
Corresponde a la vacuna Virus Sincicial Respiratorio (VSR).
Mientras América Latina inicia 2026 con un promedio regional de salario mínimo cercano a 400 dólares mensuales, una cifra que en sí misma ya refleja profundas brechas entre países, en Argentina la historia es —otra vez— de retroceso y pérdida de dignidad salarial.
ACTUALIDAD09/01/2026
NeuquenNews
En países vecinos y comparables, el salario mínimo no solo se discute —se negocia y se implementa con acuerdos tripartitos entre gobierno, trabajadores y cámaras empresariales—, buscando mitigar la pérdida de poder adquisitivo frente a la inflación.
Costa Rica, por ejemplo, marca el ritmo regional con aproximadamente 751 dólares mensuales, liderando la región incluso por encima de economías más grandes. Uruguay supera los 620 dólares, y Chile se mantiene cerca de los 598 dólares tras ajustes negociados.
México ha aprobado un aumento del 13%, llevando su mínimo a más de 533 dólares, progresando en el ranking regional. Colombia logró un incremento cercano al 24% y también se ubica en torno a los 535 dólares con el auxilio de transporte incluido. En Brasil, el salario mínimo subió 6,79 % hasta los 295 dólares mensuales, según una fórmula legal que combina inflación y crecimiento con límites al gasto. El ajuste incide directamente en pensiones y beneficios sociales para cerca de un tercio de la población, pero sigue muy por debajo del costo de la canasta básica familiar, estimada en unos 1.250 dólares.
Argentina, sin embargo, se detiene en 341.000 pesos, lo que al cambio oficial representa apenas alrededor de 228–233 dólares mensuales para 2026, uno de los valores más bajos de toda la región.
Esta cifra —ya alarmantemente baja— no es un dato aislado o técnico: coloca a millones de trabajadores argentinos en condicionalidad frente a la inflación, el costo de vida y la brecha cambiaria que golpea directamente el bolsillo de cada familia que depende de este ingreso mínimo formal. Estudios recientes incluso ubican al salario mínimo argentino como el más bajo de la región, por debajo de países como Bolivia o Paraguay cuando se mide en dólares.
La promesa fallida de recuperación salarial
Vale la pena recordar que la reducción del salario mínimo real —medido en poder adquisitivo— no es un accidente, sino la consecuencia de políticas deliberadas. Algunos informes señalan que desde que asumió el gobierno actual, el salario real acumula una caída de más del 35%, erosionando décadas de avances sociales.
La narrativa oficial de control de inflación y ajuste fiscal ha primado sobre la protección material de los ingresos de los trabajadores. Las promesas de que “los salarios en dólares iban a subir” quedaron en palabras al viento frente a una inflación que devora ingresos y un dólar que parece siempre fuera de alcance.

Las cifras detrás de la desigualdad
La comparación con la región no solo es un ejercicio académico: revela la profunda desigualdad estructural que hoy atraviesa América Latina. Algunos países han logrado que el salario mínimo tenga un rol real como referencia de ingresos decentes. Otros, como Argentina, muestran que sin mecanismos de ajuste que acompañen a la inflación, el salario mínimo se convierte en un umbral simbólico, incapaz de garantizar siquiera la subsistencia básica.
Además, la realidad del mercado laboral argentino —con alta informalidad, subempleo y fuerte presión sobre el costo de vida— indica que una parte importante de la población ni siquiera recibe ese salario formal, o lo hace en condiciones que no aseguran el acceso a bienes y servicios esenciales. La comparación con países como Ecuador o Perú —donde también hay problemas de informalidad— sirve para comprender que el salario mínimo por sí solo no dice todo, pero es un termómetro clave de la salud económica de una sociedad.
¿Dónde está la política pública?
El debate en la región sobre salario mínimo para 2026 se centra en cómo lograr que el ingreso real mejore sin poner en riesgo el empleo formal ni agravar tensiones fiscales. Pero hay una diferencia crucial: la discusión en muchos países latinoamericanos involucra activamente a sindicatos, gobiernos y sectores productivos, buscando consensos que permitan ajustes sostenibles.
En Argentina, la ausencia de ese diálogo tripartito efectivo —sumada a una estrategia de ajuste fiscal que prioriza la ortodoxia monetaria por sobre la protección social— ha dejado al salario mínimo no como ancla de dignidad, sino como vestigio de políticas que reproducen exclusión. El resultado es claro: para 2026, mientras otros países luchan por que los salarios mínimos representen una base real de ingresos, Argentina languidece en los últimos puestos del ranking regional, con consecuencias sociales profundas.
Conclusión: ¿qué significa esto para la Argentina del futuro?
Las cifras no mienten: Argentina necesita recuperar la capacidad adquisitiva de los salarios de manera urgente si quiere evitar profundizar la desigualdad y la pobreza. El salario mínimo, que debería ser un piso protector, hoy funciona como un espejo de decisiones políticas que priorizan ajustes sobre bienestar.
Sin un cambio de rumbo que pone en el centro la dignidad del trabajo y del ingreso, no solo se seguirá comparando desfavorablemente con la región, sino que la brecha de oportunidades y calidad de vida seguirá ampliándose. Y en América Latina, donde la historia del salario mínimo es también la historia de luchas sociales, Argentina corre el riesgo de quedarse fuera del diálogo sobre justicia distributiva que sus vecinos están intentando protagonizar.

Salario mínimo vs. costo de vida: cuando el “piso” ya no alcanza para vivir
Para dimensionar el “salario mínimo en dólares” con los pies en la tierra, conviene mirarlo contra el costo de vida (canastas y líneas de pobreza) en esos mismos países: en Brasil, aun con un mínimo de referencia para 2026, el propio DIEESE estima que el “salario mínimo necesario” para sostener una familia de cuatro personas ronda los R$ 7.067, es decir, varias veces por encima del mínimo legal, dejando claro que el piso formal no alcanza para una vida digna.
En Argentina, la distancia es todavía más cruda: con un salario mínimo de $341.000, frente a una Canasta Básica Total para “familia tipo” que el INDEC ubicó en torno a $1,26 millones (noviembre de 2025), el mínimo cubre apenas cerca de un cuarto del umbral de no pobreza, un dato que explica por qué el debate local se volvió supervivencia más que negociación salarial.
Y aun donde el mínimo es más alto —Costa Rica o Chile— la presión del costo de vida erosiona el “ranking”: Chile publica una Canasta Básica de Alimentos (por ejemplo $70.804 en octubre de 2025) y el propio debate público vuelve una y otra vez al mismo punto: salarios que suben, pero alquileres/servicios que no perdonan.
En México, el aumento del 13% (a 315,04 pesos diarios) convive con mediciones oficiales de líneas de pobreza construidas justamente con canastas alimentarias y no alimentarias, recordando que el mínimo puede servir para un trabajador, pero se vuelve insuficiente cuando se lo enfrenta a un hogar completo.
Fuentes: Bloomberg Línea, Buenos Aires Times, Revista Mercado

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