
Cuando ponerse los pantalones fue un problema: la curiosa historia de las alumnas del José de San Martín en 1973
NeuquenNews
Una mañana fría y un acto de rebeldía. La crónica publicada el 1 de junio de 1973 por el diario Río Negro contaba un episodio que hoy suena casi inverosímil, pero que en su momento generó un verdadero revuelo en Neuquén capital.
Todo comenzó, decía el artículo, cuando “un grupo de alumnas pretendió entrar al establecimiento vistiendo pantalones bajo los guardapolvos”, lo que derivó en un “problema suscitado” que requirió incluso “una reunión mantenida entre autoridades, padres de alumnos y alumnas de la escuela de educación media General José de San Martín”.
El rector, Domingo Sierra Yáñez, fue tajante: las jóvenes no podían ingresar a clases vestidas así. Las autoridades del instituto consideraron que “no había por qué utilizarla en la escuela”, y agregaron que las alumnas que vivieran lejos y “tuviesen que utilizar pantalones por razones climáticas” debían cambiarse al llegar, para “asistir a clase vestidas con polleras”.
Rebeldes con causa (y con frío)
El relato de aquel día muestra cómo lo que hoy sería un gesto cotidiano —usar pantalones en invierno— se convirtió en 1973 en un símbolo de cambio generacional. Las alumnas no aceptaron la decisión y decidieron protestar. “Resolviendo no ingresar y protestar en la escalera principal del edificio, a la espera de una solución”, relata la nota.
El movimiento creció rápidamente: “A esa iniciativa se sumaron posteriormente numerosas compañeras de aquéllas” y, al no obtener respuesta, organizaron una “asamblea general de alumnos por la tarde”.
La escena podría parecer exagerada, pero en aquel contexto no lo era. Las normas de presentación y vestimenta eran rígidas, los guardapolvos blancos representaban uniformidad y disciplina, y la idea de que las alumnas usaran pantalones resultaba, para algunos, un atentado al orden escolar.
El rector, los padres y un debate impensado
Por la tarde, el conflicto escaló. El diario cuenta que “alrededor de las 16.30 fueron congregándose los alumnos frente al colegio, muchos de ellos acompañados por sus padres”. Finalmente, el rector accedió a recibirlos y se produjo una reunión que duró “más de dos horas y media”.
El rector explicó que “desde la creación del establecimiento, en 1957, no prevé ninguna norma al respecto” y advirtió sobre “el peligroso antecedente” que podría sentar permitir que los estudiantes presionaran con este tipo de pedidos.
Sin embargo, los padres y madres presentes fueron más comprensivos. Argumentaron que el reglamento “no es ni siquiera implícito al uso del atuendo” y que debía adaptarse “a las nuevas modalidades imperantes”, considerando además las bajas temperaturas del invierno neuquino. En otras palabras, el debate sobre los pantalones fue también una conversación sobre modernidad y sentido común.
Un final negociado (y con humor histórico)
Después de idas y vueltas, el rector prometió “reglamentar el uso de la prenda” si no llegaba respuesta desde Buenos Aires antes del 22 de junio. La nota, con su lenguaje formal y su tono solemne, cierra con una frase que hoy arranca una sonrisa: “La reacción del alumnado nos ha sorprendido”, declaró el rector, que prometió volver a tratar el tema “una vez que se haya aclarado la motivación del caso”.
Desde la perspectiva actual, resulta casi entrañable imaginar aquella escena: jóvenes neuquinas reclamando poder usar pantalones, padres convocados al colegio por un asunto de vestimenta, y un rector preocupado por los “peligrosos antecedentes” que podía generar ese pequeño acto de rebeldía.
Una lección que trasciende el tiempo
Cincuenta años después, el episodio del José de San Martín es más que una anécdota simpática. Refleja una época de transformaciones culturales, donde los cambios sociales llegaban también a las aulas, y donde la ropa podía ser símbolo de libertad o de resistencia.
Hoy, cuando las escuelas debaten sobre tecnología, inclusión o diversidad, recordar aquel conflicto por los pantalones es una manera de mirar hacia atrás con ternura y comprender que cada generación tiene sus propias batallas. Algunas se ganan con grandes gestos; otras, simplemente, con un par de pantalones debajo del guardapolvo.




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