Cómo se vivió en Neuquén el golpe del 24 de marzo

La persecución a dirigentes políticos y los secuestros se iniciaron durante esa misma madrugada. El rol de Felipe Sapag para preservar a los suyos y la reunión de Elías con Luder en Buenos Aires que no pudo evitar lo inevitable

ACTUALIDAD 24 de marzo de 2024 Neuquén Noticias Neuquén Noticias
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Luis se despertó al escuchar las frenadas y un movimiento inusual en la calle. Se vistió a las apuradas, abrió la puerta y un teniente coronel se presentó para explicarle la situación.

Eran las 3 de la madrugada del miércoles 24 de marzo de 1976. En la esquina de la Casa de Gobierno estaban estacionados dos autos y una camioneta.

De los vehículos bajaron varios militares armados y se encaminaron a la puerta ubicada en medio del edificio sobre calle La Rioja, debajo de la torre del reloj, que funcionaba como acceso al edificio.

Luis era Luis Sapag, hijo de Felipe, el entonces gobernador de la provincia de Neuquén en representación del MPN, que no utilizaba la residencia porque vivía en su casa particular, ubicada sobre Belgrano, a pocas cuadras de allí y donde hoy funciona una escuela. El que sí vivía en Casa de Gobierno era Luis, junto con su esposa y un bebé de la pareja.

El teniente coronel le dijo que los militares habían tomado el poder del país y que en Neuquén tenían que hacerse cargo de ese edificio, por lo que debía desalojarlo de inmediato.

Sapag le pidió que le diera tiempo para despertar a su familia. El uniformado concedió la solicitud pero le puso como límite las 7 de la mañana.

Después de tomar posesión del lugar, los militares montaron puestos con hombres armados en toda la cuadra, mientras que a la gran mayoría de los empleados que llegaron a trabajar los mandaron de vuelta a sus casas. A muchos los terminarían cesanteando, igual que a otros trabajadores de la Legislatura.

En todas las dependencias oficiales se multiplicaron las guardias armadas, lo mismo que en el barrio militar, ubicado en pleno centro de la ciudad.

Ese 24 de marzo Felipe Sapag se quedó en su casa durante todo el día a la espera de novedades.

Habló con sus colaboradores, recibió la visita de sus amigos y escuchó una y otra vez las noticias que llegaban desde Buenos Aires. Tenía tanta preocupación como miedo y estaba abrumado por la situación: Desde hacía cuatro meses sus hijos Ricardo (Caíto) y Enrique habían anunciado que pasaban a la clandestinidad para participar en la lucha armada en la organización Montoneros y estaban bajo la mira de las Fuerzas Armadas. Por este motivo, había presentado su renuncia como mandatario provincial, aunque la Legislatura se la rechazó. Pero esa es otra historia.

Felipe le ordenó a Luis que se fuera a Chos Malal, en el norte de la provincia, temeroso de que corriera el mismo riesgo que sus hermanos, sin saber que estos estaban sentenciados y encontrarían la muerte al año siguiente, con una diferencia de casi tres meses.

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En Buenos Aires, cinco días antes del golpe, el senador por Neuquén Elías Sapag se reunió con el entonces presidente de la Cámara Alta, Ítalo Argentino Luder, en su despacho, para plantearle la situación de ingobernabilidad que vivía el país. Elías tenía la información de que Isabel Perón había vuelto a recluirse en la localidad cordobesa de Ascochinga, donde funcionaba una colonia de vacaciones de la Fuerza Aérea.

De hecho, allí había permanecido de manera casi secreta durante más de 30 días entre mediados de septiembre y octubre de 1975, recuperándose de una supuesta afección de salud, en medio del caos institucional que imperaba.

- Mire senador, lo vengo a ver por la situación de la República, que es muy grave, los militares se van a hacer cargo y esto va a terminar en un desastre para la Democracia, le dijo Elías.

-Sí, sí, es gravísima la situación, reconoció Luder.

- ¿Y usted qué va a hacer senador?, lo inquirió Elías.

- ¿Por qué me lo dice?, preguntó el legislador justicialista. - Porque usted tiene que asumir la presencia de la Nación, el gobierno está acéfalo, advirtió Sapag.

- Le agradezco mucho que haya venido a hablar conmigo pero yo no voy a traicionar a la señora, respondió Luder.

El senador neuquino se retiró de ese breve encuentro lanzando algún que otro insulto al aire, con fastidio y también contrariado por la actitud del presidente de la Cámara Alta. Pero tenía una certeza: ya no habría vuelta atrás respecto a la situación planteada.

Represión

A los dirigentes políticos el golpe no los tomó por sorpresa en Neuquén. Se sabía que el gobierno de Isabel Perón tenía las horas contadas, aunque nadie podía imaginar, en los días previos a ese 24 de marzo, el nivel represivo y criminal que la dictadura le iba a imprimir al régimen.

El accionar de la Triple A venía haciendo su parte. Ya se había intervenido la universidad en enero de 1975, a través de Dionisio Remus Tetu, bajo el objetivo, según la consigna impuesta desde el Ministerio de Educación, de retomar el control de las casas de altos estudios en una orientación acorde a la dirección política del gobierno nacional.

Y también jugaba un rol importante Raúl Guglielminetti, otro personaje del aparato represor que desembarcó en Neuquén en 1973 como agente de inteligencia, y que se infiltró haciéndose pasar por periodista.

El andamiaje represivo se intensificó desde la madrugada misma de ese 24 de marzo del 76, con una cacería hacia dirigentes políticos, gremiales y universitarios.

