
Autismo: los juegos de mesa emergen como una herramienta clave para la inclusión y el desarrollo emocional
NeuquenNewsCada 2 de abril se conmemora el Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo, una fecha que invita no solo a visibilizar la realidad de las personas dentro del espectro, sino también a repensar las herramientas concretas que permiten avanzar hacia una inclusión real. En ese marco, los juegos de mesa modernos comienzan a ocupar un lugar central como dispositivos de integración social y desarrollo emocional.
En Argentina, la dimensión del desafío es significativa. Según la Sociedad Argentina de Pediatría, más de 500.000 personas viven con algún grado de Trastorno del Espectro Autista (TEA). A su vez, datos del Ministerio de Salud de la Nación Argentina indican que el 85,7% de quienes cuentan con Certificado Único de Discapacidad vinculado al TEA tienen entre 0 y 14 años. Se trata, en definitiva, de una problemática que atraviesa la infancia y que exige respuestas concretas en los ámbitos educativo, familiar y social.
Para quienes están dentro del espectro, la vida cotidiana puede presentar una complejidad adicional: interpretar señales sociales implícitas, procesar estímulos ambientales o sostener interacciones espontáneas puede resultar abrumador. En ese contexto, el juego aparece como un espacio estructurado que ofrece algo escaso en otros entornos: previsibilidad.
“El tablero ofrece reglas claras, turnos definidos y objetivos compartidos. Eso reduce la incertidumbre y genera un entorno emocionalmente seguro”, explica Juan Del Compare, representante de la empresa Devir Argentina. Esta estructura permite que personas neurodivergentes y neurotípicas interactúen en igualdad de condiciones, sin la presión de códigos sociales implícitos.
Desde una mirada más especializada, Julieta Cartelli, cofundadora de Zona Divergente, plantea que los juegos funcionan como un “guión social”. Allí donde la interacción cotidiana puede resultar confusa, el juego establece un marco claro de acción y reacción. Este orden no solo reduce la ansiedad, sino que habilita la participación activa.
A diferencia de los juegos basados exclusivamente en el azar, las propuestas modernas incorporan sistemas lógicos de causa y efecto. Esta característica permite anticipar consecuencias, comprender dinámicas y, en definitiva, reducir la carga emocional que genera lo imprevisible. El resultado es un entorno donde el aprendizaje ocurre de manera natural, sin la presión de un contexto terapéutico formal.
Uno de los aspectos más relevantes es el impacto en la regulación emocional. En personas dentro del espectro, situaciones como perder una partida o esperar un turno pueden vivirse con intensidad. El juego, sin embargo, permite experimentar estas emociones en un entorno contenido. Se trata de una suerte de “gimnasio emocional”, donde se entrenan habilidades que luego se trasladan a la vida cotidiana.
Aprender a esperar, tolerar la frustración o respetar turnos son competencias fundamentales no solo para el juego, sino también para la interacción social, la vida escolar y, en el futuro, el ámbito laboral. La diferencia es que, en el tablero, ese aprendizaje ocurre desde el disfrute.
Otro elemento clave es la horizontalidad. En la dinámica cotidiana, los niños con TEA suelen estar rodeados de figuras que corrigen o guían. En el juego, esa lógica se diluye: todos los participantes comparten las mismas reglas y condiciones. Esta igualdad refuerza la autonomía y el sentido de pertenencia.
En el ámbito familiar, los especialistas recomiendan incorporar el juego como un ritual, no como una obligación. La elección de temáticas afines —como dinosaurios o el espacio—, la anticipación de la actividad mediante rutinas, y el respeto por los tiempos de observación son aspectos centrales para facilitar la participación.
También se destaca la importancia de los estímulos sensoriales: materiales de calidad, colores adecuados y componentes agradables al tacto pueden contribuir a una experiencia positiva, evitando la sobrecarga sensorial.
En un escenario donde la inclusión muchas veces queda atrapada en el discurso, los juegos de mesa ofrecen una herramienta concreta y accesible. No se trata de “adaptar” a las personas, sino de construir entornos donde cada forma de ser tenga lugar.
El desafío, en definitiva, no es menor: implica cambiar la lógica desde la cual se piensa la integración. Y en ese proceso, algo tan simple como sentarse alrededor de una mesa puede convertirse en un punto de partida.


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