hedonismo ya había sido explorado por Aristipo de Cirene, discípulo de Sócrates y fundador de la escuela cirenaica. Para Aristipo, el placer inmediato y corporal era el bien más real: el pasado ya fue, el futuro es incierto, solo el presente existe con certeza. Esta versión más radical influyó en Epicuro, quien la refinó y le añadió profundidad psicológica.
El hedonismo tuvo también una versión utilitarista en el siglo XIX, reformulada por Jeremy Bentham y John Stuart Mill. Para Bentham, era posible calcular el placer y el dolor con algo que llamó "cálculo felicífico": cada acción debía medirse según su intensidad, duración y alcance. Mill matizó esa posición distinguiendo placeres "superiores" —intelectuales, estéticos— de los "inferiores" —meramente físicos—. Su célebre frase lo resume: "Es mejor ser Sócrates insatisfecho que un cerdo satisfecho."
La crítica clásica al hedonismo viene de Aristóteles, que opuso al placer simple la eudaimonia: el florecimiento humano pleno, que incluye virtud, razón y acción. Para Aristóteles, buscar solo el placer es una vida digna de animales, no de seres racionales. El debate entre estas dos visiones —placer versus florecimiento— atraviesa toda la ética occidental hasta hoy.
Lo que el hedonismo, bien entendido, pone sobre la mesa es una pregunta incómoda: ¿sabemos realmente qué nos hace bien? En un mundo que vende felicidad instantánea en cada pantalla, la respuesta epicúrea sigue siendo desafiante: lo que más nos satisface suele ser lo más simple, y lo que más perseguimos suele dejarnos vacíos.


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