César Gass era por ese entonces un joven radical que conducía el centro de estudiantes de Humanidades de la UNCo. Ese 24 de marzo no fue a la concesionaria de autos en la que trabajaba y tampoco se encontraba en su casa. A ese domicilio lo fue a buscar un grupo de tareas del Ejército, que se terminó llevando a su mujer y sus dos pequeños hijos.

La milagrosa intervención del padre Juan Gregui, fundador de los colegios Don Bosco y San José Obrero de Neuquén, que interceptó al camión del Ejército que transportaba a la familia, hizo que ese operativo no se transformara en algo clandestino y que la mujer de Gass terminase detenida en la cárcel.

Gass se escondió primero en la casa de Norman Portanko y después en lo de otros amigos y conocidos que le brindaron ayuda, hasta que logró viajar a Buenos Aires e ingresar en la embajada de Venezuela para luego, un mes después, emprender un exilio en ese país que se extendería por siete años.

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Del lado del peronismo, quien puede hoy dar testimonio de lo que fue ese fatídico día para la historia política argentina es Oscar Massei, histórico dirigente que en esa época era secretario del bloque de diputados del Frejuli, muchos de los cuales sufrieron la persecución y la cárcel.

A la una de la mañana del 24 de marzo, la esposa de Massei se asomó por la ventana de la casa que habitaban en el barrio Provincias Unidas de Neuquén capital, y observó que a lo largo de la cuadra sobre la calle Río Mocoretá, de frente al domicilio, se había apostado un operativo del Ejército. En medio del grupo de uniformados asomó Guglielminetti, que golpeó la puerta de un vecino y, al no encontrar respuesta, la terminó pateando para ingresar.

La vivienda era del legislador peronista Carlos “Chango” Arias, que no se encontraba en Neuquén. El que estaba allí dentro era al diputado provincial del Frejuli, Eduardo Buamscha, que escaló por el fondo de la casa, pasó a la de Massei, tomó ropa prestada de éste y logró escapar.

Massei era de los pocos abogados que Neuquén tenía por esa época. Bajo ese rol y con muchas precauciones, se presentó durante seis meses en la sede de la Policía Federal por las causas de quienes habían sido expulsados de la universidad.

En dos de esas causas hizo figurar como domicilio real su propia casa, poniendo en riesgo riesgo su vida, dado que, a través de un operativo con policías federales, fueron a buscar a sus defendidos allí pero no los encontraron.

Mucho después, en Democracia, Massei declaró en los juicios de lesa humanidad. En el caso del episodio del 24 de marzo del 76 lo hizo contra los imputados Pedro Laurentino Duarte, ex juez federal, y Víctor Ortiz, ex fiscal federal, ambos acusados de brindar cobertura judicial a los crímenes que se cometieron durante la dictadura.

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Víctimas y victimarios

Durante la dictadura en Neuquén, el general José Andrés Martínez Waldner gobernaría hasta 1978 para luego ser reemplazado por otro militar de facto: Domingo Manuel Trimarco.

Lo mismo ocurriría en el municipio capitalino: Aldo Robiglio, quien había asumido tres años antes, también sería desplazado de su cargo de intendente.

Ese 24 de marzo de 1976 comenzaba para esta provincia y el país la etapa más sangrienta y oscura de la historia política, que se había iniciado a la medianoche, en Buenos Aires, cuando un helicóptero de la Fuerza Aérea trasladó a la ex presidenta Isabel Perón, en calidad de detenida, a la residencia El Messidor, ubicada en Villa La Angostura.

El Comunicado N° 1 que informó a la población sobre el nuevo gobierno de facto se emitió a través de la televisión y la cadena de radios a las 3 de la madrugada. Luego, se repitió en varias oportunidades y recién a las 10 se transmitió la jura y asunción de Jorge Rafael Videla como presidente.

El saldo que el accionar de las fuerzas represivas de la dictadura cívico militar dejó en Neuquén es difícil de determinar en cuanto a desaparecidos y muertos porque algunas de las personas privadas de su libertad en la provincia, que aún están desaparecidas, fueron trasladadas a Bahía Blanca o terminaron en centros clandestinos de Buenos Aires u otras jurisdicciones del país.

El más importante que tuvo Neuquén en relación a la cantidad de gente que pasó por allí fue La Escuelita, donde se torturaba e interrogaba a los detenidos. Pero también cumplieron esas funciones la delegación de la Policía Federal en la calle Santiago del Estero, la Comisaría Cuarta de Cutral Co y la delegación de Gendarmería de Junín de los Andes.

Muchos operativos represivos fueron coordinados a nivel del Alto Valle de Río Negro y Neuquén, por lo que la Comisaría Cuarta de Cipolletti y otras dependencias policiales en General Roca formaron parte del engranaje de secuestros, torturas, desapariciones y muerte.

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De la resistencia y la lucha inclaudicable contra esa dictadura atroz persiste la tarea de los organismos de derechos humanos, con Noemí Labrune (ADPH) y las Madres de Plaza de Mayo filial Neuquén Alto Valle, cuyas referentes más visibles son Inés Ragni y Lolín Rigoni.

Y, por supuesto, el rol fundamental que jugó durante esos años el obispo Jaime de Nevares quien, en ese marzo del 76, y ante la inminencia del golpe, dejó abiertas las puertas de la Catedral para contener y acompañar a los perseguidos por el régimen.

Fue también una de las voces más fuertes que se alzó después por el reclamo de memoria, verdad y justicia y que hoy, a 48 años, sigue resonando.

LM

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