
Elena Poniatowska: la escritora que se metió en la vida de todos
Llegó a México a los diez años, en 1942, huyendo de la Segunda Guerra Mundial con su madre y su hermana a bordo de un barco que cruzó el Atlántico con las luces apagadas para no ser torpedeado. Su familia era de origen polaco-francés; su padre había quedado en Europa combatiendo. No hablaba español. Aprendió a hacerlo en las calles del barrio de Tlalpan, jugando con niñas del vecindario, en las tiendas, en el mercado. Cuando lo aprendió lo usó con una ferocidad que todavía no ha parado.
Elena Poniatowska empezó a trabajar como periodista en 1953, a los veintiún años, en el diario Excélsior. Tenía un apellido europeo, venía de una familia de clase alta que había frecuentado los círculos diplomáticos de medio mundo, y el periódico la mandaba a entrevistar actrices y artistas porque asumían que eso era lo que una señorita de su origen sabía hacer. En cambio, ella buscaba a los otros. A los que vivían en los márgenes de Ciudad de México, en las vecindades del Centro Histórico, en las colonias populares donde la modernidad mexicana del milagro económico no llegaba o llegaba para expulsarlos.
Entrevistó a Lázaro Cárdenas, a Diego Rivera, a León Trotski poco antes de su asesinato —era apenas una niña entonces, pero el recuerdo quedó—, a escritores, científicos, artistas. Pero las entrevistas que definieron su carrera no fueron las de los famosos: fueron las de las trabajadoras domésticas, las madres de desaparecidos, los estudiantes que sobrevivieron a las masacres, los habitantes de las ciudades perdidas que crecían en los márgenes de la capital.
La noche del 2 de octubre de 1968 estaba en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco cuando el ejército mexicano y grupos paramilitares abrieron fuego contra una manifestación estudiantil diez días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Ciudad de México. Lo que siguió fue una masacre que el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz intentó suprimir de la historia oficial: los cuerpos fueron recogidos en la oscuridad, los detenidos fueron torturados, los medios fueron presionados para no informar. Los Juegos Olímpicos comenzaron puntualmente.
Elena Poniatowska pasó los meses siguientes haciendo lo que nadie más hacía: recopilando testimonios, cartas, documentos, fragmentos de diarios, declaraciones de testigos. El resultado, publicado en 1971, se llamó 'La noche de Tlatelolco'. Era un libro construido enteramente con voces ajenas, sin narrador que las ordenara desde afuera, sin distancia académica: solo las palabras de las personas que estuvieron allí, montadas como un mosaico que reproducía el caos y el horror de esa noche. El gobierno mexicano habría preferido que ese libro no existiera.
Pero existió. Y se convirtió en uno de los documentos más importantes de la literatura latinoamericana del siglo XX, y en el modelo de un género que Poniatowska prácticamente inventó en español: la crónica-testimonio, la narración periodística que usa las herramientas de la literatura sin renunciar a la responsabilidad documental.
Escribió la vida de Tina Modotti, la fotógrafa italiana que retrató la revolución mexicana y fue espía comunista y amante de Diego Rivera y figura central de la bohemia radical de los años veinte. Escribió 'Hasta no verte Jesús mío', que nació de años de conversaciones con Josefina Bórquez —a quien llamó Jesusa Palancares en el libro—, una mujer del pueblo que había peleado en la Revolución Mexicana como soldadera, que había sobrevivido a varios maridos y a la pobreza extrema y que vivía sola en una vecindad de Ciudad de México hablando con los espíritus. Poniatowska la visitó cada semana durante años, grabó sus historias, y luego construyó con ese material algo que está entre la novela y el testimonio y que ninguna categoría captura completamente.
Cubrió el terremoto de 1985 que destruyó partes de Ciudad de México con la misma cercanía y la misma rabia que había cubierto Tlatelolco. Estaba siempre donde el dolor era más concreto y la voz oficial más ausente.
En 2013 recibió el Premio Cervantes, el más alto de la lengua española. En la ceremonia dijo que lo recibía en nombre de todas las personas que le habían dado sus historias. Era la única manera honesta de recibirlo. Tenía ochenta y un años y siguió escribiendo. Escribe todavía.
“El periodismo es el único oficio en el que uno puede meterse en la vida de los demás sin que lo echen a patadas.” — Elena Poniatowska


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